Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 47
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Capítulo 47

Marcos soñó que paseaba de la mano con su padre por las calles de Valencia en Navidad. No tenía más de diez años. Esto sucedió antes de que el alcohol dominara a su padre y antes de que la muerte de su madre pusiera su mundo patas arriba.

El aire gélido de diciembre les abofeteaba las mejillas mientras su padre le compraba castañas calientes en la calle Colón.

Luego, fueron en coche al pueblo de Xirivella y entraron en una gran tienda de juguetes donde su padre le compró una bicicleta roja.

Era un recuerdo feliz.

Volvió a la realidad durante unos segundos. Estaba muy débil y sabía que, si se quedaba dormido, quizás no despertaría, pero no le importaba. Había perdido todo. A su Valentina y a su futuro hijo. No quedaba nada por lo que luchar. Quería seguir soñando.

Relajó los músculos y, por extraño que pareciera, sintió paz.

De alguna manera, el miedo a la muerte había desaparecido.

Estaba preparado. Preparado para dejar este mundo.

Con un último aliento, permitió que el sueño le arrastrara, un sueño en el que comía castañas calientes y pedaleaba en una bicicleta roja.

Entonces vio una luz cegadora. Aún no había abandonado esta vida. Cuando abrió el único ojo que le quedaba sano, se percató de dos cosas: una, que Valentina ya no estaba allí, y la segunda, que desconocía cuánto tiempo había estado inconsciente.

El hombre vestido de negro y con pasamontañas se encontraba de pie en la puerta, observándolo. La luz se filtraba, agrandando la figura de su torturador.

Marcos miró hacia afuera, al exterior, como ese niño de un cuento de aventuras que abre la puerta a un mundo de fantasía, pero había algo en ese paisaje que evocaba un recuerdo conocido. Recordó la primera vez que despertó ahí, encerrado, y percibió un olor familiar.

El hombre con el pasamontañas se quitó los guantes con meticulosa precisión y reveló unos nudillos raspados y enrojecidos.

Un odio ardiente y punzante golpeó a Marcos como un rayo, proporcionándole la energía para incorporarse del suelo y apoyarse en la pared.

—¿A qué esperas? —dijo, marcando cada sílaba—. Has matado a mi Valentina. Me da todo igual.

En los ojos de su captor vio furia. Le dio una patada al plato, esparciendo la orina por el suelo y salpicando a Marcos.

Marcos respondió con una risa amarga y desquiciada como una especie de venganza contra el monstruo que lo torturaba. Quería que su captor viera que no tenía miedo.

El hombre de negro se quitó el pasamontañas.

—Te voy a matar —le dijo.

Marcos parpadeó despacio, intentando enfocar la visión en el rostro de su verdugo.

Y entonces el mundo entero se derrumbó a su alrededor.

El pánico y la confusión se apoderaron de Marcos como un tsunami.

Sabía dónde estaba, sabía quién era aquel hombre y, más aterrador aún, sabía que ahora iba a morir.