Capítulo 46
Al despertar esa mañana, Jerónimo cumplía cuarenta años.
El otro lado de la cama estaba vacío. Se levantó como un sonámbulo, tomó una ducha fría y caminó por el paseo marítimo. Cuando era niño, la playa de las Arenas no ofrecía mucho más que restaurantes con nombres de mujer.
Desde la llegada de la Copa América a la ciudad, la playa se revitalizó, ofreciendo toda clase de servicios para turistas, entre otras cosas, áreas deportivas, juegos para niños y un ocio nocturno que a veces rozaba lo ilegal.
El pintor Joaquín Sorolla había retratado esta playa, elevándola a un estatus internacional, y el escritor Vicente Blasco Ibáñez la utilizó como escenario para sus historias y tragedias.
Jerónimo se quitó las zapatillas, remangó los pantalones y empezó a caminar por la orilla, sintiendo el agua, la arena y el sol del Mediterráneo bajo sus pies.
Esta playa de arena fina y dorada ofrecía a Jerónimo un contrapunto a la ciudad de Valencia que le daba la espalda.
Releyó el mensaje que había recibido esa mañana de Erik. «Estoy recogiendo mis cosas. Quédate en el apartamento. Yo también necesito mi espacio y mi tiempo».
Lo llamó de nuevo, dejando un mensaje en su buzón de voz, pero antes de que pudiera terminar su larga disculpa, la llamada se cortó.
—Lo siento, Erik. Te quiero mucho —dijo, pero sus palabras cayeron en el silencio del buzón de voz vacío. Metió sus cosas en la bolsa de viaje y abandonó la casa de su abuelo. Su plan nunca fue celebrar su cumpleaños de esa manera.
Jerónimo avanzó por la calle San Vicente, abriéndose paso a través del bullicio. Entró en la elegante recepción y forzó una sonrisa a la recepcionista, tratando de disimular el nudo de ansiedad en su estómago.
—Vengo a ver a Luis —dijo.
La recepcionista, una mujer joven con un vestido sacado de las rebajas de El Corte Inglés, levantó la vista y un mechón rubio cayó sobre sus ojos mientras ojeaba la agenda.
—Lo lamento, pero el señor Luis está en una comida de negocios. ¿Desea dejar un mensaje?
Jerónimo sintió decepción. Sus dedos tamborilearon sobre el mostrador.
—No, ya lo llamaré yo —respondió con un deje de resignación en su voz.
La recepcionista asintió, aunque parecía más interesada en la pantalla de su ordenador que en su respuesta.
Jerónimo había intentado llamar a Luis un par de veces, pero no había tenido suerte. Miró el reloj. Tenía unas horas antes de tomar el avión de la noche, pero aún quería despedirse de su cuñada.
—Bueno, sí. Dígale que regreso a Londres.
La recepcionista parpadeó, sorprendida.
—Oh, usted es el hermano de Luis que vive en Londres.
—Tengo que ser yo porque no hay otro.
La secretaria asintió con una sonrisa Profident .
—A mi prima le encantaría ir a Londres.
—Pues hay vuelos muy baratos.
—No para hacer turismo. Para vivir.
—El precio de los vuelos no cambia.
La secretaria le rio la broma de forma exagerada.
—Debe de ser genial, con todos esos rascacielos.
Jerónimo frunció el ceño.
—¿No te estarás confundiendo con Manhattan, en Nueva York?
—Esa es otra ciudad en la que a mi prima le encantaría vivir —dijo la secretaria, manteniendo su sonrisa Profident .
—¿Tu prima? ¿Quieres un consejo? —preguntó acercándose a la secretaria, quien asintió sin dejar de mirarle—. Dile a tu prima que se quede en España. Una vez que te vas, es difícil regresar.
Jerónimo salió de la oficina y el aire cálido de la calle San Vicente le golpeó como una bofetada. Tenía el presentimiento de que pasaría un tiempo hasta que volviera a ver a su hermano Luis, y en esta ocasión, le gustaría estar equivocado.
Minutos después, Jerónimo atravesó las puertas del Mercado Central de Valencia.
Era casi la tarde y ya no había muchos clientes deambulando por los pasillos.
Pasó junto a la pescadería, donde el pescadero, ataviado con sus botas de goma y guantes gruesos, estaba ocupado desinfectando las superficies y guardando las redes y cuchillos.
El frutero estaba dando por concluido su día, sellando los recipientes de cristal que contenían una variedad de nueces y almendras.
Llegó a la carnicería del hermano de Marcos, pero no había nadie a la vista.
Preguntó al charcutero, quien estaba ocupado limpiando las cuchillas de la cortadora, y este llamó al carnicero que estaba en la parte trasera, guardando la mercancía en el refrigerador.
—¿Se encuentra Juan por aquí? —preguntó Jerónimo.
—¿Tú eres el que compró las longanizas la semana pasada? —dijo el carnicero con su delantal manchado y su gorro blanco mientras limpiaba los mostradores de mármol.
—Buena memoria.
—El Juan se fue temprano hoy, que tenía que irse y mira —dijo señalando las chuletas de cerdo, los filetes de ternera y las aves de corral que descansaban en las vitrinas—, me dejó a medio trabajo.
—¿Te dijo por qué tenía que marcharse tan pronto?
El carnicero se encogió de hombros.
—Prometió que haría turno doble mañana. ¿Quieres que le diga algo?
Jerónimo se rascó la barba.
—No. Bueno, sí. Dile que ya me voy a casa y que… y que cuide de su hermano Marcos. Es muy triste perder la relación con tus hermanos por tonterías de la vida.
Con esas palabras, Jerónimo salió del Mercado Central con la intención de despedirse de Eva y su pequeño sobrino antes de tomar su vuelo de vuelta a Londres.
La luz del atardecer bañaba el parque con un tono dorado cuando Jerónimo encontró a Eva paseando al pequeño Antonio.
Levantó la mano, saludó y se acercó a ella.
La expresión de Eva se iluminó de alegría y extendió sus brazos para darle un cálido abrazo a Jerónimo.
—Jero, ¿dónde te has metido? —preguntó, preocupada—. No apareciste en la comida.
—Fui al hospital a ver a Valentina y perdí la noción del tiempo —respondió él, evitando entrar en detalles.
—¿Cómo está la chica?
Jerónimo negó varias veces.
—Más muerta que viva.
—Pobre muchacha. ¿Sabes algo de Marcos?
—He dejado que la policía se encargue de ello.
Eva y Jerónimo se sentaron en un banco cercano. El pequeño Antonio, ajeno a todo, dormía en su carrito.
—Jero —habló Eva—, vi a Erik y no parecía estar bien. ¿Qué ha pasado?
—Erik ha regresado a Londres.
—¿Así, sin más?
—Tuvimos una discusión.
—¿Lo has llamado?
Jerónimo desvió la mirada hacia el cielo. Los tonos de azul se oscurecían a medida que el sol se desvanecía, y un sabor amargo, una mezcla de culpa y miedo, se apoderó de él.
—Tienes miedo a comprometerte —susurró Eva.
—No, no es eso. Tengo miedo de hacerle daño.
Eva no insistió y guardó silencio.
Tras un rato, Jerónimo se puso de pie.
—Vuelvo a Londres. Pero Erik no lo sabe. Necesito tiempo para pensar.
Eva se levantó y le dio otro abrazo, este más fuerte.
—Jero, si necesitas algo, aquí estamos.
Jerónimo asintió, dándole un beso en la mejilla.
—Lo sé.
—¿No te vas a despedir de Gabriel?
—Tampoco le he dicho adiós a Luis —admitió, alejándose—. Bastante cabreados están los dos conmigo como para crear más fricción.
—Vuelve pronto, Jero.
Jerónimo se alejó con el sentimiento punzante de que había herido a las personas que más quería. El dolor se acentuaba con cada paso que daba, fortaleciendo su decisión de protegerlos de la única forma que le parecía posible: alejándose de sus vidas.
No quería que Christian supiera que volvía a Londres, para que no le dijera nada a Erik.
«Me quedaré unos días más en Valencia».
Fue el mensaje que le mandó a su amigo.
Y ese pensamiento, esa conclusión desgarradora, se materializó con una ironía amarga: hoy era su cumpleaños.