Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 45
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Capítulo 45

—Erik, ven —dijo Jerónimo cogiéndole de la mano e invitándole a sentarse frente a él. Parpadeó varias veces y respiró hondo—. Agradezco mucho tu visita sorpresa, pero no puedo volver a Londres. No sin antes encontrar a Marcos. Es demasiado importante para mí. Hay algo que tengo que saber. Algo que…

Jerónimo fue incapaz de contarle a Erik de su pasado en Valencia.

El rostro de Erik se tensó, como si las palabras de Jerónimo fueran una píldora demasiado amarga para tragar.

—Has visto las fotos, Jero. ¿No te ha quedado claro? —Cada palabra era una piedra que tiraba a Jerónimo—. Marcos se fue detrás de su amante. Muerta su esposa, tenía el camino libre. ¿Qué más quieres saber? No se ha puesto en contacto contigo porque está demasiado ocupado en esconderse.

—Tengo que encontrar a Marcos.

Erik se levantó y dio vueltas por el comedor.

—No puedo creer que viniera aquí para nada.

—No es cierto.

—¿Sabes dónde deberíamos estar tú y yo ahora? Empaquetando nuestras cosas para la mudanza.

—Eso puede esperar hasta mi regreso.

—¿Esperar? —repitió Erik con sarcasmo— ¿Hasta que te convenga?

Jerónimo se mordió el labio.

La expresión de Erik cambió.

—Desapareces sin decir nada. ¿Sabes lo preocupado que he estado?

—Le dije a Christian que necesitaba encontrar a Marcos.

Erik cruzó los brazos.

—¿Por qué no me lo dijiste a mí? —preguntó dolido.

—Porque sabía que no te iba a gustar.

El silencio llenó la habitación.

—Ya no importa —dijo Erik con voz apagada—. Cancelé la cita con el abogado. No habrá cambio de contratos ni recogida de llaves.

—¿Renunciaste a la casa? —preguntó Jerónimo con sorpresa—. ¿Por qué te has echado atrás?

—Podría hacerte la misma pregunta.

—Lo que está sucediendo aquí no tiene nada que ver con nosotros.

—Lo que está sucediendo sí tiene que ver con nosotros, y mucho —Se acercó a Jerónimo que seguía sentado—. Dime, ¿confías en mí?

—Ahora entiendo por qué cancelaste la compra de la casa. Crees que no confío en ti.

—¿Me equivoco? —Erik lo buscó con la mirada—. Dime la verdad.

Jerónimo se tomó un largo momento para considerar sus palabras.

—No es que no confíe en ti —respondió, aunque sus ojos decían lo contrario.

—Entonces, ¿qué es? —insistió.

Jerónimo sabía que, si tenía que ser sincero con alguien en este mundo, Erik era la persona que más se lo merecía. Sintió una presión en el pecho.

—La verdad es que… creo que no confío en mí mismo.

—¿No confías en ti mismo? —dijo Erik, asombrado.

—No quiero hacerte daño. Es la verdad, lo creas o no. —Jerónimo evitó la intensa mirada de Erik.

—Pero eso es justo lo que estás haciendo.

Las palabras se atascaron en la garganta de Jerónimo.

Erik se levantó, esperando por un segundo, con la esperanza de que Jerónimo lo detuviera. Luego abrió la puerta y se marchó con su bolsa de viaje.

Jerónimo se quedó allí, mirando la puerta cerrada.

—Te quiero —murmuró al aire vacío, y esas dos palabras resonaron solas en la habitación.

Le había dicho que lo quería en danés muchas veces y de manera informal en inglés cuando se despedían por teléfono, pero nunca en su lengua materna, el español. Sonaba más auténtico, más real. Y ahora que lo decía en voz alta, Erik no estaba allí para escucharlo.

Bebió media botella de vino y perdió la noción del tiempo.

Llamó a Erik, pero tenía el móvil apagado y su llamada fue al buzón de voz. Abrió la boca para contarle que lo quería, pero colgó antes de decir nada. Le envió un mensaje para que lo llamara.

Cogió otra botella de vino y bebió hasta que el mundo empezó a girar y la oscuridad lo engulló.

Cuando despertó, ya era de madrugada.

Miró el móvil y vio que su mensaje «llámame y lo hablamos» había sido leído por Erik, pero no había recibido respuesta.

Todo le daba vueltas y volvió a quedarse dormido.

Una vez en la cama, se tumbó bocarriba y vio cómo el techo parecía moverse. Intentó ponerse boca abajo, pero eso resultó aún peor. Su estómago estaba revuelto. Se volvió de lado y apretó los ojos. Se imaginó estar en una noria que daba vueltas.

Con todas esas vueltas y la excitación del día, mezclada con la decepción de la noche, se perdió en un agujero negro por el que caía girando, finalmente cediendo al sueño en los brazos de Morfeo.

Eso duró un par de horas hasta que se arrastró al baño para hacer pis. Casi se queda dormido en el inodoro. A pesar del mareo persistente, el cansancio pudo más y volvió a ganar el sueño.

Despertó unas horas más tarde para volver al baño. Esta vez, el mareo había mutado a la sensación de una apisonadora que había pasado no solo por su cabeza, sino también por todo su cuerpo.

Reinaba la oscuridad. Era de noche, pero no tenía idea de qué hora era, ni de cuánto tiempo había dormido.