Capítulo 44
Jerónimo apretó fuerte el móvil mientras bajaba del autobús con dificultad, usando su otra mano para mantener el equilibrio. Había llegado a casa de Gabriel y Eva. Era ya muy tarde y todos estarían preocupados. Quería aclarar las cosas con su hermano antes de hablar con toda la familia.
Pulsó el botón de llamada y esperó a que su hermano respondiera.
—Gabriel. Estoy abajo en la calle, pero necesito hablar contigo antes de subir. —Las palabras salían rápidas, casi tropezando entre ellas—. He hablado con Kevin, el primo de Valentina, y quiero contarte algo muy importante.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea, pero Jerónimo necesitaba la ayuda de su hermano.
Le contó sobre el acuerdo que Valentina tenía con Silvia y Marcos de ser madre subrogada y el romance entre su amigo y ella. Levantando la vista, vio a su hermano en la ventana del tercer piso, mirándolo.
—Deja el trabajo a la policía —fue la respuesta de Gabriel.
—No creo que Marcos le haya hecho daño a Valentina —Jerónimo insistió, queriendo creer que era verdad.
—Deja el trabajo a la policía —repitió Gabriel con voz tensa.
—Claro, hacéis un trabajo cojonudo. Tuvo que aparecer ella en un contenedor, más muerta que viva, para que la policía empezara a hacer su trabajo.
El silencio se extendió entre ellos, a pesar de la distancia.
—Deja-el-trabajo-a-la-policía. —Gabriel dejó caer cada palabra con el filo helado de la ira contenida.
—Si Marcos no le hizo nada a Valentina, entonces él también podría estar en peligro.
Hubo un gruñido en el otro extremo de la línea.
—¿Cómo puedes estar seguro de que Marcos no es quien le dio una paliza a Valentina y luego huyó?
—Porque estaban enamorados —dijo Jerónimo, aunque una parte de él se preguntó si eso era suficiente.
Hubo un largo silencio, tan largo que Jerónimo pensó que la llamada se había cortado, pero Gabriel seguía de pie en la ventana, observándolo. Entonces escuchó la voz de su hermano al otro lado de la línea con una calma solo aparente, la misma calma que se sentía antes de una tormenta en el mar.
—No me meto en tu vida. Nunca lo he hecho y no pensaba hacerlo, pero he visto a Erik. Está jodido.
Un golpe de culpa hundió a Jerónimo.
—Hablaré con él —respondió con remordimiento—. Sé que debería haberle dicho que venía a España. Ha estado muy preocupado y yo…
—Erik no merece esto —le cortó Gabriel.
—Ya lo sé. Hablaré con él.
—Jerónimo, no me meto en tu vida —repitió su hermano con la voz afilada como una navaja.
—Lo sé, lo sé. Me lo has dicho.
—Pero tu presencia siempre altera algo en mi vida y en la de mi mujer. —Suspiró como si cogiera aire suficiente para decir las últimas palabras—. Y te pido que no te metas en la mía.
La línea se cortó, dejando un zumbido vacío en su oído.
La luz del piso de Gabriel se apagó.
Jerónimo se quedó parado en medio de la calle, mirando la ventana vacía.
Algo lo inmovilizaba. Finalmente, se obligó a dar la vuelta y a caminar, sin importarle el dolor en la pierna.
Incluso se castigó con ese dolor andando más rápido.
Sintió cómo la culpa se enroscaba en su garganta tan fuerte que le pareció que no podía respirar por momentos, y entonces se dio cuenta de que había lágrimas corriendo por sus mejillas.
No había hecho las cosas bien desde el principio y ahora pagaba las consecuencias de sus actos imprudentes.
Se prometió a sí mismo que Erik debía volver a Londres, lejos de todo este lío. No quería hacerle sufrir. Estar solo, pensó, eso era lo que necesitaba. De esa forma evitaría hacer daño a aquellos a quienes amaba.
Su intuición le decía que Marcos estaba en peligro y que era la única persona que podía hacer algo para encontrarlo, pero también pensaba en cómo iba a salvarlo si ni siquiera podía salvar su relación familiar.
Tomó el último taxi de la noche a casa de su abuelo en el barrio del Cabanyal.
«Erik, estoy en camino a casa del abuelo. Quiero hablar contigo».
Sabía, en algún lugar profundo y oscuro de su corazón, que esa conversación sería aún más difícil. Porque las verdades, muchas veces, son más crueles que las mentiras.