Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 43
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Capítulo 43

Mama Cass y Natasha salieron a comprar hielo y algo de comida.

Jerónimo y Kevin se quedaron solos en aquel comedor.

Jerónimo examinó el interior del lugar semitumbado en el viejo sofá.

Las paredes, de un color amarillo desgastado, no habían sido pintadas en décadas y en el techo había marcas de antiguas goteras.

En el centro, una mesa de madera maciza de color caoba, larga y pesada, exhibía las marcas de innumerables cenas y reuniones familiares grabadas en su superficie.

Las sillas, con su tapizado descolorido y armazones de madera, se alineaban a lo largo de la mesa.

Kevin rompió el silencio.

—Compartimos el piso. Es céntrico y barato.

—Siempre hay algo bueno cuando uno se emancipa de la familia, ¿no? —dijo Jerónimo como si ya hubiera visto esa mirada en otros jóvenes.

Kevin compartió su historia.

—Soy venezolano y estoy aquí para conseguir la nacionalidad, por mis abuelos paternos.

Jerónimo esbozó una leve sonrisa.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinticuatro —respondió Kevin.

—Pareces más joven.

—Eso me dicen a menudo.

Jerónimo intentó incorporarse, pero el dolor de cabeza lo hizo vacilar.

Kevin se levantó y le ofreció un vaso con agua y un par de aspirinas.

—Toma.

—Dame una más —le pidió Jerónimo, tragándose tres—. Gracias. ¿Qué puedes decirme de Marcos? —preguntó devolviéndole el vaso vacío.

—Mi prima solía ir con sus compañeras del supermercado al restaurante de la playa donde yo trabajaba.

Allí conoció a Silvia y se hicieron amigas.

—Un suspiro escapó de sus labios mientras se sumía en sus recuerdos—.

Un día, me contó que Silvia le había hecho una propuesta: inseminarían a mi prima con el óvulo de Silvia y el esperma de Marcos y le pagarían 36.

000 euros. Pasados los tres meses de gestación, le entregarían la mitad del dinero, y el resto tras el nacimiento.

Jerónimo no pudo ocultar la sorpresa, pero no interrumpió a Kevin.

—Mi prima me hizo prometer que no diría nada a la familia. Sería solo unos meses de su vida y luego tendría más dinero del que podía imaginarse ganando en los años venideros. —Kevin se levantó y se dirigió a la cocina—. ¿Te apetece una cerveza?

Jerónimo negó con un gesto.

—Entonces, ¿Silvia fingió un embarazo para todos? —preguntó, recordando las almohadillas de silicona.

Kevin se encogió de hombros, abrió una lata de cerveza y se acercó a Jerónimo.

—Mi prima me comentó que en España ese tipo de procedimientos no son legales, pero que había una clínica en Ucrania que se encargaría de la inseminación. —Kevin dio un largo sorbo a su cerveza.

—Algo cambió, ¿no es así? —Jerónimo buscó confirmación.

Kevin asintió.

—Estaba muy ilusionada, mucho más que por ganar varios miles de euros y enviarlos a la familia en Venezuela. —Miró la pared descolorida—. Ahora entiendo por qué estaba tan emocionada.

—Valentina se enamoró de Marcos.

—Así es. Mi jefe, Marcos, solía pasar por el supermercado de mi prima y venía a casa con alguna excusa.

Más tarde me enteré de que Valentina se estaba viendo con él.

Y un día, mi prima me confesó que Marcos le había dicho que estaba considerando dejar a su mujer.

—Sus dedos se tensaron sobre la lata de cerveza al recordar aquella conversación—.

Me resultó extraño dada la buena relación que parecía existir entre mi jefe y su mujer.

Pensé que el embarazo de mi prima era un negocio, pero luego se convirtió en algo muy diferente.

—¿Cuánto tiempo estuvieron viéndose a escondidas?

—No mucho. Creo que un par de meses, quizás. Todo sucedió muy rápido. Valentina me dijo que Marcos le pidió tiempo para decírselo a su mujer.

—Ya… —respondió Jerónimo.

Los ojos de Kevin se llenaron de confusión.

—Hace una semana, mi prima recibió una llamada de Marcos. Le dijo que tomaba un vuelo y volvía a Valencia. Tenía que hablar con ella.

—¿Te dijo Valentina por qué?

—Me dijo que Marcos volvía a Valencia solo en el próximo vuelo.

—¿Nada más?

—Estaba muy nerviosa. Decía que tenía que darse prisa.

—¿Por qué tanta prisa?

Kevin abrió más los ojos.

—No solo estaba emocionada con la idea de encontrarse con Marcos, también había miedo en sus ojos.

No podía engañarme. Insistí, pero no dijo nada.

—Kevin hizo una pausa, recordando aquella conversación—.

Insistí en que esperara a que Marcos viniera a recogerla aquí.

Ella me pidió que guardara el secreto si la familia preguntaba.

—Kevin se desplomó en la silla con la lata de cerveza ya vacía y empezó a llorar—.

Pero ya no hay mucho secreto que guardar.

Ahora mi prima está conectada a una máquina y lucha por su vida.

—Se pasó las manos por la cara—. Aún no le he dicho nada a su madre.

Jerónimo se incorporó con dificultad y le puso una mano sobre el hombro.

—Cuando despierte, Valentina nos contará qué es lo que pasó y dónde está Marcos —consoló a Kevin, aunque sus palabras estaban vacías de convicción. Miró a través de la ventana. Era de noche—. ¿Qué hora es? —preguntó.

Kevin se sonó la nariz y miró su reloj.

—Pasan de las nueve.

Mama Cass y Natasha entraron por la puerta con un par de bolsas de la compra.

—¿Te quedas a cenar? —le preguntaron las chicas.

Jerónimo buscó su móvil en la mochila.

Estaba apagado.

—No puedo. Tengo que irme pitando. —Cojeó hasta la puerta con la ayuda de Mama Cass—. Gracias. Hablaré con mi hermano. Es policía. ¿Podrías pedirme un taxi?

—¿Un taxi? —dijo Natasha con voz de sorpresa—. Nosotras somos de autobús.

Jerónimo salió del viejo piso y bajó las escaleras con la mayor rapidez que le permitía su pierna dolorida. Una vez en la calle, buscó un taxi que no encontró y tomó un autobús.

Había un mensaje de Luis con una foto de su hijo, Luisito, comiendo un helado en la playa. Jerónimo sintió como si una daga le atravesara el cuerpo. Había prometido a su sobrino estar con él en la próxima consulta con el médico y pasar la tarde juntos.

Llamó a su hermano Luis, pero no cogió el teléfono. Tenía que estar muy cabreado con él.