Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 42
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Capítulo 42

Jerónimo despertó boca abajo en un suelo de baldosas viejas.

Un dolor agudo, como si le hubieran partido un tablón de madera en la cabeza, le obligó a cerrar los ojos de nuevo.

Sintió un peso considerable aplastándole la espalda, como si un perro San Bernardo hubiera decidido descansar sobre él.

Intentó moverse, pero su cuerpo no respondía y sus costillas protestaban con cada esfuerzo para respirar.

Le picaba la nariz por el polvo a viejo.

Abrió los ojos despacio, parpadeando varias veces para aclarar su visión borrosa.

Sin embargo, todo lo que pudo ver fue un comedor decrépito y antiguo y la pierna de una mujer gorda a escasos centímetros de su cara.

Luchó contra la oleada de mareo que lo golpeó al intentar moverse.

Tragó saliva, aunque su boca estaba tan seca como el desierto del Sáhara en pleno agosto.

De repente, sintió el roce frío y afilado de un cuchillo de cocina contra su mejilla.

Una voz aguda con acento eslavo resonó en el aire como un violín desafinado. Su aliento olía a sardinas en lata.

—Venga, guapetón —dijo la voz—. Te afeito esa barba de macho alfa, así a pelo y sin espuma.

Frente a él, como una visión arrancada de una horrible pesadilla, apareció una cara de mujer.

Los pómulos estaban tan marcados que sugerían una delgadez enfermiza.

Sus ojos eran salvajes, como los de un gato callejero acorralado, y una sonrisa grotesca deformaba su boca, asemejándola a un bufón contando un chiste de mal gusto.

A Jerónimo, todo su cuerpo le dolía como si hubiera sido atropellado por un camión, pero sabía que debía hacer un esfuerzo, negociar con sus captores, encontrar la forma de escapar.

Su corazón comenzó a bombear adrenalina cuando vio al joven latino con gorra de béisbol de pie, observándolo en silencio con los brazos cruzados.

La mujer escuálida presionó su cabeza contra el suelo y con la otra mano deslizó un cuchillo de cocina por la garganta de Jerónimo.

El miedo se volvió tangible, como una corriente eléctrica que le recorría la espina dorsal.

—¿Qué coño quieres, machito? —le preguntó la mujer con su acento eslavo, arrastrando las consonantes.

—Estoy… buscando a Marcos —logró articular Jerónimo con dificultad.

Hablar resultaba difícil con el rostro presionado contra el suelo.

—¿Marcos? —repitió con tono irónico—. Buscas a mi jefe.

Jerónimo fijó la mirada en las zapatillas de deporte desgastadas del joven latinoamericano, intentando calmar el martilleo doloroso en su cabeza.

—Es… es mi amigo —dijo Jerónimo. Sin embargo, su pierna palpitaba con un dolor insoportable y el esfuerzo de hablar con la cara presionada contra el suelo dificultaba la articulación de las palabras.

La mujer escuálida se puso de pie.

Jerónimo continuaba inmovilizado por el peso de la mujer gorda que lo presionaba boca abajo contra el suelo.

Un silencio se hizo presente. Jerónimo intuía que estaban hablando de algo.

De repente, la presión en su espalda disminuyó y Jerónimo pudo tomar un aliento profundo. El joven latinoamericano le tendió una mano, ayudándolo a incorporarse.

—Me llamo Kevin, chamo —dijo con el típico acento venezolano, señalando a la mujer delgada—. Ella es Natasha y esta mujerona es Mama Cass.

Mama Cass levantó la barbilla con orgullo y se acercó a Jerónimo sin miedo. Era una mujer grande, tan alta como él, con una cara redonda como un pan de pueblo.

—La barba tampoco te queda tan mal —le dijo, examinándolo de arriba abajo.

Natasha, la joven de delgadez preocupante y acento eslavo, preguntó:

—¿Eres detective o algo así?

—No —dijo Jerónimo jadeando mientras intentaba mover la pierna sin gritar de dolor—. Soy traductor.

—¿Y qué traduces? —preguntó Natasha con aire de curiosidad.

—No mucho, estoy en paro.

Natasha soltó una carcajada, mostrando una fila de dientes amarillentos y deteriorados por el uso de alguna droga.

—Mama Cass, túmbalo en el sofá —le pidió Kevin.

Jerónimo cojeó, apoyándose en Mama Cass para recostarse en un sofá que parecía haber sido rescatado de un vertedero.

—Creo que le golpeé muy fuerte —dijo Mama Cass mientras gesticulaba con unos brazos rollizos.

—Un poquito, sí —respondió Jerónimo con un rictus de dolor en su rostro.

Natasha apareció con un paño de cocina lleno de hielo.

—El hielo iba a ser para los cubatas de esta noche, pero ya compraré más luego.

—Tengo pomada de mentol para el dolor de espalda —dijo Mama Cass—. Si te bajas los pantalones te puedo untar un poco en la pantorrilla.

Jerónimo la miró.

—Creo que mejor me remango el pantalón —respondió con una sonrisa forzada. Le dolía la mandíbula y sentía el chichón en la cabeza crecer por momentos.

Mama Cass se encogió de hombros.

—Tampoco eres mi tipo —comentó, y desapareció en una de las habitaciones.

—Levanta la pierna —le indicó Natasha.

Mama Cass regresó.

—¿Seguro que no quieres bajarte los pantalones?

—No gracias, eso lo hago en privado.

—Ya te he dicho que no me pones —hizo una mueca de irritación.

—Sí, ya me lo has dicho.

Jerónimo se remangó el pantalón, exponiendo un hematoma del tamaño de un huevo en su pierna.

Mama Cass le aplicó una crema de intenso olor a mentol.

—Oye, ten cuidado con la pierna, me duele —se quejó Jerónimo.

—Cómo no te va a doler con lo bestia que es Mama Cass —dijo Natasha mientras sostenía el trapo de cocina con hielo que se derretía.

—Tenía que proteger al Kevin —dijo ella.

El ambiente se relajó un poco, a pesar del escenario absurdo.

Jerónimo notó que estas personas parecían más excéntricas que peligrosas.

Kevin acercó una silla hasta Jerónimo.

—Soy el primo de Valentina. Ella se metió en un buen lío cuando se enamoró de Marcos.

Las gotas de agua fría se deslizaron por la nuca de Jerónimo provocándole un escalofrío.