Capítulo 41
Valencia, con su mezcla de antigüedad y modernidad, era un tapiz tejido a lo largo de mil años de historia, y en el centro de este intrincado lienzo estaba el barrio del Carmen, uno de los seis barrios que conformaban el casco antiguo de esta ciudad, algunas veces mora, otras veces cristiana.
Jerónimo observó al chico desde el asiento trasero del taxi parado. Tenía un semblante duro y andaba como enfadado. Cuando el chico se alejó lo suficiente, pagó al taxista y se bajó.
El barrio del Carmen era un laberinto de calles que serpenteaban como cicatrices de un paisaje urbano para terminar en plazas bulliciosas de bares de tapas, tiendas de arte y boutiques .
El palacio de Benicarló, sede de las Cortes Valencianas, cuya piedra había sido tallada y desgastada por el paso del tiempo, daba testimonio de la rica herencia cultural de la ciudad.
Jerónimo comenzó a seguir al chico, manteniendo una distancia prudente, a través de las estrechas calles del barrio del Carmen.
El chico avanzaba con su gorra de béisbol ladeada, ajeno a Jerónimo, quien le seguía con discreción por las estrechas calles. Se desvió por una callejuela justo antes de la Plaza del Tossal.
El corazón de Jerónimo latía con fuerza, tratando de no acercarse demasiado. Necesitaba saber a dónde se dirigía aquel misterioso joven. De repente, miró a su alrededor, pero no había nadie. El chico había desaparecido.
Buscó desesperado alguna señal del joven y le llamó la atención el portal abierto de un viejo edificio de vecinos.
Su móvil sonó, rompiendo el silencio. Miró la pantalla. Erik le estaba llamando. Habría llegado ya a casa de Eva y Gabriel, y lo estarían esperando para comer.
Jerónimo estuvo tentado de responder. Tenía ganas de explicarle a Erik por qué no podría ir a la comida, de pedirle que le pasara el teléfono a Gabriel para contarle lo que sucedía, de pedir ayuda.
Su hermano, que era policía, podría hacer algo.
Necesitaba saber que un sospechoso había estado en la habitación del hospital donde Valentina luchaba por su vida.
Marcos podría estar en peligro. Pero también era consciente de que, si respondía a la llamada de Erik, perdería la oportunidad de encontrar a Marcos.
Cuando el móvil dejó de sonar, Jerónimo lo apagó. Con su teléfono apagado y el corazón latiendo fuerte en su pecho, cruzó la calle y entró en el patio del edificio.
El olor a viejo le golpeó mientras sus ojos recorrían las paredes descascaradas y descoloridas.
Miró hacia arriba, buscando alguna señal de movimiento en las escaleras que ascendían por el edificio. Pero no había nada. Una punzada de frustración y miedo le atravesó. Había perdido al chico, y con él, su única pista para encontrar a Marcos.
En ese momento, justo cuando se volvía, un golpe en su pantorrilla lo tomó por sorpresa y lo hizo tambalearse.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, otro golpe más brutal le dio en la cabeza.
El mundo comenzó a girar, los colores se mezclaron y difuminaron.
La oscuridad avanzó, enviándolo a una caída libre hacia el suelo y su conciencia se apagó.
Lo último que recordó antes de ser engullido por la oscuridad fue una visión fugaz de una sartén de cocina y la voz ronca de una mujer ordenando con urgencia:
—Date prisa. Arrástralo. Arrástralo para que no nos pillen.