Capítulo 40
El calor sofocante dentro del taxi instó a Jerónimo a bajar las ventanillas. Levantó el teléfono y marcó un número, esperando un par de tonos antes de que la voz familiar de su viejo amigo resonara al otro lado de la línea.
—Chris, han encontrado a una mujer embarazada. Está en cuidados intensivos.
—¿Y crees que es Valentina?
—No estoy seguro.
—¿Cómo te has enterado?
—Acaba de salir en las noticias.
—¿Qué le pasó?
—Dijeron que podrían estar tratando con un caso de violencia de género. Marcos desapareció hace una semana y hoy aparece esta mujer. Podría ser Valentina.
Christian suspiró al otro lado de la línea; su voz era una mezcla de frustración y preocupación.
—Jero, el Marcos que conoces es el de hace veinte años. El Marcos de hoy te contó una historia para escapar del hospital y luego desapareció.
Las palabras de Christian golpearon a Jerónimo como un puñetazo en el estómago. Había querido creer lo mejor de Marcos, pero ahora parecía que todo se estaba desmoronando. Jerónimo permaneció en silencio mientras las palabras de su amigo resonaban en su mente.
—¿Has visto a Erik?
—Tenemos comida familiar
—Me alegro mucho. Es lo mejor que puedes hacer. Desconectar y estar con la familia.
—Tienes razón.
Jerónimo colgó mientras el taxista aparcaba delante del hospital.
Quizás Christian tenía razón, pero Jerónimo no iba a volver sin ver a esa mujer.
—¿Eres alemán? —le preguntó el taxista mientras paraba el taxímetro.
Jerónimo despertó de sus pensamientos. Observó al taxista a través del retrovisor unos segundos y metió la mano en la mochila para buscar su billetera.
— Soc valencià com tu —le respondió.
—Como hablabas alemán…
Jerónimo le entregó un billete de veinte euros sin molestarse en explicar que el alemán suena diferente al danés.
—Quédate con la vuelta. —Y salió disparado del taxi.
Ni Eva ni Erik lo habían llamado.
Si se daba prisa podría llegar a la hora de comer.
Atravesó el vestíbulo del hospital La Fe hasta llegar al mostrador de recepción.
Una enfermera de aspecto fatigado, con rizos grises y una placa que decía: «Soy Patricia. ¿Cómo puedo ayudarte hoy?», lo miró con un ceño fruncido que probablemente indicaba que preferiría no hacerlo.
—Estoy buscando a una paciente que fue ingresada esta mañana en estado muy grave. Creo que se llama Valentina Rivas. ¿Puede ser?
La enfermera asintió varias veces con un destello de fastidio en los ojos.
—Por favor, los periodistas no tenéis otra cosa que hacer que molestarnos toda la mañana. Ya se lo he dicho a tus compañeros: el hospital dará un comunicado más tarde. Mira que sois pesados —dijo la enfermera, irritada.
—Yo no soy periodista —replicó Jerónimo con una calma forzada mientras presionaba los dedos contra el mostrador.
La enfermera levantó la vista de la pantalla del ordenador.
—¿Policía de paisano, entonces?
—No, tampoco. Soy —se dio unos segundos para pensar—, amigo del amante de Valentina, o Val.
—Anda. Esa es nueva —respondió la enfermera con una sonrisa burlona.
—Quiero saber cómo está —insistió Jerónimo.
La enfermera suspiró y apoyó los codos sobre el mostrador.
—Pues, hijo mío, Valentina está más allá que acá. Yo creo que están esperando a la tarde para dar la mala noticia.
—¿Puedo verla?
La enfermera hizo una mueca.
—No, no puedes verla.
Jerónimo bajó los hombros. No insistió.
—¿Podría ir al baño?
La enfermera le indicó el camino sin mucho interés y volvió su atención a la pantalla del ordenador.
Una vez en el baño, Jerónimo apoyó la espalda contra la puerta, intentando pensar. Necesitaba un plan. Con Valentina en cuidados intensivos y Marcos aún desaparecido, no veía qué otras opciones le quedaban.
Salió del baño.
La enfermera ya no estaba en el mostrador.
Tomó el ascensor a la planta de cuidados intensivos.
Con paso resuelto, comenzó a inspeccionar cada habitación.
Su presencia pasaba desapercibida en medio del constante ir y venir de médicos, enfermeras y pacientes.
Cada habitación que pasaba podría ser la que escondía a Valentina.
Quería verla. Quería conocer a la mujer con la que Marcos mantenía un romance.
No podía concebir que su amigo fuera capaz de hacer daño a alguien.
Y si, por algún motivo retorcido, lo hubiera hecho, jamás habría dejado a Valentina con vida.
Las piezas no encajaban. Nada tenía sentido.
Mientras Jerónimo transitaba ese frío corredor, su mente giraba, buscando la pieza perdida que aportaría coherencia a este sombrío rompecabezas. Había recorrido parte del pasillo con la mirada perdida cuando un hombre de espaldas captó su interés cerca de una habitación.
Vestía una gorra de béisbol y llevaba una bolsa de tela; una figura solitaria, un visitante más.
Sin embargo, algo en su actitud desató una reacción instintiva en Jerónimo. Se acercó a la habitación desde la que había emergido el desconocido. Entreabrió la puerta y lo que descubrió le aceleró el pulso. La piel de su cuello se erizó y una descarga de adrenalina recorrió su cuerpo.
Una mujer joven yacía en la cama, unida mediante tubos a varias máquinas que la mantenían con vida. A través de la maraña de tubos, reconoció a la mujer. La adrenalina en su sangre se elevó a niveles estratosféricos. Estaba delante de Valentina.
Abandonó la habitación justo a tiempo para ver al hombre entrando en el ascensor.
La tensión invadió el cuerpo de Jerónimo, los músculos se le tensaron y el corazón le latió a un ritmo desbocado.
Impulsado por una energía incontrolable, intentó seguir al desconocido hasta el ascensor, pero las puertas se cerraron antes de que llegase.
Sin perder el tiempo, se lanzó escaleras abajo.
Su corazón martilleaba con la fuerza de una locomotora.
Tenía que alcanzar la planta baja antes que el ascensor.
Al llegar, avistó al hombre saliendo.
Pudo constatar que era joven, no debía tener más de veinte años. El muchacho se percató de que Jerónimo le seguía y emprendió la huida.
Cruzaron una calle abarrotada de coches, esquivando vehículos y provocando un concierto de bocinas.
Al llegar al otro lado, el joven subió a un autobús y Jerónimo se lanzó en su persecución, deteniendo el tráfico.
El joven lo observaba desde la ventana del autobús. Sus rasgos eran claramente latinoamericanos.
Jerónimo grabó su rostro en la memoria. Corrió hasta la puerta del autobús e incluso golpeó el cristal, pero el conductor, con cara de pocos amigos, se negó a abrir las puertas y el autobús se incorporó a la circulación.
La impotencia invadió a Jerónimo mientras veía cómo el autobús se alejaba.
—¡Mierda! —exclamó, sintiendo la frustración arder en sus venas.
Observó el bullicio a su alrededor, el tráfico y la gente en movimiento. Tenía que hacer algo. Levantó la mano y detuvo un taxi en medio de la carretera.
—¿Ve a ese autobús? Sígalo —le dijo al taxista con aliento entrecortado.
—Anda, como en las películas —comentó el conductor, arrancando.
—Sí —respondió Jerónimo, con los ojos fijos en el autobús que se alejaba—, algo así.
Fue en ese momento cuando notó la falta de aire. Había corrido demasiado rápido y no estaba acostumbrado. Debía hacer más ejercicio.