Capítulo 39
Jerónimo había dejado a Erik en casa del abuelo, entre una montaña de papeles de trabajo, mientras él visitaba a su cuñada Eva para ayudarla a preparar la comida.
Erik y Gabriel llegarían más tarde para almorzar juntos.
Eva no poseía ninguna habilidad culinaria y cada intento de enseñarle resultaba tan inútil como intentar enseñar a un pez a volar.
—Qué romántico es eso de tomar un avión y aparecer por sorpresa para celebrar tu cumpleaños —comentó Eva mientras amasaba una masa de pan tan dura como una roca.
—Mi cumpleaños es mañana, no hoy —aclaró Jerónimo mientras cortaba las verduras—. Añádele un poco más de agua y aceite a esa masa. ¿Le has echado sal?
—Bueno, sigue siendo romántico, ¿no? —insistió Eva, observando el rostro de Jerónimo.
—Erik y yo nos mudaremos al condado de Essex, fuera de Londres —respondió él, sintiendo la aspereza del mango de madera en su mano, cortando verduras con más intensidad de la necesaria.
—No pareces muy convencido.
—Erik y el vendedor están a punto de hacer el cambio de contratos y la entrega de llaves, así que al regresar tendremos que comenzar a empaquetar nuestras cosas.
—¿Tú te ves viviendo fuera de Londres?
Jerónimo suspiró. Sentía en su pecho el peso de una respuesta que no poseía.
—Supongo.
Su móvil sonó, rompiendo el tenso silencio que había invadido la cocina.
Era Luis.
—Pon la tele —dijo con voz grave.
—¿Qué pasa? —preguntó Jerónimo.
—Pon la tele y te enteras —insistió.
Jerónimo hizo señas a Eva para que encendiera el televisor mientras ella se quitaba la masa de pan de las manos.
—¿Qué se supone que debo ver?
—Han encontrado a una mujer echándose la siesta en un contenedor. Le han pegado la paliza del siglo. Quien la dejó ahí, pensó que estaba muerta.
El estómago de Jerónimo se retorció. Un mal presentimiento recorrió su columna vertebral.
Eva puso las noticias. Las palabras del presentador resonaron en la cocina: «Una mujer embarazada, presuntamente agredida por su pareja, ha sido hallada en un contenedor. La víctima se encuentra en estado crítico…».
Jerónimo sintió un vacío en su pecho; su respiración se aceleró mientras escuchaba el resto de la noticia.
—¿Y dónde está ahora?
—Supongo que en cuidados intensivos en algún hospital de Valencia. Según las noticias, no tiene pinta de que vaya a salir de esta.
La urgencia se apoderó de Jerónimo.
—Eva, ¿qué edificio se ve detrás del periodista? —preguntó con voz urgente.
Eva observó los detalles en la televisión.
—Debe de ser el hospital La Fe. No hay otro —dijo Eva, los ojos fijos en la pantalla.
—Te dejo a cargo de la comida.
Eva miró la cocina y una leve preocupación cruzó su rostro.
—Me dejas a medias.
—Añade un poco más de agua a la masa y mete el guiso en el horno cincuenta minutos con la tapa encima. Después, déjalo reposar otra media hora. ¿Sabrás?
—¿No te quedarás a comer?
—Volveré lo antes que pueda.
—¿Y qué le digo a Gabriel? —preguntó, inquieta.
—Lo que quieras, excepto lo que sabes que voy a hacer.
—Se me nota enseguida cuando miento.
—Si no te pregunta, no le digas nada. Además, él tampoco sabía que iba a venir a comer con Erik.
—Se dará cuenta. La comida es mejor de lo que yo sé cocinar.
—Pues tírala y le haces unos huevos.
Eva aspiró el aroma del suculento plato.
—Mejor le miento. ¿Y cómo me comunico con Erik?
—Está aprendiendo español.
—¿En serio?
Jerónimo cogió su mochila.
—Eso me dice cada año para mi cumpleaños.
—Tú siempre me has dicho que el idioma se aprende en la cama.
Jerónimo le dio un beso en la mejilla antes de salir por la puerta.
—Sí, pero no tomes eso al pie de la letra con Erik o me enfadaré.
Mientras se alejaba, su corazón latía con fuerza en su pecho. Si esa mujer era Valentina, Marcos estaba en peligro y ahora más que nunca tenía que encontrarlo.