Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 38
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Capítulo 38

Tocaron a la puerta de la casa del abuelo, rompiendo el silencio y despertando a Jerónimo de su siesta. Dejó el libro a un lado y se levantó del sofá. Antes de abrir, una oleada de anticipación surgió en su estómago. Sabía quién era el visitante.

Observó por la mirilla, confirmando sus sospechas. Allí estaba Erik, con su cabello lacio y barba de varios días, dándole un aspecto más intelectual.

Sostenía una bolsa de viaje y una pequeña bandera danesa de color rojo y blanco.

— Idag er Jerónimos fødselsdag hurra, hurra, hurra! — canturreó Erik el cumpleaños feliz en danés, agitando la pequeña bandera con aire festivo, como era tradición en Dinamarca.

Su pulso se aceleró ante la presencia de Erik, una mezcla de nerviosismo y excitación que se desvaneció con un beso.

—Mi cumpleaños es pasado mañana. Pasa —dijo Jerónimo, tomando la bolsa de viaje de Erik.

Erik, un periodista nómada, y él se habían conocido una noche en el Soho de Londres hacía unos años.

Comenzaron un juego de ser algo más que amigos, pero sin etiquetas.

Una danza entre sábanas revueltas, paseos por el río Támesis y malentendidos ocasionales.

Erik no estaba atado a Londres, pero sus visitas se volvieron más frecuentes hasta que un día anunció que se quedaría por un tiempo.

Esa noticia sumió a Jerónimo en una montaña rusa de emociones, pasando del miedo a la excitación y terminando en decepción, cuando las dudas sobre vivir juntos surgieron en Erik.

Al final, Erik se comprometió y le entregó a Jerónimo una copia de las llaves de su apartamento en St Katharine Docks, donde habían estado viviendo como pareja en los últimos meses.

El tiempo corría y el contrato de alquiler estaba a punto de expirar sin posibilidad de renovación, ya que el propietario planeaba vender el apartamento. Ahora, se enfrentaban a la pregunta del millón: comprar una propiedad juntos o continuar alquilando.

Alquilar era una cosa, pero comprar algo juntos representaba un compromiso mucho mayor para Jerónimo, que no sabía muy bien cómo verbalizarlo.

Erik observó la mesa con vino y tapas.

—Veo que has empezado la fiesta sin mí. ¿No me vas a invitar? —preguntó.

—No me habías dicho que ibas a venir —fingió Jerónimo no saber nada, sirviéndole una copa de vino—. Toma.

—Yo tampoco lo sabía —respondió Erik con un cierto tono de reproche apenas imperceptible mientras miraba a su alrededor—. Esta casa sigue igual.

Jerónimo asintió.

—No hay luz. Solo tengo velas. Mi hermano no me avisó que había cortado la luz. Bueno, hay agua, pero va por electricidad, así que si quieres ducharte, tendrás que hacerlo con agua fría. Gabriel quiere venderla. Yo le he dicho que espere, que podríamos venir aquí de vez en cuando...

—Jero, ¿por qué no me llamaste? Sabía dónde estabas porque me lo dijo Christian, pero he estado muy preocupado —interrumpió Erik con un tono más serio.

—Sé que tengo mucho que explicarte. —Jerónimo buscaba las palabras correctas.

—Sí, y también me debes una disculpa por saltar por el balcón como un gato y salir corriendo. ¿Estás loco?

—La policía me puso nervioso.

—La policía quiere hablar contigo cuando vuelvas. ¿Vas a volver a casa? —Erik dejó sobre la mesa el móvil de Jerónimo que había traído desde Londres.

—Gracias —respondió Jerónimo, guardando el móvil en el bolsillo. Esperaba esa pregunta, pensó. Tomó un sorbo de vino y, tras un breve silencio, simplemente reiteró—: Me puse nervioso y salí corriendo.

Erik sonrió con cierta ironía.

—Sí, parece vuestro deporte favorito aquí en España. Desaparecer. ¿Sabes algo de Marcos?

Jerónimo negó con la cabeza y su rostro se tensó.

—Pregunto demasiado —dijo Erik, levantando la copa en el aire—. Feliz cumpleaños.

Jerónimo respondió con una sonrisa que no podía ocultar su incomodidad, y sus copas chocaron en un brindis.

Erik se acercó más y sus muslos se rozaron. El corazón de Jerónimo empezó a latir más rápido. El aroma del perfume de Erik se mezcló con el sabor del vino.

—Hablas mucho cuando te pones nervioso —se burló Erik, y antes de que Jerónimo pudiera responder, sus labios se juntaron en un beso y terminaron tumbados.

El mundo se volvió suave y borroso, como la luz de las velas que danzaban a su alrededor.

Un rato después, acurrucados sobre cojines en el suelo, Erik jugaba con el pelo de Jerónimo.

—Jero, ¿me quieres?

—Claro que te quiero —respondió él en un susurro.

—Entonces, ¿por qué no me lo dices?

Jerónimo parpadeó.

—Te lo acabo de decir. Jeg elsker dig .

—Nunca me lo dices en español.

—¿Desde cuándo tú hablas español? Tú y yo siempre hemos hablado en danés. Ikke ?

—Pero no es tu lengua materna. El peso de las palabras es más fuerte en español.

Jerónimo se quedó callado durante unos segundos, sin saber bien por qué no le decía a Erik «te quiero» en español.

—Creo que has bebido mucho —dijo Jerónimo al final.

—Y también estaba cachondo —respondió Erik, con una mirada traviesa en sus ojos.

—Y yo. Voy a darme una ducha.

Erik lo agarró del brazo, impidiéndole levantarse. Jerónimo intentó soltarse, pero Erik era más fuerte.

—No te hagas el machito —le retó Jerónimo.

Erik lo apretó fuerte y su mirada se tornó intensa, dominante.

Jerónimo se dejó llevar y perdió la noción del tiempo en un baile de pasión y ternura.

Cuando despertó en la madrugada, encontró a Erik con la cabeza reposando sobre su pecho.

Su respiración rítmica marcaba un patrón hipnótico y un miedo absurdo invadió a Jerónimo.

Se levantó con cuidado y se dirigió al baño para darse una ducha.

Eran casi las cinco de la mañana, pero no podía dormir.

Quería demasiado a Erik como para hacerle daño.

Aquella noche había sido perfecta, pero en su interior, sentía un profundo vacío.

Un abismo lo consumía por dentro, rememorando la noche en que huyó de Valencia.

Le parecía irónico que ese pensamiento emergiera en ese momento.

Erik había venido para regresar juntos a Londres y no quería decepcionarlo otra vez.

Bajo el chorro de agua fría, se frotó con más fuerza. No quería hacerle daño, pero sentía que siempre terminaba lastimando a las personas que amaba, tal como ocurrió aquella fatídica noche. Se frotó más fuerte y tuvo unas ganas tremendas de llorar.