Capítulo 33
Jerónimo marcó el número de su amigo Christian mientras deambulaba por el paseo marítimo de la playa del Cabanyal, localmente conocida como playa de las Arenas, debido a un antiguo balneario del mismo nombre reconvertido en hotel de lujo.
Con el móvil en la mano y la voz de Christian en su oído, se detuvo y miró hacia el horizonte.
—Jero, he encontrado algo. Creo que te hará entender qué está pasando de verdad, y por qué deberías volver a Londres —dijo Christian.
Jerónimo se detuvo y perdió la mirada en la inmensidad del mar.
—No estoy seguro de seguirte —admitió.
—Tuve una cita con el informático.
Jerónimo no pudo evitar sonreír.
—¿Te lo pasaste bien? —le preguntó con tono burlón.
Christian se rio al otro lado de la línea.
—Sí, disfruté. Dos veces, para ser preciso.
A pesar de la risa, Jerónimo frunció el ceño y siguió caminando.
—Ahórrate los detalles, Mister . ¿Qué tiene que ver el informático con la desaparición de Marcos?
—Después de tener sexo, tenía que hablarle de algo, ¿no?
—Qué considerado por tu parte. Así que decidiste hablarle de Marcos —Jerónimo confirmó más que preguntó.
—Más o menos.
—Chris, sigo sin entender a dónde quieres llegar.
—Actuaste muy precipitado. Te subiste a ese avión demasiado rápido. No te tomaste el tiempo para analizar la situación.
Jerónimo se detuvo en seco, percibiendo la seriedad en la voz de Christian.
—¿Y qué es lo que debería haber analizado, según tú?
—Marcos se llevó sus cosas, pero no las de Silvia.
Jerónimo tragó saliva, recordando los detalles de la desaparición de su amigo.
—Imagino que las pertenencias de Silvia se habrían enviado de vuelta con su cuerpo. La embajada o la aseguradora se encargarían de ello después de que la policía les informara.
—Así fue, pero hubo algo que no enviaron.
—¿Qué?
—Piensa, jovencito. ¿No recuerdas lo que tu amigo se llevó cuando escapasteis del hospital?
—Cogió una bolsa con el pasaporte, el móvil y poco más. Lo que llevaban encima cuando tuvieron el accidente.
—¿Y?
Jerónimo se rascó la barba y entendió las palabras de su amigo.
—¿El móvil de Silvia? —susurró con aprensión.
—Un trozo de plástico con la pantalla rota más bien. Pero no importa lo que era.
—¿Entonces?
—Importa a lo que nos permitió acceder.
Un nudo se formó en su estómago.
—¿Y qué habéis encontrado?
—Nada en la memoria del móvil, pero Philip pudo entrar en la cuenta de correo de Silvia.
El corazón de Jerónimo martilleaba contra su pecho.
—¿Qué encontraste, Chris? —exigió, su voz reflejando la aceleración de su pulso.
Christian hizo una pausa y respondió.
—Silvia recibió un correo esa mañana. Ni Philip ni yo hablamos español, pero nos llamó la atención porque no había texto, solo un archivo adjunto. Y era el último correo que recibió antes del accidente.
Jerónimo podía oír su corazón retumbando en sus oídos.
—¿Qué había en ese archivo, Chris?
—Algo que probablemente no te agrade.
Jerónimo sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Qué hay en ese archivo? —insistió.
—Fotos.
—¿Qué tipo de fotos, Chris?
—Mejor lo ves tú y juzgas por ti mismo. Jero, no quiero que pienses que has perdido el tiempo yendo a Valencia.
Con esas palabras, Jerónimo intuyó que lo que estaba a punto de descubrir alteraría el rumbo de los acontecimientos.