Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 32
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Capítulo 32

Marcos tenía los labios agrietados por la deshidratación y la garganta abrasada por la bilis con cada respiración entrecortada. Las cuerdas que apretaban sus manos y pies habían dejado profundas marcas. Tenía la mirada perdida y su mente viajaba miles de kilómetros lejos de aquella prisión.

Un ruido metálico lo sacó de su ensimismamiento. Un delirio, pensó, producto de su mente desorientada. Pero el sonido se volvió más tangible, más real.

Su corazón empezó a acelerarse.

Alguien estaba abriendo la puerta metálica. Alguien que venía a rescatarlo quizás. O igual lo estaba imaginando.

Antes de poder articular una palabra, la puerta se abrió y entró una luz cegadora que cortó la penumbra.

Se encogió y protegió sus ojos con los brazos.

Cuando finalmente pudo ver, lo que encontró no fue la cara de un salvador, sino la de un hombre vestido de negro, con un pasamontañas ocultando su rostro. El extraño entró y cerró la puerta detrás de él, dejando a Marcos otra vez en la semioscuridad.

Se produjo un silencio ensordecedor.

Marcos comprendió que nadie venía a rescatarlo y un miedo irracional se apoderó de él, comprimiendo fuertemente su corazón.

El hombre se cubrió la cara con la mano.

Marcos se había acostumbrado al olor de sus propias heces y orina.

—Por… por favor, déjame… ir —imploró.

Pero sus palabras parecían evaporarse en el aire.

El hombre con el pasamontañas no respondió, solo observó su alrededor y con curiosidad, rozó con el pie los platos sucios. Cuando vio el que contenía restos de orina, retrocedió un paso.

—Por favor… —volvió a intentarlo Marcos, pero no pudo terminar. Un golpe interrumpió su súplica y cortó la respiración, dejándolo en el suelo, con el sabor metálico de su propia sangre inundando su boca.

Perdió la conciencia durante unos segundos, pero el dolor lo devolvió a la realidad.

El captor lo agarró del pelo, tiró hacia atrás y lo golpeó aún más fuerte, dejando a Marcos escupiendo trozos de dientes y sangre.

Estaba demasiado débil para resistir, apenas podía murmurar. Su mente buscó refugio en recuerdos de Silvia, de su luna de miel, de tiempos más felices que ahora parecían existir en otra vida.

Un último golpe, una patada brutal en las costillas, le hizo creer que había llegado su final. Todo había terminado.