Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 31
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Capítulo 31

Gabriel, con su uniforme de policía y rostro serio, respiró hondo al ver a su hermano.

—Necesito hablar contigo —le dijo Jerónimo.

—Habla —respondió.

Jerónimo desvió la mirada hacia el compañero de su hermano. Esta vez, este compañero era un joven con los ojos muy juntos y aire de superioridad, que observaba la escena con curiosidad y una pizca de malicia.

—En privado.

Gabriel suspiró.

—Ven a cenar a casa esta noche.

Jerónimo negó con la cabeza, insistiendo en su demanda.

—No, Gabi. Necesito hablar contigo ahora. A solas.

El rostro de Gabriel se contrajo en una mueca de irritación.

—¿Un café?

—No, esos cafés son veneno disfrazado. ¿Podemos entrar en alguna oficina?

La paciencia de Gabriel parecía estar agotándose. Miró a su compañero, pero antes de decir nada, este se adelantó.

—Creo que tu hermano quiere confesarte que quiere salir del armario —dijo con tono malicioso.

Jerónimo, sin inmutarse, apoyó los brazos en el mostrador y le dirigió una sonrisa al joven policía.

—¿Cómo te llamas?

—Me puedes llamar Rafa.

—Vale, Rafa. Ya hace mucho tiempo que salí del armario. Tal vez seas tú quien debería considerarlo.

Rafa mostró su alianza con una risa.

—Estoy casado, chavalote.

—Esos son los peores —contestó Jerónimo.

—Respeta, Rafa —intervino Gabriel—, porque puedo partirte la cara.

—Y yo el culo —añadió Jerónimo guiñándole un ojo a Rafa, que se quedó sin palabras.

Gabriel se levantó.

—Si viene el jefe, le dices que estoy con mi hermano y que volveré en cinco minutos, igual que tú haces con tu mujer que viene un día sí y otro también.

—Seguro que no será por el café —añadió Jerónimo mientras seguía a su hermano con orgullo.

Atravesaron el pasillo y entraron en la misma oficina aséptica que habían visitado unos días atrás, cuando denunció la desaparición de Marcos.

—Ese Rafa me toca las pelotas —dijo Gabriel.

—Ya se lo he dicho yo. Que salga del armario si le gusta tocar pelotas.

—Déjate de mariconadas, Jero. ¿Qué ocurre esta vez?

Jerónimo se quedó en silencio por un momento con un gesto serio y preocupado dibujándose en su rostro.

—Vengo de la casa de Marcos.

—¿Al final ha aparecido?

—No, no ha dado señales de vida, pero quiero contarte lo que encontré en su piso.

—¿Estuviste en su casa? —preguntó Gabriel elevando el tono de la voz.

—Estaba buscando algo, cualquier indicio que pudiera darme una pista de dónde podría estar Marcos.

—Jero, te lo vuelvo a preguntar. ¿Estuviste dentro de su casa? —Gabriel se llevó las manos a la cabeza.

—Eso es lo que te estoy diciendo. No escuchas.

—Soy policía. No puedes contarme eso.

—No, Gabi. Te equivocas. El padre de Silvia abrió la puerta. Me dejó pasar, ¿vale?

—No sé si me tranquiliza más que te hayan permitido entrar en la casa de Marcos y Silvia o que seguramente vengas con alguna historia rocambolesca sobre la desaparición de tu amigo.

Sin hechos concretos no podemos hacer nada.

El resto es especulación. ¿Quieres que te enseñe el manual del buen policía?

Jerónimo metió la mano en su mochila y sacó un objeto.

—¿Y eso qué es? —preguntó Gabriel.

—Un vientre de silicona para simular un embarazo. Es decir, aquellas que no están embarazadas, pero pretenden estarlo, se lo ponen.

Gabriel examinó el objeto que Jerónimo sostenía en el aire. Extendió los dedos, pero no llegó a tocarlo.

—Qué asco —comentó al final.

—Silvia fingía un embarazo. Había varios tamaños diferentes para cada etapa de la gestación. Los tenía escondidos entre la ropa.

—¿Y eso se puede comprar?

—Parece que sí.

—¿Y su padre lo sabía?

Jerónimo negó con la cabeza.

—Nadie en el barrio lo sabe. Estoy seguro de que su padre tampoco. No quise decirle nada. Está muy afectado por la muerte de su hija.

—¿Y Marcos? —preguntó Gabriel, incrédulo.

—Tenía que saberlo. Si yo lo he encontrado, él también los habría encontrado.

Gabriel se cruzó de brazos.

—¿Y qué quieres que haga con esa información? —dijo señalando con la mirada a la prótesis de silicona.

—Eres policía, ¿no?

Gabriel suspiró.

—Hablaré con mis superiores sobre esto. Pero no prometo nada, Jero.

—Hay más. —Jerónimo sacó el móvil de Marcos—. Lo dejó tirado en el suelo a los pies de la cama cuando desapareció. Y no me dirás que eso no es extraño.

Gabriel se quedó sin palabras.

—¿Y? —Jerónimo esperó una respuesta.

—Veré lo que puedo hacer —respondió Gabriel, cogiendo el móvil de Marcos sin apartar la vista.

Al salir de la comisaría, el móvil de Jerónimo vibró con un mensaje de su amigo Christian.

« Hej… ».

«Hola, no te va a gustar lo que he encontrado».

Y con esa advertencia, Jerónimo supo que la noche aún guardaba más sorpresas para él.