Capítulo 30
Tras la visita a la clínica, Jerónimo no necesitó reflexionar mucho para saber que, si había alguna posibilidad, por mínima que fuera, de encontrar a Marcos, la respuesta podría hallarla en su piso.
Fue a casa del padre de Silvia para hablar con él, pero la empleada le explicó que el señor deseaba tranquilidad, lejos de las visitas incómodas de vecinos y conocidos que no cesaban de peregrinar para darle el pésame.
Le había indicado que dijera que estaba en Madrid con su hermana, cuando en realidad se refugiaba en su casa de campo.
Y que si Jerónimo volvía, que le contara la situación en confianza.
Llamó a Javier e intentó convencerlo de ir en persona al piso de Silvia y Marcos. No le proporcionó detalles sobre su visita a la clínica, no quería preocuparlo más de lo que ya estaba.
—Si queremos encontrar a Marcos, creo que deberíamos explorar todas las opciones, y eso incluye su casa —le propuso.
El padre se negó en redondo. Sin embargo, Jerónimo logró convencerle para que al menos se lo pensara. Unas horas más tarde, y aún más convencido de que la desaparición de Marcos no fue voluntaria, el padre lo llamó de vuelta.
—Me llevará media hora llegar hasta Ruzafa —le dijo, con el ruido del motor del coche retumbando de fondo.
—Allí estaré —confirmó Jerónimo, sin poder disimular la emoción en su voz.
El padre aparcó su Range Rover Vogue de color negro en la esquina y se dirigió al portal de la casa de su difunta hija, donde Jerónimo lo estaba esperando.
—Gracias por aceptar —le dijo, extendiendo la mano para saludarlo.
El padre de Silvia asintió en silencio y subieron en el ascensor sin intercambiar palabra alguna. Al llegar al piso, abrió la puerta con la lentitud de quien abre un ataúd.
—¿No entra? —le preguntó Jerónimo.
—Yo ya he estado aquí. Ve tú, yo me quedo en la puerta —respondió, con la mirada clavada en el suelo. Sus ojos parecían dos cristales rotos, llenos de un dolor tan agudo que podía desgarrar el aire.
Jerónimo entró en el apartamento, un espacio sencillo y modesto, similar a muchos en el vecindario. Los colores neutros se entremezclaban con el mobiliario básico, y la luz solar se filtraba a través de las cortinas, iluminando las fotos de Marcos y Silvia en la repisa.
Se acercó a una foto en particular donde la pareja aparecía sonriente, vistiendo impermeables en un bosque al lado de un letrero con el nombre de un pueblo alemán que decía «Feldberg», y sintió un pinchazo en el estómago.
Entró en el dormitorio, un retrato íntimo de la pareja. La cama estaba hecha, con almohadas y sábanas dispuestas con cuidado y objetos personales distribuidos alrededor, contando en silencio la historia de una vida compartida.
Javier seguía en el rellano.
Jerónimo se acercó al armario, sintiendo un hormigueo en las manos. Abrió y miró dentro. Metió la cabeza y lo que halló entre la ropa lo dejó helado.
Ahora entendía el embarazo de Silvia.
Lo guardó en la mochila y salió del dormitorio, agarrando fuerte las correas.
Al salir, pisó algo en el suelo. Cuando agachó la vista, sintió un escalofrío en la nuca, frío y perturbador, como si el dedo helado de la muerte rozara su piel. La sorpresa golpeó a Jerónimo con la fuerza de un tren a toda velocidad.
Acababa de pisar el móvil de Marcos tirado en el suelo.
Lo recogió y salió al rellano.
—¿Ha encontrado algo de interés? —preguntó el padre de Silvia.
—Nada. Gracias. Tengo que irme —respondió Jerónimo, evitando el contacto visual.
No quería hacerle sufrir más a ese padre dolorido.
Necesitaba hablar con Gabriel.