Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 29
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Capítulo 29

Marcos tuvo temblores. La camiseta, mojada por un sudor frío, se le adhería a la piel como una segunda capa.

Un agudo dolor le retorcía el estómago. Había consumido la carne gelatinosa, pero el plato con agua se había derramado.

—No hay agua —repitió en voz alta como un mantra.

Estaba débil. Tan débil que la idea de moverse parecía una hazaña imposible. Un calor sofocante lo envolvía y, con las manos atadas, se palpó la frente, pero no estaba seguro de tener fiebre. Quería volver a dormir, alejarse de la realidad, desaparecer.

La sed lo torturaba.

Y entonces pensó en Silvia. Su esposa. La mujer que había conocido una tarde de domingo en una cafetería de la Plaza de la Reina en Valencia.

Ella estaba radiante bajo el sol de primavera y la luz se reflejaba en su pelo oscuro y sus ojos grises.

Las imágenes de esos recuerdos se proyectaban en la pared de cemento como si estuviera viendo una película.

Se había pedido un refresco y escogió un lugar desde donde pudiera observarla mientras reía con sus amigas.

Hasta que una de ellas se acercó a él y, entre risas y cuchicheos, se lo presentó a Silvia.

«Una escena cursi», se dijo.

Empezó a reírse con el recuerdo, pero sintió un pinchazo en el estómago lleno de remordimiento.

Recordó el sabor agridulce de las peleas y las reconciliaciones.

El día que le propuso matrimonio. El día que fueron a visitar a Javier, el padre de Silvia, para anunciar sus planes de boda, y él dijo que le habían hecho muy feliz y tenían su bendición.

Javier no solo costeó gran parte del banquete, sino que quiso regalarles el viaje de luna de miel al Caribe, pero Silvia, con ese tono pícaro que usaba al hablar con su padre, dijo que preferían visitar la Selva Negra en Alemania.

Para Caribe, ya tenían playa en Valencia.

Todos esos recuerdos se agolpaban en su mente.

Marcos pasó los dedos por la pared de cemento y le entró una risa tonta al recordar esa luna de miel, perdidos en uno de los bosques de la Selva Negra, buscando un mirador, mientras una lluvia torrencial les sorprendía durante la caminata en pleno verano.

Silvia siempre había tenido la capacidad de convertir cualquier situación en una aventura.

Entonces las imágenes cambiaron. Recordó el accidente. El rostro sorprendido y aterrado de su mujer antes de su muerte.

Una mano invisible le apretaba el cuello.

Tragó, intentando empujar el nudo en su garganta, forzándose a pensar en los buenos momentos.

En su luna de miel, en aquella tarde de risas, bajo la lluvia, en un bosque alemán.

No se dieron por vencidos y llegaron al mirador empapados, pero riéndose de la situación.

Estaban rodeados por un paisaje de cuento de hadas con la sensación de que aquella felicidad nunca terminaría.

Pero todo terminaba.

Los remordimientos le mordían el corazón. No había tenido el coraje de decirle a Silvia que su amor por ella había cambiado, que ya no la amaba como antes.

De repente, volvió a la realidad y sintió unas intensas ganas de orinar. Mordisqueó las cuerdas tan fuerte que se hizo heridas en la boca.

Acercó uno de los platos y con varias maniobras orinó sobre él. Al terminar, se quedó allí, de rodillas, con una expresión de derrota en su rostro.

Luego miró la pared. Intentó recuperar las imágenes, seguir viendo la película de su vida, pero no pudo.

Todo lo que podía ver era el plato frente a él, lleno de su propia orina.

Pero era agua, se convenció, empujado por la desesperación.

Acercó los labios y se imaginó estar en uno de los arroyos de la Selva Negra, en Alemania.

Dio un largo trago, pero su cuerpo se rebeló y empezó a toser.

Cayó al suelo, enrollándose en posición fetal, entre un regusto a váter de discoteca en la boca y retortijones de estómago cada vez más intensos.

Incontrolables.

Y un olor más fuerte que el sudor inundó la celda, recordándole su terrible realidad.