Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 28
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Capítulo 28

El nombre de la clínica, Clínica del Mar, se debía a su ubicación en plena avenida del puerto.

Jerónimo empujó la puerta y entró en la recepción.

Las paredes lucían dibujos de familias, realizados a rotulador en un estilo infantil, como si hubieran sido pintados por niños de una guardería.

En el frontal del mostrador había un lema: «Ayudamos a la naturaleza a cumplir tus sueños».

Detrás del mostrador, dos recepcionistas vestían batas blancas impecables.

La recepcionista más joven tenía el pelo castaño claro, liso y recogido con una pinza en forma de fresa a un lado, mientras que la recepcionista de mayor edad llevaba un moño estilo cantante de ópera y unas gafas de montura geométrica que le daban un toque moderno.

—Buenos días —dijo Jerónimo, regalándoles una de sus mejores sonrisas—. Creo que pueden ayudarme.

—Por supuesto —respondió la recepcionista más mayor, sonriendo de vuelta—. ¿Está bajo de espermatozoides?

Jerónimo parpadeó.

La risita nerviosa de la recepcionista más joven con una pinza en forma de fresa en el pelo pareció escapársele por accidente.

—No los he contado —dijo él.

—Me imagino que no —respondió la recepcionista más mayor con el moño estilo cantante de ópera, conteniendo una risa.

Jerónimo sintió un rubor subiéndole por las mejillas.

—Estoy buscando a una de sus pacientes, Valentina Rivas o Val. Mi amigo Marcos ha desaparecido y creo que ella podría tener información relevante.

Las dos mujeres se miraron, sorprendidas.

—¿Y usted es? —La mujer mayor se quitó las gafas para observar a Jerónimo más de cerca.

—Como le he dicho, soy amigo de Marcos. Su mujer Silvia y Valentina Rivas eran amigas y venían a esta clínica.

—¿Es usted detective o algo así?

—No, soy traductor.

—¿Y qué traduce? —preguntó la recepcionista más joven ajustándose la pinza del pelo.

—Inglés y danés al español. Trabajo por libre. Me contratan poco y pagan mal. Además, vivir en Londres es muy caro. It’s complicated .

—Qué interesante —murmuró la más joven, mirando a Jerónimo como si acabara de descubrir una nueva especie en el zoológico.

—Bueno, ahora que me conocen un poco más, ¿me pueden ayudar con Valentina Rivas?

—¿Y por qué no le pregunta a la esposa de su amigo? —la recepcionista más mayor respondió con un tono ligeramente desafiante.

—No puedo.

—¿No puede?

—No, no puedo. Es más complicado de lo que parece —admitió Jerónimo.

—Siempre lo es —dijo la recepcionista más mayor, su tono estaba cargado de ironía—. Perdón, ¿de qué estamos hablando?

—No puedo hablar con la esposa de mi amigo porque murió en un accidente de tráfico la semana pasada y justo después desapareció él. —Jerónimo soltó la bomba.

Las dos mujeres se quedaron boquiabiertas, pero no dijeron nada durante unos segundos. La más joven rompió el silencio.

—Cuánto lo siento.

—Gracias. Por eso estoy aquí. Pensé que si hablaba con Val...

—¿Qué opina la policía de todo esto? —preguntó la recepcionista más mayor ajustándose las gafas.

—Ya se ha denunciado la desaparición de Marcos. Solo es cuestión de tiempo, pero no puedo quedarme de brazos cruzados y quería preguntar en todos los lugares posibles.

—Hace usted bien.

—Entonces, ¿me ayudan?

—Hace usted bien, pero no, no podemos. —La recepcionista más mayor fue tajante—. Comprenderá que, debido a la ley de protección de datos, no podemos compartir la información que busca.

La recepcionista más joven se inclinó un poco más.

—¿Cómo se llama la paciente?

—Valentina Rivas.

Y se dirigió a su compañera apuntando con el dedo a la pantalla del ordenador.

—Mira.

—¿Qué pasa? —preguntó Jerónimo.

—Verá —respondió la recepcionista más mayor sin despegar los ojos de la pantalla del ordenador mientras se ajustaba las gafas—, es usted muy simpático y agradable, pero como comprenderá, nos meteríamos en problemas si violáramos la ley de protección de datos.

Sin embargo, si la policía se presentase, les diríamos que Valentina faltó a su última revisión.

La sangre de Jerónimo se heló.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace siete días —añadió su compañera ante la mirada de la mujer más mayor—. Manoli, no le estoy dando ninguna información protegida.

—Gracias, se lo agradezco.

Ese fue el mismo día en que Marcos y Silvia tuvieron el accidente.

—Valentina tenía una cita programada con la doctora Gutiérrez, pero no se presentó —informó la recepcionista más joven mientras se ajustaba la pinza del pelo con forma de fresa.

—¿Y qué razón dio para anular la cita?

—No aparece ninguna nota.

—No se presentó —resumió la recepcionista más mayor.

—¿Han intentado ponerse en contacto con ella desde entonces?

—Imagino que sí. —La recepcionista más joven miró a su compañera en busca de confirmación.

—Valentina tendrá que pagar una penalización por faltar a su cita.

—¿Podrían llamarla?

La recepcionista más mayor frunció el ceño, pero tras unos segundos de reflexión, asintió y cogió el teléfono. Marcó el número de Valentina y esperó. Después de varios segundos, negó con la cabeza.

—Lo tiene apagado.

La frustración de Jerónimo era evidente.

—Solo por curiosidad, ¿cómo se llamaba la esposa de su amigo? —preguntó la recepcionista más mayor.

—Silvia Fonseca.

La mujer palideció y sus ojos se agrandaron.

—Eso es imposible.

Ambos, Jerónimo y la joven recepcionista, se sobresaltaron ante la reacción.

—Si no me falla la memoria, la última vez que Silvia estuvo con nosotros fue hace dos años. —Tecleó en el ordenador—. No hay otra paciente con ese nombre.

—Me dijeron que estaba embarazada —dijo Jerónimo confuso—. ¿Podría estar en otra clínica?

—Podría. ¿De cuánto estaba?

Jerónimo bajó la mirada, recordando las conversaciones que había tenido con las vecinas del barrio.

—Más de tres meses. ¿Cuatro quizás?

—Imposible —repitió una vez más la recepcionista más mayor.

—Eso es lo que me dijeron las vecinas, la gente del bar, su padre…

—Sería un milagro.

—¿Por qué dices eso?

—Lo que voy a decirle es confidencial. —La recepcionista se levantó de su silla y se acercó a Jerónimo; su perfume floral llenaba el aire entre ellos—.

Silvia había intentado quedarse embarazada durante años.

Lograba concebir, pero los primeros meses son críticos y tenía problemas de gestación. ¿Me sigue?

—Creo que sí —respondió Jerónimo, con los pensamientos corriendo a la velocidad de la luz.

—Silvia sufría abortos espontáneos antes de pasar la barrera de las doce semanas.

Jerónimo sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—¿Dónde vive Valentina?

—Por ahí no paso —dijo la recepcionista con firmeza—. Hable otra vez con la policía.

—Está bien. Gracias.