Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 27
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Capítulo 27

Un débil rayo de luz se filtraba a través de una especie de respiradero del techo, iluminando su prisión. Aquel lugar parecía un depósito de cemento.

Aún le dolía la cabeza con cada latido.

En el suelo había dos platos: uno con agua y otro con una masa gelatinosa que contenía pequeñas albóndigas.

Su boca estaba tan seca como la suela de un zapato y tosió, sintiendo un pinchazo en el estómago. No sabía cuánto tiempo llevaba encerrado, ni cuándo fue la última vez que comió o bebió algo. Tenía un hambre voraz.

Se preguntó si alguien había estado allí y dejado esos platos o si los platos ya estaban antes y no los vio en la oscuridad.

Se agachó hacia el plato de agua, pero un olor repulsivo le hizo retroceder.

Se acercó al plato de la carne con más cautela.

La masa gelatinosa con albóndigas olía a una pastilla de caldo de ternera caducada.

A pesar del hedor, la probó con la punta de la lengua.

El sabor salado y rancio le provocó arcadas y escupió la sustancia.

Volvió a intentar beber del plato de agua, tratando de no respirar, pero el agua sabía a tubería vieja y vomitó bilis.

Se apoyó en la pared e intentó pensar en un plan, en una forma de escapar, pero su mente estaba tan agotada como su cuerpo. Con los ojos pesados de fatiga, los cerró, solo para abrirlos de nuevo al escuchar el ruido de un motor de coche, que lo puso en alerta.

Marcos gritó pidiendo ayuda y su voz retumbó sin respuesta. Gritó de nuevo, con todas sus fuerzas, pero el sonido del motor se alejó, dejándolo solo con su desesperación. La rabia lo impulsó a gritar una vez más y acabó con un sabor metálico a sangre en la boca.

La desesperación lo estaba consumiendo.

Intentó ponerse de pie, explorando la pared del depósito en busca de una vía de escape. Con las manos atadas, arañó la pared como si pudiera abrir un agujero, mientras las lágrimas caían y sus uñas se desgarraban.

Puntos flotantes aparecieron ante sus ojos, pero no sabía si eran producto del miedo o del agotamiento. Una cruel jugarreta de su imaginación.

Sin darse cuenta, pisó el plato con el agua y la derramó sobre el suelo de cemento, formando un pequeño charco.

Bajó la cabeza y pasó la lengua por el suelo, tratando de absorber cada gota de agua. Una sed maldita lo consumía. Había perdido la noción del tiempo, pero tenía una cosa clara: sin agua, no duraría mucho más.