Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 26
45%

Capítulo 26

La luz de la tarde brillaba en el aparcamiento del Mercadona, lanzando sombras largas y distorsionadas sobre el asfalto.

Cuando Jerónimo se acercó, las puertas de cristal del supermercado se abrieron automáticamente, liberando una ráfaga de aire acondicionado que contrastaba con el calor exterior.

Valentina, una amiga, conocida o lo que fuese, era su última esperanza para encontrar a Marcos.

Recorrió los pasillos, observando las estanterías repletas de productos mientras una música monótona sonaba por los altavoces, mezclándose con los anuncios de ofertas del día.

Se acercó a una cajera de aspecto robusto con mejillas rosadas y el cabello recogido en una coleta.

Tenía una placa con el nombre de «Pilar».

—¿Sabes si Valentina trabaja hoy? —preguntó Jerónimo.

—Hoy no.

—¿Porque tienen una compañera que se llama así?

—No es Valentina, es Val —corrigió Pilar.

—Debe de ser la misma.

—Disculpa, ¿quién eres tú?

—Soy su novio —mintió Jerónimo.

—¿Y no sabes dónde trabaja tu novia? —La incredulidad era evidente en el tono de Pilar.

—Podríamos decir que somos algo así como medio novios —aclaró Jerónimo.

—Aun así...

—¿Te vale que echamos un polvo y no me la puedo quitar de la cabeza?

La cajera lo miró de arriba abajo y suspiró.

—Las hay con suerte. Espera y pregunto.

Pilar llamó a su compañera a través del sistema de megafonía.

Se acercó una mujer delgada con el pelo teñido de rubio.

—¿Sabes si Val está de baja otra vez? —preguntó Pilar.

Jerónimo se sorprendió al escuchar esa nueva información.

—Pues no lo sé, chica —respondió la compañera.

—Val se toma muchas bajas —dijo Pilar a Jerónimo.

—Desde que se quedó embarazada —continuó su compañera—, ha estado de baja más veces de lo normal. Muchas visitas a la clínica, pero vamos, es un embarazo, no una enfermedad.

—¿Y el marido?

La cajera Pilar sonrió con burla.

—¿Qué marido? ¿No eras tú?

El guardia, un tipo corpulento con aspecto de no haber sonreído en una década, se acercó.

Jerónimo levantó las manos en señal de paz.

—Ya me voy —dijo.

—Los asuntos personales se tratan fuera del horario laboral —ladró el guardia.

—Tiene sentido. —Jerónimo le siguió el juego—. ¿Sabe cuándo vuelve Val?

El guardia le echó una mirada seria.

—De acuerdo, me voy.

Pero Jerónimo sabía que no se iría hasta encontrar a Valentina o Val.

Una casa con dos puertas es más difícil de vigilar, así que dio la vuelta a la manzana y entró al supermercado por la puerta trasera. Recorrió los pasillos hasta que llegó al mostrador de embutidos.

—¿Puedo hablar con el encargado? —le preguntó a la chica con el cabello recogido con una redecilla.

—Está en el almacén. ¿Quieres que lo llame?

—No, me acercaré yo.

—Es que los clientes no pueden entrar.

Jerónimo se rascó la barba.

—De acuerdo, lo dejaré para otro momento —fingió.

Pasó por la sección de panadería y frutería, y se adentró en el almacén sin que nadie se percatara. Una vez allí, se acercó a un joven que estaba descargando cajas de un palé.

—Disculpa, ¿eres el encargado?

El joven, con el rostro empapado en sudor, señaló con la cabeza a otro hombre de edad similar a la de Jerónimo, que maniobraba una carretilla eléctrica cargada con cajas de frutas.

—Estoy buscando a Val o Valentina. Las cajeras me han dicho que está de baja.

—¿Y quién eres tú?

—Un amigo suyo —mintió Jerónimo.

—Las cajeras tienen demasiado tiempo libre. Val no está. Dile a tu amiga que cuando vuelva, recoja su carta de despido. Me tiene hasta las pelotas con tantas bajas.

—¿Cuándo hablaste con ella por última vez?

—¿Crees que esto es un servicio de atención al cliente? No ha llamado, ni coge el teléfono.

—¿Podrías darme su número?

—¿No dices que eres su amigo? —Jerónimo no encontró respuesta. El encargado se acercó con expresión de desconfianza—. Además, ¿quién te ha permitido entrar?

—Las cajeras.

—¿Las cajeras? —Se aproximó aún más a Jerónimo—. ¿Tú quién coño eres?

—Creo que me he confundido de Val.

Jerónimo giró sobre sus talones y emprendió un camino apresurado hacia la salida, pero tuvo la mala suerte de encontrarse con el guardia en esa entrada.

Tendría que inventarse otra excusa. El nombre de Val o Valentina resonaba en la mente de Jerónimo como un eco en un túnel vacío, una pieza que necesitaba encajar para que el rompecabezas empezara a cobrar sentido.

Tratando de pasar desapercibido, Jerónimo se volvió de espaldas al guardia y tomó un paquete de galletas de chocolate Príncipe de Beckelar que tenía justo enfrente.

Luego, se dirigió a la última caja y se puso a la cola.

—¿Cómo se llama la clínica a la que acude Valentina o Val? —preguntó a la cajera mientras deslizaba el paquete de galletas por la cinta de la caja.

Ella lo miró con una mezcla de sorpresa y confusión.

—¿Qué clínica? —preguntó, escaneando las galletas.

—La clínica a la que suele ir —respondió, extendiendo el dinero hacia la cajera.

—Creo que se llama Clínica del Mar, o algo que tiene que ver con agua. No estoy segura, la verdad.

Fue en ese momento cuando el encargado, con cara de agotamiento, hizo un gesto al guardia, señalando a Jerónimo, quien, a su vez, tomó el paquete de galletas y aceleró el paso hacia la salida.

—Ya me voy. Ahora sí que me voy. Me voy y le transmitiré el mensaje de la carta de despido a Valentina —prometió con sorna al encargado.

Y antes de que el guardia pudiera intervenir, Jerónimo ya estaba en la calle, un paso más cerca de encontrar a Marcos y con un paquete de galletas Príncipe de Beckelar para acompañarlo en su búsqueda.