Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 25
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Capítulo 25

Jerónimo acudió a la llamada de Manolo, el dueño del bar de abajo de la casa de Marcos.

Tenía algo que contarle. O, mejor dicho, su mujer quería contarle algo.

Según Manolo, se trataba de chismes sin importancia, pero Jerónimo no podía desaprovechar ninguna oportunidad para encontrar alguna pista que le llevase al paradero de su amigo.

Aquella conversación lo llevó de regreso al barrio de Silvia y Marcos, un lugar donde parecía que todos los hilos de esta historia convergían.

Jerónimo se sentó en la terraza del bar.

La brisa de la tarde acariciaba su rostro mientras observaba a Manolo acercarse a su mesa con un delantal del club de fútbol del Valencia.

—¿Otro bocadillo de calamares? —le propuso.

Jerónimo dudó, no tenía claro si tenía hambre.

—Marcos no ha aparecido, ¿verdad? —El silencio de Manolo respondió a la pregunta de Jerónimo. —Está bien. ¿Me guardas estas longanizas en el frigorífico? —preguntó, mostrando la bolsa que había comprado en la carnicería.

Manolo asintió, cogió la bolsa y se dirigió hacia el interior del bar. Allí, una mujer de origen asiático manejaba con destreza los utensilios de cocina.

Volvió con una cerveza que puso en la mesa.

—Es mi mujer, Remedios. Ya viene.

—¿Y tu mujer también es de China?

—Mi mujer vino de Sichuan a Cádiz cuando era niña. Se llama Remedios —explicó—. Es una china gaditana. —Manolo soltó una risa.

—¿Y quería hablar conmigo?

—¡Remedios! —llamó Manolo a su mujer, quien se acercó secándose las manos en un trapo de cocina.

—¿Qué pasa?

Jerónimo se dirigió a ella.

—¿Conocías a Silvia?

El cambio en el rostro de Remedios fue inmediato y profundo.

—¿Cómo no la iba a conocer?

—Soy amigo de Marcos y estoy tratando de encontrarlo. Manolo me dijo que quizás podrías ayudarme.

—El caso es que las vecinas hablan mucho.

—¿Qué dicen?

—Nada que no se haya dicho antes. Vienen y me preguntan a mí, pero, vamos, yo sé lo mismo que todo el vecindario.

—Entonces, ¿no sabes nada?

Remedios negó con la cabeza y Jerónimo se sintió decepcionado. Pero Manolo intervino.

—Espera —dijo, poniendo una mano en el hombro de Jerónimo.

Remedios retomó la conversación.

—Sin embargo, hay alguien que no ha venido a preguntar por Silvia y Marcos estos días.

Jerónimo se inclinó hacia adelante, expectante.

—La chica venezolana. ¿No te acuerdas? —Remedios miró a su marido.

Manolo también hizo memoria.

Los ojos de Jerónimo bailaban de Manolo a Remedios.

—Claro, ahora me acuerdo —dijo al final.

—Cómo no te vas a acordar si se te caía la baba cuando venía por aquí —dijo su mujer con tono de reproche.

—Bueno, pero ¿quién es? —preguntó Jerónimo, impaciente.

Remedios se encogió de hombros.

—No lo sé. No es vecina de aquí.

Jerónimo sopesó la información.

—¿Quizás una amiga o conocida?

Ella hizo una pausa antes de continuar.

—Solían venir a tomar algo de vez en cuando. Silvia y ella llevarían el mismo tiempo de embarazadas.

—¿Qué más? —preguntó Jerónimo, ansioso por más información.

Remedios hizo una pausa, buscando en su memoria.

—No hay mucho más. Como te he dicho, era venezolana. Guapísima.

—Con un pelo largo y moreno, y un cuerpo que quita el hipo —añadió Manolo.

Remedios le dio un codazo a su marido.

—Eres un guarro.

—¿Y dices que la viste hace poco? —preguntó Jerónimo.

Ella asintió.

—Creo que sí.

—¿Y ya no la has visto más?

Remedios negó con la cabeza.

—¿Cómo… cómo has dicho que se llama?

—Valentina no sé qué. No recuerdo el apellido.

El corazón de Jerónimo se paró por un instante. Metió la mano en su mochila y sacó la carta del banco, donde comprobó el nombre y el apellido antes de hablar de nuevo con voz temblorosa.

—¿Valentina Rivas? —leyó en voz alta, marcando cada sílaba del nombre escrito en el destinatario de la transferencia de 18.000 euros. Tomó aire— ¿Y no tenéis ninguna idea de dónde puede estar?

—Ella no vive aquí, pero trabaja en el Mercadona. Seguro que la encuentras allí.

Jerónimo asintió, agradeciendo a Remedios por su ayuda.

El próximo lugar que visitar sería el Mercadona. Ahí encontraría a Valentina y, con suerte, las respuestas que buscaba. Todo era más complicado de lo que había pensado antes de saltar el balcón de su casa y subirse a un avión de regreso a Valencia.

Se olvidó de pagar, pero más importante aún, se fue sin las longanizas.