Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 24
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Capítulo 24

Marcos despertó sobresaltado, invadido por una sensación de frío abrupta que se convirtió en un escalofrío. Abrió los ojos para encontrarse con una oscuridad total, una negrura que parecía engullirlo. La confusión se adueñó de él, envolviéndolo en una densa niebla de sombras y desorientación.

Se hallaba acurrucado en posición fetal, incapaz de mover las piernas o las manos, que permanecían unidas como si estuviera rezando. Era semejante a esos sueños en los que la mente está despierta, atrapada en una pesadilla, pero el cuerpo se resiste a obedecer.

Igual.

La idea de que aún podía estar durmiendo atravesó su mente, aunque el lecho era demasiado duro y frío. Un segundo escalofrío lo atravesó como una daga cuando advirtió que estaba atado de pies y manos, inmovilizado.

El corazón le latía fuerte como si estuviera en la recta final de un maratón, y un calor intenso ascendía desde el estómago hasta la cabeza. Su pulso retumbaba en las sienes, marcando un ritmo frenético y desenfrenado, como el galope de un caballo desbocado.

El pánico se apoderó de él.

Intentó liberarse de las cuerdas que aprisionaban sus muñecas y tobillos; sin embargo, solo conseguía infligirse más daño. A pesar de sus esfuerzos por recordar cómo había llegado a ese lugar, solo lograba reconstruir fragmentos sin conexión en su memoria.

Las últimas imágenes antes del accidente de la autocaravana se agolparon en su mente.

Después recordó la fuga del hospital en Inglaterra, el vuelo nocturno de regreso a Valencia, y la urgencia por llegar a su apartamento para recoger algunas pertenencias.

Pero ahí se desvanecían sus recuerdos, perdidos en la oscuridad.

Le dolía un tobillo y la rodilla derecha. El cuello estaba rígido y recordó el pinchazo un poco más abajo de la nuca, las palpitaciones intensas y cómo su cuerpo se debilitaba, y segundos después caía al suelo.

Alguien lo estaba esperando para drogarlo y traerlo aquí, alguien que sabía que regresaría a casa, pero no recordaba que la puerta estuviera forzada.

Rodeado por la oscuridad más densa, Marcos se apoyó en una pared rugosa como la lija, sintiendo cómo el vértigo se intensificaba y lo debilitaba.

Un olor húmedo y familiar flotaba en el aire, mezclado con el estridente canto de unos grillos en la distancia.

Se puso de rodillas y tanteó la pared en busca de un interruptor de luz, sintiendo cómo la frustración y el miedo crecían en su interior.

El espacio se extendía a su alrededor como la boca de una cueva oscura, y a pesar de sentirse débil y mareado, se esforzó por explorarlo, buscando un interruptor de luz que no existía.

—¿Hola? —preguntó al vacío.

De repente, se topó con una puerta metálica y la golpeó con los puños.

—¿Hola? —gritó.

El silencio sepulcral le devolvía sus propias palabras.

Golpeó con más fuerza.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Se apoyó en la pared mareado y al caminar a ciegas, se golpeó con violencia la cabeza y cayó de nuevo al frío suelo de cemento, retorciéndose de dolor.

Volvió a gritar desesperado, pero no hubo respuesta.

El tiempo transcurrió en la oscuridad sin que Marcos pudiera medirlo, hasta que al final se sumió en un sueño intranquilo.

Al despertar, la oscuridad persistía a su alrededor.

Era evidente que alguien deseaba hacerle daño, y esto era solo el comienzo de su pesadilla.