Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 23
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Capítulo 23

El Mercado Central de Valencia era un testimonio del arte modernista valenciano, con más de un siglo de antigüedad.

Combinaba metal, vidrio y cúpulas con elementos góticos y modernistas, erigiéndose como una catedral gastronómica.

La cúpula central, una gigantesca ventana al cielo, permitía la entrada de luz natural que transformaba el lugar en un escenario mágico.

Sus techos arqueados y los azulejos de cerámica que los adornaban parecían susurrar historias de tiempos pasados y presentes, creando un ambiente único.

La amplia variedad de productos frescos que ofrecían los puestos convertía este lugar en el mercado más grande de Europa.

Cientos de ellos mostraban su diversidad de ofertas: frutas y verduras cultivadas en la huerta valenciana, carnes de ganado local y mariscos recién sacados de las aguas del Mediterráneo.

El lugar era un concierto de aromas y colores que embriagaban los sentidos.

Un arcoíris de frutas y verduras. Los quesos, embutidos y frutos secos competían por la atención de los visitantes.

Los dulces típicos y las conservas en vinagre constituían un flujo continuo de estímulos sensoriales que se mezclaban con las voces de los vendedores.

Jerónimo se adentró en el bullicio del mercado, buscando una carnicería en particular entre la multitud.

—¿Eres Juan? —preguntó Jerónimo al joven carnicero que, con una mano sostenía un cuchillo que parecía un hacha y, con la otra, colocaba un conejo despellejado sobre una losa de plástico.

El joven, delgado, de rostro enjuto y pelo rapado, vestía una camiseta blanca de manga larga y un delantal manchado de sangre. Miró de reojo a Jerónimo para luego dirigirse a su cliente:

—¿Le troceo el conejo, doña Dolores?

Con eficiencia mecánica, el carnicero troceó el conejo y lo introdujo en una bolsa de plástico que puso encima del mostrador.

—Aquí tiene, doña Dolores.

Una señora robusta le entregó un billete de cincuenta euros y metió la bolsa con el conejo en su carro de la compra.

Un carnicero de mayor edad, que estaba ocupándose del género y tomando notas en un cuaderno, paró.

—¿No ves que está trabajando?

Jerónimo alzó un papel con un número, mostrando una amplia sonrisa.

—Después de doña Dolores me toca a mí. Estoy buscando a Juan, el hermano pequeño de Marcos.

—Pepe, yo me encargo —dijo el joven carnicero—. Soy yo, ¿qué pasa?

—Soy amigo de tu hermano Marcos.

Con una mirada seria, el joven carnicero clavó el cuchillo con forma de hacha en la tabla de cortar.

—Pepe, dame cinco minutos —le pidió a su jefe. Su voz sonaba tensa.

—Estamos a tope de faena —gruñó el jefe de Juan, clavando la mirada en Jerónimo.

—Serán solo cuatro minutos.

El joven carnicero dio la vuelta al mostrador y se puso frente a Jerónimo. Se remangó la camiseta y apareció un tatuaje de la Virgen de los Desamparados en el antebrazo derecho.

—¿Qué pasa? —le preguntó, levantando la barbilla.

—Estoy buscando a tu hermano y no lo encuentro.

—¿Y a mí qué? —dijo encogiéndose de hombros.

—¿No tienes contacto con tu hermano?

—No.

—¿Por qué?

—Cosas de familia.

—¿Las cosas de familia tienen que ver con una herencia?

Se acercó más a Jerónimo.

—Listillo, las cosas de familia son que no me gustaba un pelo con la que se casó.

Jerónimo se acercó aún más.

—¿Sabes que su mujer falleció?

—Algo he oído.

—¿Algo has oído? No te vi en el entierro.

—No me dieron el día libre.

—Tu hermano tampoco apareció. Lo estoy buscando. ¿Sabes dónde puede estar?

—No.

—¿Alguna idea?

—No —repitió.

—¿No te parece raro que no asistiera al entierro de su propia mujer?

—Pregúntaselo a él.

—No sé si ya te lo he dejado claro, pero no he tenido contacto con tu hermano desde que dejó el hospital en Inglaterra.

—Pues él puede viajar, yo no.

—Bueno, tampoco está de más que sepas que la desaparición de tu hermano está denunciada a la policía.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso?

—Supongo que tampoco conocerás a alguien con nombre de Valentina.

—¿Alguna telenovela?

Jerónimo bufó y mostró una sonrisa de desprecio mientras se miraban a los ojos el uno al otro.

—¿Pasa algo? —preguntó el jefe, rompiendo el silencio.

—No, ya me iba. Si se te ocurre algo, puedes llamarme a este teléfono —finalizó Jerónimo, dejando una tarjeta sobre el mostrador.

—Pero ¿tú qué eres, un detective de esos?

—No, soy un traductor en paro. Busco al hermano mayor de tu empleado. Ponme medio kilo de longaniza valenciana.

Jerónimo cogió la bolsa con las longanizas, se dio la vuelta y se perdió en el bullicio del mercado. Sería cuestión de tiempo antes de que tuviera que volver a pasar por la carnicería para comprar más longanizas.