Capítulo 22
Javier, el padre de Silvia, contactó con Jerónimo porque quería verlo para contarle algo en persona.
Jerónimo bajó del taxi y tocó el timbre de la casa.
El ladrido de varios perros llenó el silencio.
Segundos después, el padre abrió la puerta y dejó pasar a Jerónimo, que observó cómo el hombre hacía un gesto hacia una serie de casetas con un control remoto, y una de las puertas se elevó automáticamente como la puerta de un garaje.
El pastor alemán corrió hacia el interior de la caseta, devorando un plato de comida que lo esperaba.
—Tiene hambre —dijo Javier.
—Me había parecido escuchar más perros —dijo Jerónimo, todavía sorprendido por el sofisticado sistema.
—Tengo tres pastores alemanes: César, Napoleón, y el que ves allí que come es Genghis.
—¿Genghis?
—Genghis Khan fue el legendario líder y conquistador del Imperio Mongol.
—Ah…
El nombre Genghis pareció acentuar el miedo que Jerónimo ya sentía.
—Salen por turnos —continuó explicando—. Están algo nerviosos. —Javier observó a Jerónimo—. ¿Ha tenido alguna vez un perro?
—¿Un hermano pequeño sirve?
Aquel comentario hizo sonreír al padre de Silvia. Era la primera vez que Jerónimo veía a Javier dibujar una leve sonrisa en su cara y relajó su expresión.
—Son leales, cariñosos, siempre están ahí para ti, sin importar qué.
A diferencia de algunas personas, los perros no te juzgan, no te engañan.
Imagínate un compañero leal y devoto que está siempre dispuesto a estar a tu lado.
Sin tener que lidiar con la hipocresía y maldad de algunas personas.
Es la compañía que quiero ahora. Es como una conexión especial con estos animales.
Yo creo que está en mi ADN. —Se agachó para acariciar a Genghis—.
Mis perros son como una amalgama de fuerza, belleza y propósito, al igual que las grandes obras arquitectónicas que dejan una huella imborrable.
Una estructura icónica que despierta emociones profundas y transmite una sensación de seguridad y pertenencia.
Jerónimo asintió, sin entender muy bien las palabras filosóficas de Javier, apenas podían oírse con tanto ladrido.
—¿Quería hablar conmigo?
—Mi hermana volvió a Madrid y ansiaba estar solo durante estos días. No dejan de venir vecinos y conocidos para darme el pésame. Me voy a ir a la casa de campo para que no me molesten. —Hizo una pausa—. Reflexioné sobre lo que me comentó. Quería preguntarle, ¿no tiene planeado regresar a Londres?
Jerónimo recordó el incómodo trayecto en taxi que había soportado para llegar aquí y que le formularan esa pregunta.
—No —respondió con firmeza—. No, hasta que encuentre a Marcos.
—Lo imaginé —asintió el padre.
—¿Ha recibido alguna noticia suya? —inquirió Jerónimo.
—Nada. Ya le dije que la última vez que hablé con él fue antes de la misa de mi hija.
—¿Y no ha intentado comunicarse con nadie más?
—No, al menos que yo tenga conocimiento.
—¿No le parece extraño?
El padre reflexionó un momento y finalmente asintió con lentitud.
—No lo consideré así al principio. Pero ahora, sí.
Por eso deseaba hablar con usted. Pasé por el piso de mi hija, pero Marcos no estaba y tampoco parecía que hubiera estado desde que partieron de viaje con esa maldita autocaravana.
—Bajó un poco la cabeza—. Me preocupa. Me preocupa mucho, la verdad.
Jerónimo se acercó un poco más.
—Le dije que no regresaría a Londres hasta tener noticias de Marcos.
—Sí, me quedó claro. —Los ladridos de los perros interrumpieron la conversación e inquietaron a Jerónimo. Javier notó su nerviosismo—. No se preocupe. Están en sus casetas. Medité sobre su pregunta, si Marcos tenía enemigos. La respuesta sigue siendo la misma: no que yo sepa.
—¿Y qué va a hacer?
El padre levantó la mano para continuar hablando.
—No que yo sepa —repitió—. Pero sí tiene un hermano.
—¿A qué se refiere? —Jerónimo entrecerró los ojos.
—No lo conozco en persona. Silvia solía comentar que Marcos y su hermano mantenían una relación tensa que empeoró tras el fallecimiento de su madre.
Problemas con la herencia, imagino. Ya no se hablan.
Marcos decía que era un sinvergüenza. Yo, como le digo, no lo conozco en persona —explicó el padre de Silvia.
Jerónimo reflexionó durante unos segundos y finalmente preguntó:
—¿Dónde puedo encontrarlo?
Un ligero brillo apareció en los ojos grises de Javier.
—Se lo agradezco, Jerónimo —dijo, dándole la dirección de la carnicería del hermano menor de Marcos.