Capítulo 21
En medio de la incertidumbre, con la desaparición de Marcos latente en su mente, Jerónimo se presentó en el Hospital de La Fe para saber de primera mano el estado de salud de su sobrino.
Jerónimo atravesó las puertas del hospital y el olor a desinfectante llenó sus fosas nasales. Encontró a Luis en el área dedicada a las enfermedades infantiles.
—Gabi me ha contado lo de Luisito. Pasé por tu oficina y me dijeron que estarías aquí —dijo Jerónimo.
—¿Viniste a hacer turismo? —preguntó Luis; su voz era tan fría como los azulejos del hospital.
—No me habías dicho nada de tu hijo —dijo Jerónimo mientras se sentaba al lado de su hermano—. ¿Qué le pasa?
Luis respiró hondo antes de contestar.
—Sigue con los riñones jodidos. Tiene un cincuenta por ciento de posibilidades de que se recupere. Si el tratamiento no funciona, habrá que buscar otras opciones.
—¿Qué otras opciones?
Hacía tiempo que Jerónimo no veía a Luis tan preocupado.
—Un trasplante renal. —Su voz era grave. Miró al suelo como si estuviera buscando una solución—. Le daría uno de los míos si pudiera.
—Lo siento. No sé qué decir.
—Pues no digas nada. Tú solo te preocupas de ti mismo. Y oye, me parece bien. Pero no pretendas venir y hacer de tito Jerónimo porque te queda grande el traje.
Las palabras de su hermano mayor golpearon a Jerónimo en el estómago.
Luis se pasó las manos por la cara.
—Oye, mira, no sé lo que digo.
Jerónimo extendió la mano como si quisiera darle un abrazo, pero Luis se puso de pie y caminó hasta la papelera.
—Estos chicles son una mierda —dijo, escupiéndolo en la basura.
—¿Qué es exactamente lo que tiene?
—Enfermedad renal poliquística. Es hereditaria y tiene riesgo de necesitar un trasplante de riñón en la vida adulta.
Por ahora, lo tenemos en revisiones: seguimiento médico regular, ultrasonidos y análisis de sangre y orina.
—Luis buscaba nervioso algo en los bolsillos de su chaqueta—.
Le dio un dolor abdominal en el colegio.
Su madre se puso histérica, así que lo traje a urgencias. Fue una falsa alarma.
—¿Dónde está ella?
—Vuelve en un rato. ¿La quieres ver? —preguntó con sonrisa sarcástica.
—En otro momento.
—No te culpo.
La enfermera salió de la habitación seguida por Luisito, quien era la viva imagen de su padre, pero en un niño de diez años, con el pelo oscuro y la raya a un lado. En lugar de una cartera de piel, llevaba una tableta con una funda de dibujos. Parecía cansado.
—¡Eres un campeón! —le dijo Jerónimo, dándole un abrazo y dos besos.
Antes de regresar a la oficina, los dos hermanos y Luisito se sentaron a tomar un helado. Mientras estaban allí, el sobrino de Jerónimo se fijó en un set de aromaterapia con aceites esenciales y un difusor que estaba expuesto en un escaparate de la tienda Naturalia.
—¿Te parece bien? —preguntó Jerónimo, pidiéndole permiso a Luis para hacerle un regalo a su sobrino.
—Hubiera preferido un balón de fútbol, pero para gustos, colores —respondió Luis, tirando al suelo uno de los muchos cigarrillos que había estado fumando mientras ellos se comían un helado de chocolate y pistacho.
—¿Desde cuándo te gusta el fútbol? —le preguntó Jerónimo.
—No es el fútbol en sí —hizo una pequeña pausa, observando cómo su hijo abría ilusionado la caja de aceites esenciales y el difusor—. Luisito va a entrar pronto en una edad difícil.