Capítulo 20
Dentro, su hermano Gabriel se encontraba de guardia, enfrente de la pantalla del ordenador. Levantó la vista al reconocer un rostro familiar acercándose al mostrador.
—Eva me dijo dónde estabas —explicó Jerónimo.
—¿Sucede algo?
—Pasaba por aquí —respondió sin sonar muy convincente.
El compañero de Gabriel le echó una mirada perspicaz.
Jerónimo se inclinó un poco más hacia su hermano.
—Y que me alegro de veros, de verdad.
Gabriel se ruborizó.
—Está bien. Tengo mucho trabajo, Jero. Ven a cenar más tarde, si quieres.
El compañero los observaba sin dejar de teclear.
—Y lo de la otra noche… —continuó Jerónimo, pero Gabriel lo interrumpió.
—Ya te he dicho que está bien.
—Vale —respondió Jerónimo, tragando saliva, mientras un silencio incómodo se cernía sobre ellos—. También quería decirte que Marcos sigue desaparecido y no quiero irme sin saber que está bien.
Gabriel pareció incómodo.
—Ya te llamará.
—Pero no llama.
—¿Tuvisteis una pelea?
—No, hombre. Llamó al padre de Silvia para decirle que no iría al funeral. No podía.
Gabriel cruzó los brazos.
—Quiere estar solo, ¿no?
—¿Y por qué no me llama?
—Porque quiere estar solo —repitió Gabriel, impaciente.
Jerónimo reflexionó un momento.
—No me cuadra.
—Jero, estoy saturado de trabajo —dijo Gabriel, con voz cortante.
—¿Puedo presentar una denuncia?
Su hermano se tomó unos segundos antes de responder.
—¿Una denuncia por qué?
—Marcos ha desaparecido.
—Marcos ha contactado con la familia —insistió Gabriel.
—Hablé con el padre de Silvia, pero no sabe dónde está.
—Ya lo hablamos más tarde.
—Podemos hablarlo ahora. No veo que haya nadie en la cola.
Gabriel se levantó, incómodo bajo la mirada de su compañero que dejó de teclear.
—Vamos a tomar un café —le propuso a Jerónimo.
—¿Un café? Claro —respondió complacido.
Gabriel, sin presentar a Jerónimo, le dijo a su compañero que se tomaría un descanso y que volvería en diez minutos.
Jerónimo siguió a su hermano hasta la máquina de café.
—¿Corto o largo? —preguntó Gabriel mientras introducía unas monedas en la máquina.
Jerónimo observó cómo el líquido negro caía con la viscosidad del alquitrán en un vaso de plástico.
—¿Esto es lo que tú llamas café? —preguntó Jerónimo—. No pongas esa cara, Gabi. Está bien. Largo, con extra de azúcar.
Al coger el café, Jerónimo se quemó los dedos y lo soltó.
Gabriel miró a ambos lados del pasillo.
—No te bajas del burro.
—¿Puedo o no puedo presentar la denuncia?
—Puedes, pero no te harán caso.
—Me quedaré más tranquilo.
Gabriel resopló y Jerónimo lo siguió hasta una oficina. Su café se quedó frío mientras rellenaba el formulario.
—¿Ves? Gabi. Me quedo más tranquilo.
—¿Ya has visto a Luis?
—Pasé por su oficina.
Jerónimo evitó mencionar la carta del banco.
—¿Y vas a ver a Luisito?
Jerónimo miró con sorpresa a su hermano.
—De eso también quería hablarte.
—Pero te lo ha dicho, ¿no?
—Sí, bueno. ¿Por qué no me lo cuentas tú?
Gabriel se levantó de la silla con unos documentos en la mano.
—Luisito ha recaído. Está en el hospital.
Jerónimo sintió cómo la culpa comenzaba a inundarle.