Capítulo 19
La calle San Vicente era una de las arterias más importantes de Valencia, una construcción romana de cuatro kilómetros que había sido testigo de siglos de historia.
En uno de sus edificios más antiguos, se albergaba un bufete de abogados, y era allí donde Jerónimo se encontraba frente a una asignatura pendiente: su medio hermano mayor, Luis.
Acarició el sobre del banco mientras esperaba a que llegara el ascensor, tan antiguo como las Fallas de Valencia.
Entró y pulsó el cuarto piso. El ascensor se puso en marcha con un golpe seco.
Luis creció con la mentira de que su padre había muerto en un accidente laboral, pero la verdad era que había abandonado a su madre para formar una nueva familia con la madre de Jerónimo y Gabriel.
Cuando Luis era un bebé, su padre selló un acuerdo de silencio con su madre: él pagaría una manutención hasta que cumpliera los veintiún años y ella no revelaría su identidad.
Jerónimo y Luis caminaron por las mismas calles de Valencia, ignorando la existencia del otro.
Eso cambió cuando sus vidas se entrelazaron después de la muerte de su padre y un notario les reveló la incómoda verdad: eran hermanos del mismo progenitor.
A partir de ese momento, Gabriel, Jerónimo y Luis aprendieron a ser hermanos, haciéndose un hueco en la vida del otro.
—¿Jero? —preguntó Luis, sorprendido, desde su mesa de despacho—. ¿Qué haces aquí?
Su hermano estaba envejeciendo. Su pelo, peinado hacia atrás, era aún más canoso de lo que recordaba. Sus ojos parecían estar atrapados en una tormenta perpetua de insomnio y tabaco, y su estilo no había cambiado: un traje desgastado y una camisa arrugada.
Las apariencias podían engañar, y a Luis le gustaba jugar con ellas.
—Tu secretaria me dejó pasar —respondió Jerónimo.
—No, coño. Me refiero a qué haces en Valencia.
Gabriel no le había mencionado su visita.
—Tienes un vocabulario muy colorido. Eres el poeta de los tacos.
—Ven aquí y dame un abrazo. Nunca anuncias tus visitas.
—Fue un viaje de última hora. ¿Y esa pelota de espuma?
Luis miró la pelota que tenía en la mano izquierda como si acabara de notarla.
—Chorradas de mi nuevo médico. Dice que ayuda con el estrés y puede reducir las ganas de fumar, pero a mí me pone de mala leche apretar la dichosa pelotita. ¿Dónde te estás quedando? —preguntó Luis, invitando a Jerónimo a sentarse.
—En casa del abuelo, como siempre.
—¿Sin agua caliente ni electricidad?
—Hay agua, pero el calentador no funciona.
Luis soltó una risa.
—Una ducha fría como cuando éramos adolescentes.
El humor de Luis no era del gusto de todos, pero Jerónimo sabía que, a su manera, su hermano tenía buenas intenciones, aunque a veces eran tan insospechadas como una mariposa volando en una tormenta.
La risa de Luis se desvaneció ante la seriedad de Jerónimo.
—Bueno, Jero, podrías haber avisado.
—No sabía que iba a venir hasta el último minuto.
—Entonces, ¿no has visto a Gabriel y Eva?
Jerónimo se quedó callado, recordando la discusión que habían tenido en el coche sobre la venta de la casa del abuelo.
—Sí. Cenamos juntos.
Luis se reclinó en su silla de oficina.
—Tú dirás.
Jerónimo le contó que su amigo Marcos tuvo un accidente con una autocaravana en Inglaterra.
—Fue idea de su mujer —dijo Jerónimo.
—Ese es el problema del ideal de marido moderno, ceder —dijo con una mueca de desaprobación—. Tú, como eres gay, no tienes esos problemas.
—No. Tengo otros.
—Debe ser más fácil entre dos hombres.
—Si te interesa, puedo darte el número de alguien que conozco aquí en Valencia.
—No, déjalo.
—Quería hablarte del accidente —dijo Jerónimo.
—Claro, hay que saber conducir por la izquierda. ¿Llevaba su mujer la autocaravana?
—No, ella era la copiloto.
—¿Lo ves? Tengo razón en lo que digo. El marido moderno tiene que ceder o separarse.
Jerónimo se inclinó más hacia Luis.
—Su esposa murió en el accidente.
Su hermano dejó de jugar con la pelota de espuma.
—Vaya… eso es duro —murmuró.
Jerónimo asintió.
—Necesito tu ayuda. Marcos ha desaparecido. —Le contó sobre la ausencia de su amigo, el entierro de su mujer, la visita del padre y la transferencia de 18.000 euros—. Debe ser algún tipo de extorsión —continuó Jerónimo, deslizando la carta del banco hacia Luis.
Su hermano se echó hacia atrás como si la carta fuera venenosa y apretó la pelota de goma hasta estrangularla.
—Pero ¿estás loco? ¿Robas el correo de tu amigo y ahora quieres saber a quién le hizo una transferencia de 18.000 euros? Esto es un bufete de abogados, no un centro de investigación privada.
Se puso de pie, lanzó la pelota al suelo y buscó en el cajón un paquete de cigarrillos. Encendió uno mientras abría la ventana, dejando entrar el bullicio de la ciudad.
—Pensé que tenías contactos.
Luis clavó su mirada en Jerónimo.
—Los contactos que tengo son por asuntos laborales. —Dio una larga calada al cigarrillo, dejando el humo en sus pulmones durante unos segundos antes de exhalar—. Nano, puedo meterme en un buen lío. Lo que me estás pidiendo es ilegal.
Jerónimo parpadeó.
—Yo pensé…
—Pues deja de pensar, joder. —Su hermano parecía más nervioso de lo habitual—.
Los cuarenta te están afectando. ¿Quieres saber lo que son problemas, Jero?
—Tomó otra calada al cigarrillo dejando que sus palabras se mezclaran con el humo—.
Te lo voy a contar. Problemas son tener un hijo que pasa más tiempo en el hospital que en casa, y que la zorra de tu exmujer, sí, «EX» con letras mayúsculas, te demande por no pagarle la manutención.
No la manutención de tu hijo, sino la suya para que ella pueda ir con sus amigas a meditar al campo con las cabras. Eso son problemas.
—Yo creí… Quiero decir, no se me ocurrió a quién más contarle en confianza.
—Debería dejar el tabaco. No sé si me asfixio por la nicotina o por las tonterías que dices. Te estás metiendo en un lío, tú solito —dijo señalándole con el dedo—, y esta vez, no voy a ayudarte.
Jerónimo se levantó, con los hombros caídos.
—Está bien. Me voy. Estaré por aquí unos días. Quizás podamos tomar algo y me cuentas de Luisito.
Luis no respondió. Seguía mirando la calle San Vicente mientras terminaba su cigarrillo.
Jerónimo salió del despacho y pasó por recepción. Se detuvo un momento, tentado de preguntarle a la secretaria acerca de su sobrino Luisito, pero siguió andando, avergonzado de tener que recurrir a una secretaria para obtener esa información.