Capítulo 34
No muy lejos de aquella playa, Jerónimo había estado a punto de morir muchos años atrás. Su mente volvió al hogar de los fantasmas del pasado. La primera vez que intentaron matarlo, pensó en su familia, en sus amigos, en todo lo que dejaba atrás. Bueno, o eso quiso creer.
Todo sucedió muy rápido.
El miedo lo inmovilizó, luego balbuceó algo. Suplicó a su asesino. Era un animal a la defensiva, aterrado, acorralado. Su vida pasó como un carrusel de imágenes en su mente, girando a toda velocidad mientras su cuerpo se empapaba de sudor.
Todo parecía haber terminado.
Era un crío de diecinueve años que apenas comenzaba a descubrir lo peligroso y corrupto que podían llegar a ser los bajos fondos de la ciudad de Valencia.
Estaba seguro de que iba a morir. Hasta que Marcos apareció en su camino.
Marcos era un año menor que Jerónimo y trabajaba en un bar del barrio del Carmen.
Como cualquier joven de su edad, aprovechaba para salir con los amigos siempre que podía y, en ocasiones, continuaba la diversión hasta que comenzaba su turno de trabajo.
Otras veces, con la llegada de la madrugada del sábado, se permitía un par de horas de descanso en el almacén antes de abrir el bar.
Jerónimo solía pasar a tomar un café antes de regresar a casa tras una noche de fiesta.
Marcos contaría, después, que hubo una noche en particular que quedó grabada en su memoria por dos razones: su ruptura con su novia, que le hizo llegar al bar antes de lo previsto, y la visión de una sombra corriendo como si el diablo la estuviera persiguiendo.
Con un gesto rápido, Marcos lo arrastró al bar, bajó las persianas y apagó las luces.
Jerónimo tenía las manos manchadas de sangre.
—Van a matarme —balbuceó.
Marcos no hizo preguntas; sabía lo suficiente sobre las actividades de Jerónimo. Lo llevó al baño, le lavó las manos y le ofreció ropa limpia que tenía en la taquilla.
—Desaparece —le aconsejó Marcos, metiéndole en el bolsillo un sobre con mucho dinero.
Jerónimo desapareció.
Nadie preguntó por él, y Marcos nunca mencionó su encuentro.
Jerónimo huyó en un taxi hacia la estación del Norte para tomar un tren a Madrid, pero a mitad de camino cambió de rumbo y se dirigió al aeropuerto. Compró un billete para el primer vuelo a otro país europeo.
País: Dinamarca; capital: Copenhague. Dentro de Europa, no necesitaba un pasaporte, solo su documento de identidad.
Jerónimo siempre estaría en deuda con Marcos.
Así fue como lo recordaba Jerónimo, pero había algo esencial que Marcos deseaba contarle sobre aquella noche. Algo que había encontrado por accidente y que pertenecía a Jerónimo.
Después de colgar, el eco de la conversación con su amigo Christian aún resonaba en el oído de Jerónimo cuando llegó el archivo.
Prometía el tipo de secretos que lo cambiarían todo y no podrían ser olvidados. Pero Jerónimo no era de los que se echaban atrás. Necesitaba conocer la verdad. Necesitaba encontrar a Marcos.
El archivo contenía ocho imágenes que contaban una historia difícil de creer.
Marcos estaba allí, en cada una de las ocho fotos robadas, tomadas en lugares abiertos.
Cinco de ellas en las calles de Valencia y tres en la playa.
Llevaba unas gafas de sol y a su lado, una mujer que no era Silvia.
Su cabello era una cascada oscura que caía sobre sus hombros y su belleza le recordó a la actriz italiana Mónica Bellucci, una mezcla de elegancia y seducción a partes iguales.
El rostro de Jerónimo se endureció al analizarlas, buscando algún detalle que confirmara que esas fotos fueron tomadas años atrás, pero estaba equivocado. Eran recientes.
La vieja vecina entrometida había estado en lo cierto: alguien espiaba a Marcos.
Las fotos revelaban tres días distintos, tres capítulos de una historia no contada.
En cinco de ellas, Marcos y la desconocida mujer compartían risas y cafés en la terraza de algún bar, ajenos al acecho al que estaban sometidos.
Las siguientes fotos dejaron a Jerónimo sin respiración, como si le hubieran golpeado fuerte en el estómago.
En dos fotos, Marcos y la misteriosa mujer se acariciaban las manos de una forma inconsciente.
Y con la última llegó el golpe de gracia.
Marcos y aquella mujer estaban inmersos en un beso apasionado.
Las imágenes hablaban por sí solas: la tensión y el romance estaban ahí, visibles para cualquier espectador. Se preguntó si esa era la razón de la huida de Marcos: ir al encuentro de esa mujer. Jerónimo pensó en Silvia viendo estas fotos, sintiendo el veneno de la traición.
Los recuerdos de la angustia de Marcos ante la muerte de su mujer parecían aún más amargos al mirar las fotos.
Estaba seguro de que cualquiera que hubiera conocido a Marcos confirmaría que ese hombre había envejecido varios años al enterarse de la noticia de la muerte de su mujer.
Recordó que en los ojos de Marcos no solo había angustia, también había miedo. Estaba desesperado.
El rompecabezas se volvía más complicado con cada nueva pieza, y Jerónimo estaba cada vez más desorientado.
Sin embargo, una idea se había arraigado en su mente: la mujer en las fotografías, la desconocida de belleza mediterránea, no podía ser otra que Valentina, cuyo vientre, en las fotos, empezaba a tomar forma.