Capítulo 17
Jerónimo caminó apresurado por el paseo marítimo sin una dirección concreta.
Había empezado a soplar una fría brisa marina.
Pasó por el restaurante donde su madre trabajaba cuando era solo un niño, y por un momento se vio a sí mismo correteando tras un balón con la camiseta manchada de helado de pistacho y chocolate.
Recordó otra noche, aquella en la que huyó desesperado por el laberíntico barrio del Carmen, escapando de un asesino.
Paró, sacó su teléfono y marcó el número de Christian.
— Hello , Spiderman —respondió su amigo con tono burlón—. Sabía que llamarías. Jovencito, ¿tienes idea de la hora que es?
—¿Estás solo?
—Si te refieres a Erik, no, no está aquí.
—Lo siento mucho, Chris —dijo Jerónimo.
—Sí, lo sientes, pero menudo susto le diste al pobre de Erik. Eres testarudo y tenías que salir disparado a buscar a Marcos —replicó Christian—. La policía quiere hablar contigo cuando vuelvas. Esta vez, yo estaré presente. Y sí, le conté todo a Erik. Estaba preocupado.
—Y ahora, ¿cómo está? —preguntó Jerónimo.
—Le diré que has llamado y que estás bien. Estás bien, ¿verdad?
—Estoy bien.
—¿Bien, bien?
—Marcos no ha regresado a casa todavía. Necesito tu ayuda. Hay algo que no cuadra.
Hubo un suspiro prolongado al otro lado de la línea.
—Veamos si lo tengo claro —recapituló Christian—: la mujer de tu amigo muere en un accidente mientras están de vacaciones.
—Correcto.
—Los accidentes de tráfico ocurren todos los días. La policía toma declaración a Marcos y sigue los procedimientos pertinentes.
—Hasta ahí, bien.
—Tu amigo sale ileso del accidente y desea abandonar el hospital.
—Marcos quería huir.
—Jero, si la policía hubiera sospechado algo, no habrían dejado a Marcos solo en una habitación de hospital, y mucho menos permitirle irse de tu casa sin aviso y que tú le siguieras.
—Creo que Marcos estaba huyendo de alguien.
—O tal vez Marcos solo quería salir del hospital porque no podía soportar la idea de la muerte de su mujer. —Hubo unos segundos de reflexión—. ¿Se lo has contado a alguien más?
—Intenté hablarlo con mi hermano Gabriel —explicó Jerónimo—, pero no pareció importarle demasiado. Así que la policía queda descartada por el momento.
—¿Y qué dice la familia de Silvia?
Jerónimo explicó que Marcos había enviado un mensaje a la prima de Silvia para decir que no podía asistir al funeral de su mujer, y que también había hablado por teléfono con su suegro para decirle lo mismo.
—Chris, nadie parece sospechar nada.
—Al menos sabes que está vivo.
—No ha regresado a casa.
—Quizás no quiera ver a nadie.
—¿Ni siquiera desea despedirse de su esposa?
—Jero, no puedes saber lo que pasa por la cabeza de Marcos.
Jerónimo guardó silencio por un momento, pensando en lo que Christian había dicho.
—Me dijeron que Silvia estaba embarazada de cuatro meses.
—No puedo imaginar cómo debe sentirse la familia en estos momentos.
—No sabía que estaba embarazada —dijo Jerónimo.
—¿Y eso qué importancia tiene?
—Hablé con una vecina, una anciana. Me dijo que alguien estaba vigilando a Marcos. Le tomaban fotos desde un coche con lunas tintadas.
— Ok…
—Y hay más. Revisé la carta del banco.
—¿Revisaste? —preguntó Christian con un matiz sarcástico.
—Hubo una transferencia de 18.000 euros a nombre de Valentina Rivas. La cuenta de Silvia y Marcos quedó prácticamente vacía, con menos de 300 euros —explicó Jerónimo.
—¿Y aun así se van de vacaciones?
—No tiene sentido, ¿verdad?
—Tampoco sabes si ese dinero tiene alguna relación con la desaparición de Marcos.
—Y hay algo más todavía. La transferencia se realizó justo el día en que Silvia y Marcos se fueron de vacaciones. Extraña coincidencia.
—Así parece —confirmó Christian.
—¿Por qué no me lo contó? —Jerónimo no podía ocultar su frustración.
—Eso tendrás que preguntárselo a él.
Jerónimo se mordió el labio inferior. Ni siquiera Christian podría entender lo importante que era para él encontrar a su amigo.
Marcos y su mujer habían viajado a Londres para visitarlo y darle algo a Jerónimo, que cambiaría su percepción de la noche en la que tuvo que huir de Valencia para salvar su vida.
Nunca llegaron a Londres. Después del accidente de la autocaravana y la muerte de su mujer, Marcos había desaparecido.
Jerónimo le planteó su teoría a Christian: alguien perseguía a Marcos. Tuvieron un accidente de tráfico. Su esposa falleció. Marcos pidió a Jerónimo que lo sacase del hospital, y luego desapareció sin dejar rastro. Llamó al padre de Silvia y le dijo que no podía ir al funeral.
Un incómodo silencio se instaló al otro lado de la línea. Cuando Christian habló, su voz tenía un tono serio.
—Marcos está intentando no llamar la atención. Está ganando tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—No lo sé.
—¿Alguna idea?
—Lo que se me ocurre no te va a gustar.
—Chris, necesito tu ayuda.
—Creo que podría estar metido en un asunto de chantaje.
—¿Chantaje? —La voz de Jerónimo subió varios tonos mientras se le formaba un nudo en el estómago.
—Eso podría explicar la transferencia de dinero. Ahora tienes un nombre: Valentina Rivas.
—No puedo ir al banco y contárselo. Tampoco puedo ir a la policía.
—Es un delito robar cartas —confirmó Christian una vez más.
—Eso ya lo sé. Puedo preguntar en el barrio si alguien conoce a una tal Valentina Rivas.
—Si sigues preguntando, podrían darse cuenta. Si creemos a la vecina, alguien vigilaba a Marcos. ¿Cómo sabes que no estarán vigilándote a ti?
El nudo del estómago se le convirtió en una bola del tamaño de un balón de fútbol.
—No lo sé.
—Si Marcos no aparece pronto, podrían sospechar de ti.
—¿De mí? ¿Por qué?
—Desapareció de tu casa en Londres. Técnicamente, fuiste la última persona que vio a Marcos. ¿Sospechas que la familia tiene algo que ver?
Jerónimo se rascó la barbilla y reflexionó sobre las palabras de Christian.
—No lo creo. Tenías que ver al padre. Estaba destrozado. ¿Qué puedo hacer?
—La única opción que te queda es hablar con él. Tal vez pueda decirte algo más.
—Sí, eso haré.
—Pero dos cosas te digo. No menciones que robaste una carta del banco a nombre de su hija.
—¿Y la otra?
—Ten cuidado, Jerónimo. Ten mucho cuidado.