Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 16
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Capítulo 16

La oleada de adrenalina se disipó mientras Jerónimo andaba con el correo de Marcos en la mochila hacia la playa de la Malvarrosa.

El sonido de las olas acariciando la arena se mezclaba con las voces de la gente que caminaba por el paseo marítimo, curioseando en los tenderetes o disfrutando en las terrazas de los restaurantes.

Debería sentir vergüenza por haber robado correspondencia ajena. Debería regresar a Londres. Esperar a que Marcos se pusiera en contacto con él. Pero en lugar de vergüenza, sentía una preocupación creciente, un nudo que se apretaba en su estómago con cada hora que pasaba sin noticias de su amigo.

Años atrás, en una noche como esa, en esa misma playa, alguien le propuso una oportunidad de negocio bastante singular.

Con la ingenuidad propia de la juventud, su afán de independencia y la promesa de dinero fácil, decidió aceptar sin pensar en las consecuencias.

Pronto, se vio sumido en un mundo de malas influencias, rodeado de personas que lo arrastraron hacia un abismo del que casi no pudo salir.

Por suerte, Marcos se cruzó en su camino aquella madrugada de domingo y lo ayudó a escapar. Horas más tarde, estaba en un avión con destino final: Copenhague.

No regresó hasta que pasó bastante tiempo.

Se preguntó una vez más qué era aquello que Marcos quería darle relacionado con aquella noche. Si él seguía vivo, era gracias a su amigo. Se lo debía. No volvería a Londres sin asegurarse de que Marcos estaba bien.

Se sentó en uno de los bancos de granito blanco del paseo marítimo y sacó de su mochila la correspondencia de Marcos.

Separó las cartas de la propaganda: un periódico local con anuncios de pequeños comercios y servicios, un catálogo de ofertas de Carrefour y una carta sin remitente, donde le ofrecían una oferta de banda ancha de internet de esas que son difíciles de rechazar.

Lo tiró todo a la papelera. Solo quedó una carta del Ayuntamiento y otra del banco. Quizás no encontrase nada, pero merecía la pena intentarlo.

Bajo la luz de una farola, abrió primero la carta del Ayuntamiento, que informaba a los residentes de la zona sobre las obras de reparación del pavimento de una calle cercana y los cambios en el tráfico que se implementarían.

Nada interesante.

Abrió la carta del banco que le mandaba una copia en papel con el extracto de los movimientos bancarios del último mes. La cuenta corriente estaba a nombre de él y de su mujer Silvia, pero eso no fue lo que le llamó la atención.

Jerónimo pasó con el dedo índice por cada una de las entradas y salidas de dinero: el recibo del agua, de la luz, compras semanales en el supermercado y otros gastos de la vida diaria.

También había un ingreso de casi mil quinientos euros del salario de Silvia como contable en una empresa y tres mil de Marcos de los restaurantes que gestionaba hasta, que su dedo se detuvo en una extraña cantidad de dinero.

Jerónimo sintió una presión en el pecho, como si alguien estuviera apretándolo con fuerza.

Sostuvo la carta en sus manos y la cambió de posición por si la luz de la farola en la noche hubiera distorsionado la información que recibía su cerebro.

No se equivocaba.

Solo quedaban casi 300 euros en la cuenta porque se había realizado en ese mismo mes una transferencia por una cantidad de 18.000.

Examinó con detenimiento el extracto en busca de cualquier detalle que pudiera ayudarle y la presión del pecho descendió al estómago, sintiendo un vacío al comprobar que aquella transferencia se realizó hacía un par de semanas. Justo antes de que Marcos y Silvia se fueran de vacaciones.

Una extraña casualidad.

Cerró los ojos y respiró la brisa de la playa intentando asimilar el significado de lo que acababa de descubrir. La única información relevante que aparecía en el extracto era el nombre de una mujer: Valentina Rivas.

Era hora de llamar a Christian.