Capítulo 14
Aún tenía el sabor agridulce del encuentro con la familia de Silvia.
Las únicas señales de vida que Marcos había dado eran para confirmar su no asistencia al entierro de su esposa.
Jerónimo esperó a su hermano Gabriel para cenar juntos con la intención de buscar un momento para hablar de la desaparición de Marcos.
Su hermano era policía y tal vez podría ayudarle. Quizá la policía en Valencia ya había sido notificada acerca del paradero de Marcos. O Gabriel podría preguntar por ahí.
Su hermano menor era casi tan alto como Jerónimo, con hombros anchos y protectores. Su amplia frente estaba marcada por unas cejas que escondían una mirada seria e introvertida. Gabriel hablaba poco y solo lo necesario, e incluso a veces lo necesario no era suficiente.
Imaginó que su visita sorpresa alegraría a su hermano, pero la sorpresa se la llevó él al ver un matiz de preocupación en el rostro serio de Gabriel.
—Eva me contó que estabas en Valencia.
—Aquí estoy —dijo él, mostrando una de sus mejores sonrisas.
—Que llegabas sin avisar.
La sonrisa de Jerónimo se desinfló.
—Ni siquiera yo sabía que vendría —respondió ajustándose la camiseta.
Gabriel levantó una ceja con cierta desconfianza. Se acercó a Jerónimo y le sorprendió dándole un abrazo.
—¿Estás bien? —preguntó mientras se desabrochaba un botón de la camisa.
—Todo bien. Erik os manda recuerdos —improvisó.
Más tarde, Jerónimo quiso ayudar a su cuñada en la preparación de la cena. Sin embargo, ella insistió en que él era el invitado. Así que salió al balcón, dejando que Eva preparase la comida y Gabriel se encargase de poner la mesa.
Su hermano apareció poco después con un aspecto más relajado y con dos latas de cerveza en la mano. Le pasó una.
—Jero, te veo bien.
Entre bromas, Jerónimo le había comentado a su cuñada Eva que, si alguna vez se llevaba a su marido al ambiente gay, se lo rifarían.
Sin embargo, notó que Gabriel había ganado algo de peso desde la última vez que visitó Valencia y su hermano fue padre por primera vez.
Tenía menos pelo, incluso en el entrecejo.
—¿Te has depilado las cejas? —preguntó Jerónimo. Gabriel ignoró la pregunta y dio un trago a la cerveza—. No importa. Se lo preguntaré a tu mujer.
—Le dije a Eva que no se pasara —respondió con tono cortante.
—Pues se pasó. Pareces el capitán Spock. Ahora solo falta que te hagan la manicura, aunque con esas manos de recogedor de patatas no creo que se vaya a notar la diferencia.
Gabriel gruñó.
—Estoy igual, capullo. Tú sí que estás más gordo.
Jerónimo se palmeó la barriga y se ajustó la camiseta. Su hermano Gabriel tenía razón. Empate 1-1.
La cena estuvo llena de anécdotas sobre la vida de Jerónimo en Londres, su reciente mudanza con Erik y la triste noticia del fallecimiento de Silvia.
—Marcos llamó al padre de ella. Le dijo que era incapaz de asistir al funeral de su esposa. —Jerónimo miró a su hermano—. Estoy esperando que se ponga en contacto conmigo.
Después de la cena, Gabriel se ofreció a llevarlo en coche hasta la casa del abuelo y Eva insistió también.
Esto obligó a Jerónimo a cambiar sus planes: pasar por el piso de Marcos durante la noche, cuando no había nadie que pudiera verlo allí.
Una vez en el coche, Gabriel rompió el silencio de forma abrupta.
—Quiero vender la casa del abuelo y no quiero seguir esperando.
La noticia tomó desprevenido a Jerónimo.
—Podemos esperar un poco más. No tiene gastos.
—Sí que los tiene —replicó Gabriel.
—Gastos mínimos.
—La casa está siempre vacía —insistió su hermano mientras entraba en una rotonda.
—No siempre.
—Tú puedes quedarte con nosotros cuando vienes. Eva no tiene ningún problema.
—Y tú tampoco, ¿verdad? —Su voz tenía un matiz irónico.
—A mí me da igual. —Gabriel se encogió de hombros.
—¿Por qué no lo hablamos en otro momento? —propuso Jerónimo con fingida calma.
—¿Qué otro momento? No tiene luz y te estás duchando con agua fría.
—Es bueno para la piel.
Gabriel resopló.
—Deja de decir mariconadas.
—¿Y eso lo dice el Capitán Spock?
Su hermano apretó la mandíbula y hubo un silencio incómodo entre ellos. Jerónimo bajó la ventanilla y asomó la cabeza, dejando que el aire fresco llenara sus pulmones.
—Marcos desapareció el día que su esposa murió en un accidente de tráfico, así que la venta de la casa del abuelo me parece un asunto secundario en este momento.
Gabriel se giró para mirar a Jerónimo con una mezcla de incredulidad y enfado.
—Un viejo amigo que solo tú conoces y que ya ha contactado con la familia.
—Retomamos el contacto hace unos años. Tú eras muy joven cuando me mudé.
—Tenía catorce años cuando tú desapareciste. Lo recuerdo perfectamente —respondió Gabriel con voz rígida.
Jerónimo se mordió el labio inferior.
Gabriel bufó y esta vez su rostro reflejaba un matiz de reproche.
—No has vuelto para vernos.
—Gabi, no te pases. ¿Qué estoy haciendo ahora si no es visitaros?
—Has vuelto porque estás jugando a investigar la misteriosa desaparición de un amigo que no quiere verte y que solo tú conoces.
—Ya está. Para aquí. Me voy andando.
Jerónimo no necesitó repetirlo. Su hermano se detuvo en medio de la calle.
—Mira, voy a dar un paseo y te prometo pensar en la venta de la casa del abuelo, ¿vale?
Gabriel arrancó el coche sin decir nada.
Lo que su hermano no podía entender, y quizás nunca podría, era que, para Jerónimo, vender la casa del abuelo era como deshacerse de los pocos buenos recuerdos que le quedaban de Valencia.
Una vez más, Jerónimo tuvo la misma sensación que había tenido en otras ocasiones al acercarse a la familia: que siempre la cagaba y era mejor para todos que se mantuviera alejado de ellos.