Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 13
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Capítulo 13

El último lugar en el que Jerónimo habría imaginado encontrarse unos días antes era en un supermercado local de Valencia, comprando la cena junto a su cuñada Eva y llevando en brazos a su sobrino de pocos meses, quien dormía plácidamente en su pecho, ajeno al bullicio de la gente deambulando por los pasillos.

—Eres todo un papito —dijo Eva, acariciándole la barba al tiempo que le ajustaba el arnés.

Eva tenía un cabello rizado, recogido en una coleta alta, y llevaba un vestido estampado con tonos color arena. Sus modernas alpargatas valencianas la elevaban unos centímetros más del suelo. A pesar de haber dado a luz hacía unos meses, había recuperado su figura mediterránea.

Jerónimo se movía con la torpeza de un hombre que no estaba acostumbrado a llevar bebés.

A su sobrino parecía no importarle que su tío Jerónimo lo llevase erguido y con pasos largos, empujando el carrito con una mano y con la otra, sujetándolo como si temiera que se le cayera.

Eva se movía en zigzag de estante en estante, colocando los productos en el carro. Su entusiasmo hizo que Jerónimo se sintiera bienvenido en Valencia.

Le contó a Eva la trágica historia del accidente mortal de Silvia, pero omitió detalles como la huida de Marcos del hospital o su acrobático salto del balcón al suelo cuando la policía lo visitó.

Oficialmente, Jerónimo estaba en Valencia para visitar a la familia y asegurarse de que Marcos estaba bien.

—Qué extraña es la vida a veces —comentó Eva, acertando de lleno con su observación.

—Mucho —respondió Jerónimo, mirando la estantería de utensilios para la cocina.

—¿Qué te apetece cenar? —le preguntó ella.

—Como de todo —respondió Jerónimo, jugueteando aburrido con unas pinzas de cocina.

—No soy tan buena cocinera como tú, pero voy a ver qué encuentro en la carnicería.

Jerónimo se quedó esperando a que Eva regresara, absorto en sus pensamientos. Tomó las pinzas, abriéndolas y cerrándolas, y de repente, se le ocurrió una idea.

Eva volvió con una bolsa de carne para la cena.

Una mujer con cabello castaño oscuro y mechas rubias se detuvo para saludar a Eva.

—¿Y este hombre? —preguntó.

—Es el hermano mayor de Gabi —respondió Eva.

—¿El hermano «ga-y»? —dijo, mirando a Jerónimo de arriba abajo con interés—. Pues no lo parece.

Eva se quedó unos segundos en silencio. El color rojo de sus mejillas delataba la incomodidad del comentario.

—¿Te firmo un autógrafo? —preguntó Jerónimo, con una sonrisa exagerada.

La mujer parpadeó y siguió su camino.

—Dale recuerdos a tu madre —le dijo Eva.

Ella se alejó sin darse la vuelta.

—Yo se los doy, carinyet .

Jerónimo se quedó mirando a la mujer de mechas rubias sobre cabello castaño oscuro alejarse en dirección a la pescadería.

—Siempre le he dicho a Gabriel que salierais de este barrio de cotillas. —Fingió un suspiro—. Qué extraña es la vida a veces.

—Mucho —respondió Eva y ambos comenzaron a reír.