Capítulo 12
Jerónimo olvidó activar la alarma del despertador la noche anterior agotado por una molesta indigestión. Se dio una ducha rápida con agua fría y tomó un taxi con urgencia, pero llegó tarde a la misa en memoria de Silvia.
Era una iglesia de barrio con una pesada puerta de madera abierta al público. En la fachada, una cruz dorada brillaba, reflejando la luz del sol del mediodía.
Apoyada contra la pared, una chica de estatura alta, con el cabello rubio oxigenado, peinado hacia un lado y un estilo andrógino, estaba liándose un cigarrillo.
Vestía unos vaqueros negros ajustados que la hacían parecer más esbelta, y una camiseta del mismo color que decía en letras doradas «Miley Cyrus soy yo».
Su mirada se encontró con la de Jerónimo.
—¿Quieres? —le preguntó ella, pero él negó con la cabeza—. Son naturales. No te creas eso de los cigarrillos electrónicos. Matan a gente. Este tabaco no tiene nicotina.
—¿Y qué fumas, aire?
La chica andrógina entrecerró los ojos.
—¿Tú quién eres?
—Amigo de Marcos.
—Mmm, Marcos… —Y dio otra calada al cigarrillo.
—¿Y tú?
—La prima de Silvia —contestó, y Jerónimo la miró con sorpresa—. Esta es la única ropa negra que tengo. No suelo ir a funerales.
—Yo tampoco. Te acompaño en el sentimiento.
—Como todos —dijo ella, exhalando una nube de humo.
—¿No entras?
—No es mi estilo.
—¿Está Marcos dentro?
—No lo he visto desde que se fue con Silvia en una autocaravana para descubrir Europa.
—Pero ¿has hablado con él?
—No.
—Cuando llamé a tu tío, tu madre me dijo que habías hablado con Marcos.
—Habló con mi tío. A mí me mandó un mensaje.
—¿Podría verlo?
—¿El mensaje? Pues no. ¿Qué eres?, ¿poli?
—No, soy traductor. Traductor en paro.
—Qué guay. Lo digo porque preguntas mucho.
—Soy muy curioso. ¿Tiene Marcos algún enemigo?
—No que yo sepa. Tú ves muchas películas. Marcos es un tío legal.
—¿No te parece extraño que no esté en el funeral de su mujer?
—No aparece por la iglesia porque no tiene los huevos para aceptar la muerte de Silvia, no porque tenga enemigos. —Le dio otra calada al cigarrillo—. Me voy. Le prometí a mi madre estar en el cementerio y la gente ya empieza a salir. No importa cuántas misas se hagan, Silvia no volverá.
—¿Sabes si alguien le hacía fotos a Marcos?
—¿Fotos?
Tiró la colilla al suelo y se alejó, echando una mirada a Jerónimo como si fuera de otro planeta.
El coche fúnebre aparcó frente a la iglesia.
Jerónimo permaneció en el vestíbulo.
El olor a humedad le recordaba al de un armario de madera vieja en una casa de pueblo.
Miró hacia el interior. Los bancos, alineados en filas ordenadas a los lados, estaban ocupados por rostros apesadumbrados de familiares, amigos y vecinos de la familia.
Todos vestían de negro. Había menos gente de la que hubiera imaginado.
En el centro, bajo una luz tenue, yacía el féretro de Silvia frente al altar.
El cura levantó la mano e hizo la señal de la cruz, mientras recitaba un pasaje de la Biblia sobre la muerte y la resurrección.
Su voz, filtrada por unos viejos altavoces, parecía flotar en el aire.
El murmullo de una oración colectiva llenó el espacio, creando una sinfonía de luto.
Desde la entrada, Jerónimo buscaba con la mirada al padre de Silvia. La madre había fallecido cuando ella era muy pequeña.
A medida que la misa llegaba a su fin, la gente comenzó a desplazarse, emergiendo de la iglesia como una marea lenta y sombría. Las puertas se abrieron de par en par y el ataúd fue llevado al exterior.
Jerónimo se mezcló entre la multitud buscando al padre de Silvia, la única persona con la que Marcos había hablado después de abandonar su apartamento sin despedirse.
Lo reconoció por las vendas en sus manos.
Una mujer se aferraba a su brazo con la cabeza apoyada en su hombro.
Debía de ser la tía de Silvia, pensó.
La gente, con rostros afligidos, se acercaba al padre para ofrecer sus condolencias y luego abandonaba la iglesia con la cabeza gacha, saliendo a la calle en silencio.
Jerónimo se acercó un poco más.
Parecía como si el rostro del padre hubiera sido estirado hacia abajo, drenando la poca vida que quedaba en su semblante.
—Soy Jerónimo —le dijo al padre—, amigo de Marcos, y lamento mucho la pérdida de su hija.
—¿Qué ha dicho? —preguntó confuso.
—Que lamento su pérdida —repitió Jerónimo.
—¿Amigo de mi yerno?
Él asintió.
—Su hija y Marcos vinieron a visitarme en Inglaterra.
El padre levantó los ojos despacio, pero antes de que pudiera responder, la mujer intervino.
—Gracias. Soy Eugenia, la tía de Silvia. Hablamos por teléfono.
Los dos hermanos compartían el mismo color de ojos gris, ahora hinchados por el dolor.
—¿Ha venido desde tan lejos? —dijo el padre.
Jerónimo confirmó su pregunta con un gesto de cabeza.
—¿Está Marcos por aquí?
—No ha querido asistir al funeral de su mujer —respondió la tía de Silvia.
—¿Pero ha regresado a Valencia?
—Fui yo quien habló con Marcos y... —dijo el padre apretando fuerte los labios como si intentara tragar una gran bola de sebo. Parecía al borde del desmayo.
—¿No ve que no es el momento? —se adelantó la tía de Silvia, empujando el brazo de su hermano para que descendiera las escaleras de la iglesia.
—Fui a su casa, pero no estaba —insistió Jerónimo.
Alguien se acercó para dar el pésame.
Jerónimo se apartó.
El padre dio las gracias y la tía de Silvia tomó a su hermano del brazo, descendiendo despacio las escaleras. Él giró la cabeza.
—Pase si quiere por casa antes de que regrese a Londres.
Jerónimo asintió sin moverse, viendo cómo se alejaban despacio, acompañando el coche fúnebre.
El color negro de la ropa parecía una mancha de petróleo sobre el asfalto. La familia estaba demasiado ocupada en el entierro de Silvia como para echar de menos la presencia de Marcos.