Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 11
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Capítulo 11

—¿Cómo dice?

—Le he oído mencionar a Marcos varias veces. Soy vecina de la pareja. Ese chico es famoso —repitió mientras arrugaba los labios en círculo, saboreando su helado de chocolate y rebañando la tarrina.

Jerónimo se acercó.

—¿Famoso por qué?

—No tengo ni idea. ¿Usted es el germà ? —preguntó en valenciano.

—No, no soy su hermano. Soy amigo de Marcos. ¿Lo ha visto?

La anciana dejó a un lado la tarrina vacía y se abanicó.

—Hace días que no, rei . Vivo en el piso de abajo y deben estar ausentes porque no se oye nada. Que calor que fa .

—Sí, hace mucho calor.

—Demasiado para esta época del año.

Jerónimo arrojó la tarrina de helado vacía a la papelera.

—¿Le apetece otro?

La anciana miró a su alrededor, como si pudiera ser sorprendida.

—En la tienda de allí —señaló con el abanico—, pero date prisa antes de que llegue la Paula.

—¿Quién es la Paula?

—La cuidadora. Se lo cuenta todo a mis hijos.

Jerónimo volvió al rato con dos helados de chocolate y se sentó en la esquina del banco.

—Cuénteme, ¿por qué es famoso Marcos?

—Sí, señor, famoso. ¿Podría moverme un poquito más a la sombra?

Hoy incluso la rueda de la silla está jodida.

Me estoy achicharrando con este sol y la Paula no llega.

—Jerónimo se agachó y desenganchó una pequeña rama en el radio de la rueda—.

Póngame ahí, por favor. Ahí, debajo de la sombra.

Esta Paula es más lenta que un caracol ciego.

Desde que mi marido se fue, me he quedado muy sola, ¿sabe usted?

Puedo andar, lo que pasa es que el médico me ha dicho que es mejor que me quede quieta en la silla.

Cuando una es joven, ya sabe, tenía mucha energía y yo estaba siempre de aquí para allá, pero ahora solo me queda el sol y la compañía de los vecinos.

Aquí se vive muy bien. —Pasó una mujer con un niño en un carrito llorando—.

Mi Paco también lloraba mucho de pequeño.

Ahora ya no sé si llora porque apenas viene a verme. —Se rio de su propia broma.

—Me estaba contando que Marcos es famoso. ¿Famoso por qué? —insistió Jerónimo.

—Pues si no lo sabe usted que es su amigo… —La anciana volvió a abanicarse—. Qué calor hace. Valencia es muy húmeda.

—Será mejor que me vaya. Tengo mucho que hacer —dijo Jerónimo mientras depositaba las tarrinas en la papelera.

—Pero si acaba de llegar. Mire, aquí viene gente que no son vecinos del barrio.

¿Ve allí? —dijo señalando con el abanico a una esquina de la calle—.

Un coche negro se para allí y se queda horas.

Los cristales son de esos oscuros que no te permiten ver lo que hay dentro, pero sé que hay alguien ahí.

La Paula me deja aquí mientras ella hace las cosas de la casa.

Yo me quedo con mi crucigrama y un día vi luces dentro del coche. Alguien estaba tomando fotos.

—¿Un flash ?

—¿Un qué?

—El flash es la luz de la cámara de fotos.

—Sí, eso. Yo pensé que era el reflejo de la luz del sol. No, señor. Era alguien ahí dentro tomando fotos. Seguí con mi crucigrama y vi que las tomaba justo cuando Marcos salía en su coche para ir al trabajo. ¿No me cree?

—Señora, no la entiendo.

—Le digo que Marcos es famoso.

—¿Está segura de que lo vigilaban a él?

—Tan segura como que el cielo es azul.

—¿Y quién era?

—Un hombre. Seguro que era uno de esos periodistas de la televisión.

—¿Y qué aspecto tenía ese periodista de la televisión?

—¿Cómo lo voy a saber si estaba dentro del coche?

—¿Cómo sabía entonces que era un hombre si el coche tenía las lunas tintadas?

La anciana se quedó pensando.

—Ahí me ha pillado… Pero ha sucedido ya varias veces.

—Gracias por la información, pero ahora sí tengo que irme.

—Hay más. Sé que las fotos eran de él porque un día ese supuesto periodista arrancó y siguió el coche de Marcos.

—¿Está segura?

—Le juro que lo seguía.

—¿Recuerda el modelo de coche?

La anciana se quedó pensando un largo rato.

—No sabría decirle. Era negro y grande. Muy moderno.

—¿Le dijo algo a Marcos?

—No. No me meto en lo que no me llaman —respondió la anciana con tono rotundo mientras se abanicaba con energía—. Por eso le digo que Marcos tiene que ser famoso. Ahí viene la Paula.

Jerónimo dejó a la anciana con su cuidadora y se quedó mirando la esquina de la calle, donde supuestamente alguien llegaba con un coche negro de lunas tintadas y observaba las entradas y salidas de Marcos. En medio de todo, Jerónimo sintió formarse en su interior un nudo de preocupación.

En ese momento, esa esquina estaba ocupada por una furgoneta mal estacionada, con las puertas traseras abiertas, flanqueando la entrada de la pequeña tienda local con cajas repletas de frutas y verduras frescas.

El frutero que lo atendió antes, un hombre de origen marroquí, estaba descargando cajas de la furgoneta. Era fornido con un tono de piel aceitunado, ojos oscuros y una barba densa.

—¿Otro helado de chocolate? —le preguntó mientras entraba en la tienda cargado con una caja.

—No, no debería. Estoy buscando a una pareja que vive en este barrio, Marcos y Silvia. ¿Los conoce?

El frutero llamó a su mujer que estaba dentro de la tienda y le preguntó, pero ella negó con la cabeza y se volvió hacia Jerónimo.

—Pregunta en el bar de la plaza.

—Gracias. —Vio que el frutero cargaba una caja de helados—. ¿Tienes de leche merengada?

Jerónimo salió de la frutería con su tarrina de leche merengada en la mano y caminó hasta el bar de la plaza, un bar de barrio con una terraza y sillas metálicas. El bar olía a calamares rebozados.

Se sentó en la terraza, saboreando su helado.

Dos vecinas, una de ellas con un carrito de bebé vacío, charlaban mientras fumaban un cigarrillo y bebían un refresco que se calentaba al sol del mediodía.

Una joven camarera, con mechas rosas y zapatillas de la marca Nike a juego, se acercó con un bloc y un bolígrafo.

—No se pueden consumir productos que no sean del establecimiento —dijo ella.

Jerónimo raspó con una cucharita el resto de leche merengada.

—¿Eso incluye el tabaco? —preguntó, levantando la mano antes de que la camarera pudiera responder—. ¿Te llevas la tarrina y me traes una clara de limón?

Ella levantó una ceja, la cogió con desgana y se dio la vuelta.

Las dos vecinas asentían al unísono, interrumpiendo el gesto solo para dar una bocanada de humo o tomar un sorbo de refresco.

La joven camarera puso la clara encima de la mesa y la cuenta al lado.

—Me lo tienes que pagar ahora.

Jerónimo le extendió un billete de veinte euros.

—Quédate con el cambio —dijo, y la camarera levantó la ceja de nuevo, esta vez con asombro. Jerónimo sonrió—. No quería ser maleducado antes. Busco a una pareja de vecinos. Se llaman Marcos y Silvia. ¿Los conoces?

La camarera se guardó el billete de veinte euros.

—Solo trabajo aquí por las mañanas, pero preguntaré a Manolo, el dueño.

—Por cierto, huele muy bien en la cocina. ¿Podrías traerme un bocadillo de calamares? Solo si son frescos.

Si había algo que Jerónimo echaba de menos de Valencia, eran los bocadillos de calamares. De esos calamares que pescaban en el Levante. Frescos, rebozados y más gruesos que los que se compraban congelados.

—Del mercado central. Manolo está preparando los almuerzos. Tenemos un grupo de albañiles polacos reformando la fachada de un edificio y comen como limas.

—Pues que el bocadillo sea tamaño obrero con mayonesa.

—¿Alioli te vale? —dijo ella, tomando nota.

—Me vale.

—Bonica, tráenos la cuenta —pidió la vecina con el cochecito de bebé.

—No, yo lo pago —insistió la otra vecina.

—Que no, Puri. Que tú pagaste ayer.

—Voy —dijo la joven camarera entrando en el bar. Poco después, un hombre con ojos rasgados y aspecto de erudito oriental se acercó a la mesa de Jerónimo, secándose las manos en un delantal con el escudo del club de fútbol del Valencia.

—¿Eres Manolo? —preguntó Jerónimo.

—Dime —respondió el erudito oriental, seguidor del Valencia.

—Ah, vale. Estoy buscando a Marcos, un vecino de aquí. ¿Lo conoces?

—Claro. Él y su mujer vienen los domingos a cenar. ¿Por qué? —preguntó, saludando a las dos mujeres que habían dejado de hablar para observar a Jerónimo con cierto descaro.

—Soy su amigo, pero no están en casa.

—Están de vacaciones. Volverán la semana que viene.

—¿No lo has visto por aquí estos días?

Manolo puso las manos en las caderas y negó con la cabeza.

—¿Por qué no lo llamas?

—Porque soy el amigo al que iban a visitar en Londres, pero tuvieron un accidente con una maldita autocaravana y Marcos debería haber regresado ya a Valencia.

— Collons . ¿Están bien?

Las dos vecinas se acercaron a la mesa.

Tal vez alguien sabía algo sobre el misterioso coche negro.

—Él sí, pero ella… Silvia murió en el accidente.

—¡Silvia! —exclamó la vecina con el cochecito de bebé—. Pobre Marcos. La familia debe estar destrozada.

—Ella estaba de poquito, ¿no? —le preguntó la otra vecina a su amiga con el carrito.

—¿Poquito de qué? —quiso saber Jerónimo.

—Silvia estaba embarazada.

Marcos no le había dicho nada.

—Ya se le notaba. Mari, ¿sabes de cuánto? Yo creo que de casi cuatro meses.

—Sí, por ahí andaría. Qué pena.

—Estoy buscando a mi amigo. Hay una anciana que se sienta allí y dice que un coche negro con ventanas tintadas suele aparcar aquí y tomar fotos, como si fuera un paparazzi o algo así. ¿Habéis visto algo?

El círculo de oyentes pareció hacerse más pequeño, las miradas se concentraron aún más en Jerónimo, cuyo rubor aumentaba con cada palabra.

—¿Fotos? —repitió una de las vecinas—. Esa es la Matilde. Esa anciana pasa el día curioseando. La Paula debe estar harta de ella. No le hagas caso. Está más allá que acá.

Jerónimo no se terminó el bocadillo de calamares. Era demasiado grande para lo que podía digerir en ese momento.