Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 10
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Capítulo 10

Hacía seis meses que no pisaba las calles de Valencia.

Lo primero que hizo Jerónimo al aterrizar fue comprar un teléfono móvil de prepago.

Erik estaba a solo una llamada de distancia y la tentación de ponerse en contacto con él era difícil de resistir.

Sabía en su corazón que, si lo llamaba, si permitía que su voz sonara en su oído, podría ceder a la tentación y arruinar el plan de encontrar a su amigo.

Marcos y Silvia residían en un apartamento en el céntrico barrio de Ruzafa, un crisol de la antigua Valencia árabe, ubicado detrás de la calle Colón.

La Ruzafa contemporánea era un barrio de edificios restaurados de finales del siglo XIX, que conservaban detalles ornamentales y colorida cerámica, y que en las últimas décadas habían dejado espacio a edificios más modernos con fachadas de vidrio y acero.

El aire en el barrio olía a mercado de verduras, flores de naranjo y una sutil nota de salitre marino.

Llegó a la plaza de Manuel Granero y comprobó que las ventanas del tercer piso, la casa de Marcos, tenían las persianas bajadas. Tocó el timbre, pero como era de esperar, no obtuvo respuesta.

Dentro del patio, a la izquierda, había una portería. Detrás de un mostrador repleto de paquetes de correo, un portero, con aspecto de hombre jubilado, estaba sentado leyendo el periódico deportivo As con un café en un vaso de cristal de Nocilla.

—Buenos días —Jerónimo se aclaró la garganta—. ¿Podría decirme si ha visto a Marcos, el vecino del tercero? No parece estar en casa.

El portero apenas levantó la vista del periódico.

—No está. ¿Quiere dejar algún paquete?

—Quiero hablar con él. Es importante —respondió Jerónimo.

—¿Y quién es usted?

—Soy un amigo de Marcos.

—Están de viaje.

—¿Pero sabe si ha vuelto?

El portero dejó de leer.

—Oiga, esto no es un hotel. Yo administro el correo, limpio el patio y hago todo tipo de recados, incluso reparaciones, y no cobro IVA. Lo hago como un favor a la comunidad. No tuve que ir a la escuela para aprender a cambiar una bombilla. Llevo muchos años trabajando duro aquí.

—Es importante. ¿No sabe si ha pasado por casa en estos días?

—No que yo sepa.

—¿Alguien ha venido preguntando por Marcos?

—Usted es el primero.

—¿No ha notado nada raro?

—¿Que el Barça va perdiendo LaLiga?

—Ya… ¿No tendría algún teléfono de contacto de la familia?

—Ya le he dicho que esto no es un hotel.

—Se lo pregunto porque Marcos y Silvia tuvieron un accidente de tráfico en Inglaterra. La familia de Silvia ya está informada, pero me gustaría hablar con ellos. Quería… quiero ofrecerles mis condolencias.

El café se derramó sobre el periódico, desdibujando las letras.

—¿Condolencias? Mare de Deu —murmuró el portero, visiblemente afectado.

Jerónimo extendió un paquete de pañuelos de papel.

—Tuvieron un accidente con la autocaravana y Silvia falleció.

El portero resopló.

—Ya le dije yo a Marcos que esa autocaravana de alquiler era demasiado grande para manejarla con soltura.

—El accidente ocurrió en una carretera local. Allí se conduce en sentido contrario —dijo con el paquete de pañuelos de papel en el aire.

—Claro —añadió el portero mientras abría la puerta que tenía a sus espaldas—. ¡Diego! ¡Diego, deja la puta consola y trae mi móvil!

El portero aún no se había percatado del charco de café sobre el periódico.

Jerónimo guardó los pañuelos de papel.

Un hombre algo más joven que Jerónimo, con camiseta de repartidor de pizza y cara de sueño, salió por la puerta con un móvil que bien podría haber sido una reliquia para el museo de la tecnología del siglo XX.

—Búscame el teléfono del padre de Silvia, la del tercero.

—Tome, iaio . No se me altere —dijo el repartidor de pizzas y volvió a desaparecer.

—¿Es su hijo? —le preguntó Jerónimo al portero.

—Mi nieto —murmuró—. Tan vago como su padre. Aquí tiene. Se llama Javier.

Jerónimo apuntó el número, esquivando al cartero que pasaba con su carrito amarillo. Le dio las gracias al portero y salió a la plaza. Lo marcó en su teléfono y pulsó el icono de llamada, sin tener idea de cómo comenzar a hablar de la muerte de una hija a su padre.

Había algo inhumano en ello, algo que parecía ir contra el orden natural de las cosas.

Después de cinco tonos, una voz de mujer respondió al otro lado de la línea.

—¿Sí?

—¿Podría hablar con Javier?

—No puede ponerse al teléfono. ¿Con quién hablo?

Jerónimo se presentó.

La mujer continuó hablando.

—Soy Eugenia. Mi hermano no puede hablar en este momento. Espero que comprenda la situación. —La voz de la tía de Silvia tenía un marcado tono sombrío.

—Le doy mi más sentido pésame. Llegué ayer a Valencia desde Londres y estoy buscando a Marcos.

—¿Ha viajado hasta Valencia para encontrarse con Marcos?

—Quería asegurarme de que había regresado a España y de que estaba bien. Lo recogí del hospital en Inglaterra y estaba… muy alterado.

El sollozo de la tía de Silvia interrumpió a Jerónimo.

—Lo sé —dijo ella con la voz quebrada como cristales en el suelo—. Todos estamos destrozados.

Jerónimo asintió, más para sí mismo que para ella.

—¿Ha hablado con Marcos?

—Yo no. Mi hermano Javier y mi hija sí hablaron con él.

La noticia tranquilizó a Jerónimo.

—Me preocupaba no saber nada de Marcos desde que abandonó mi apartamento. ¿Puedo hablar con él?

—No está con nosotros. Ahora estamos en el médico.

Le están vendando las manos al pobre Javier.

No había nadie con él cuando recibió la noticia.

Solo tiene una hija, ¿sabe? —La voz quebrada de la tía de Silvia dejó sin aliento a Jerónimo.

Le concedió un momento hasta que la mujer habló de nuevo, esta vez con una voz más calmada—.

Golpeó la pared tan fuerte que tiene los puños en carne viva.

Nuestra pobre Silvia… El mundo de mi hermano se derrumbó.

—Lo siento muchísimo, de verdad. ¿Y dónde está Marcos ahora?

—Pues no lo sé. Estoy sola organizando todo. Le dijo a Javier que no se sentía capaz de enterrar a su mujer. Que no quería, que no podía, que necesitaba primero asumir la idea. Pero no podemos esperar más. Mañana es el entierro y tenemos familia en Cáceres que llega esta tarde.

Jerónimo anotó el lugar y la hora de la misa.

—Mire —prosiguió la tía de Silvia—, gracias por llamar, pero tengo que colgar.

Marcos ya había contactado con la familia y era cuestión de pocos días, incluso horas, que también se pusiera en contacto con él. Tenía que quedarse por allí hasta que apareciera.

Una anciana sentada en una silla de ruedas lo observaba con ojos curiosos mientras se comía un helado, lo que provocó en Jerónimo cierta irritación.

Lo llamó con un gesto para que se acercara.

—Marcos es famoso —le dijo la anciana, con palabras salpicadas de helado de chocolate.

Jerónimo frunció el ceño, desconcertado por el comentario.