Capítulo 9
Londres amaneció con las calles encharcadas de agua. Jerónimo se despertó con la persistente vibración del móvil en la mesita de noche. Brillaba con varios mensajes entrantes de Erik, que regresaba a Londres después de visitar a su hermana en Dinamarca por unos días.
« God morgen, skat … ».
«Buenos días, cariño. Estoy a punto de embarcar. Aterrizo en Stansted en un par de horas. P.D.: No te llamo porque no quería despertarte».
Jerónimo gruñó al releer la última frase mientras sus ojos se adaptaban a la luz de la pantalla.
«Estoy despierto», escribió.
Erik respondió de inmediato.
«Recuerda que hoy tenemos cita con la agencia inmobiliaria a las 17:00».
Un enlace en el mensaje lo llevó a las fotos de una casa rural en el condado de Essex. Intentó visualizarse a sí mismo, viviendo allí con Erik, lejos de Londres. Un perro, un gato, vecinos curiosos... y una mezcla de vértigo lo inundó.
Erik se había enamorado de esa casa. El banco les había aprobado la hipoteca y la oferta había sido aceptada. Ahora, esa tarde, tenían que dar el último «sí, quiero».
«Erik, llámame cuando aterrices. Necesito contarte algo antes de que llegues a casa», escribió.
Después, llamó a Marcos, pero como era de esperar, seguía con el móvil apagado.
Arrastró los pies hasta el baño y luego caminó como un sonámbulo a la cocina para prepararse un café.
Las cápsulas no aparecían por ningún sitio y recordó que era la segunda vez que las buscaba.
Terminó hirviendo agua y se hizo un café descafeinado con unos sobres que encontró en la despensa, los cuales había cogido del hotel donde Erik y él se habían quedado un par de días de vacaciones hacía unos meses.
Un par de horas más tarde, llamaron al móvil.
— Hej , ¿qué haces? —La voz de Erik sonaba como las de los comentaristas de radio danesa que solía escuchar mientras paseaba por los lagos de Copenhague durante esas largas tardes de verano.
Jerónimo se sentó. Estaba listo para soltar la bomba de noticias: el accidente mortal de tráfico, el supuesto regreso de Marcos a Valencia y la visita rutinaria de la policía. Lo llamó «regreso» y no «huida» para no preocupar a Erik. Pasó por el dormitorio y salió al balcón.
El apartamento estaba en un primer piso con vistas al muelle de St Katharine Docks.
Jerónimo contempló el exterior, una imagen que siempre le había brindado consuelo y tranquilidad.
Sin embargo, esa mañana, la visión de los edificios de ladrillo rojo de estilo victoriano, los imponentes rascacielos modernos y los barcos en el muelle parecía presagiar algo más que el simple amanecer.
Las gaviotas graznaban mientras volaban por un cielo despejado, como si intentaran advertirle de algo.
El timbre sonó, interrumpiendo sus pensamientos y despertándolo de sus recuerdos.
Una sensación de intranquilidad se apoderó de él. Abrió la puerta y quedó frente a dos figuras uniformadas, con Erik asomando detrás de ellas, su sonrisa brillante como la luz del sol.
—Hola, cariño —le dijo, dándole un beso mientras entraba con una maleta y un ramo de flores—. No se queden ahí, pasen, pasen.
Jerónimo mantuvo el rostro inexpresivo ante la mirada curiosa de los policías.
—Soy la detective Asha Patel —dijo una joven de origen indio con acento de la capital—, y este es mi compañero, el detective William Jameson.
El policía era un hombre mayor que Asha, con un cabello gris que parecía un halo alrededor de su cara. Su cuerpo, sin embargo, desmentía su edad y evocaba un pasado atlético, quizás militar.
Jerónimo los invitó a sentarse.
Erik se unió a ellos, colocándose a su lado.
Los ojos de los policías se clavaron en Jerónimo. La detective Asha sacó un bloc de notas. El brillo de un elegante reloj de pulsera, decorado con piedras de colores, acentuaba aún más su piel oscura.
—Nos gustaría hablar con su amigo Marcos —dijo con tono firme y directo.
Jerónimo carraspeó.
—Marcos no está.
—Ha vuelto a España —intervino Erik.
—Déjame a mí, ¿vale? —dijo Jerónimo, apoyando la mano sobre la de Erik.
Los detectives intercambiaron una mirada de desconcierto.
—¿Dónde está su amigo exactamente? —preguntó el detective William.
—En España, ¿no? —dijo Erik esperando la confirmación de Jerónimo.
—¿Me dejas a mí? —repitió Jerónimo en danés, apretando los dientes y forzando una sonrisa—. Aún no lo sé —admitió a los policías.
—¿Aún? —El detective William levantó una ceja.
Un nudo de ansiedad se formó en el estómago de Jerónimo.
La detective Asha se inclinó hacia adelante para atraer la atención.
—Empecemos desde el principio. ¿Por qué se escaparon del hospital? ¿Eso sí lo sabrá?
—¿Os escapasteis del hospital? —interrumpió Erik.
—¿Puedes salir al balcón a regar las plantas? —pidió Jerónimo con tono irritado.
—¿Desde cuándo tenemos plantas en el balcón?
—Lo que su pareja quiere decir… —intervino la detective Asha.
—Lo que quiero decir —continuó Jerónimo—, es que me gustaría mantener esta conversación con la detective Sacha y el detective William.
—Es Asha, no Sacha —corrigió ella.
Jerónimo no dijo nada.
Erik se levantó con resignación.
—Voy a bajar al supermercado. ¿Falta algo?
—Café. Falta mucho café —dijo Jerónimo, intentando parecer casual.
—No te olvides de la cita esta tarde. —Fue lo último que le dijo Erik antes de salir del apartamento.
Jerónimo se quedó a solas con la policía.
—Hemos comprado una casa en el condado de Essex —les explicó sin saber muy bien por qué.
Cruzó las manos y respiró hondo—. Marcos me pidió salir unos minutos y tomar el aire fresco.
Me pareció una buena idea. Estaba un poco aturdido por la medicación.
Quise avisar a sus compañeros, pero no los vi en el pasillo.
—Me consta que estaban en el pasillo —replicó el detective William.
—No los vi —insistió Jerónimo, intentando sonar convincente.
—Ya… ¿Qué le contó su amigo?
Jerónimo observó las miradas de los policías y desvió la suya.
—Nada que no sepan ya. Estaba en estado de shock. Insistió en que quería irse.
—Teníamos que mandar la declaración de su amigo a la central —dijo el detective William.
—Pensé que sería mejor revisar la declaración en otro momento.
—¿Y eso lo decidió usted solo?
—A Marcos le horrorizaba estar en el hospital.
—Ya... —repitió el detective William—. ¿Puede llamarlo? Queremos hablar con él.
—Tiene el móvil apagado.
Los dos detectives se miraron el uno al otro y la detective Asha intervino.
—Vamos a ver, en estos momentos la declaración es lo que menos nos preocupa.
Está ya en la central. Queríamos darle la oportunidad a su amigo Marcos de matizar cualquier cosa que hubiera dicho.
El forense también firmó el informe y está ahora en manos del departamento competente.
Mis compañeros dieron parte a la embajada de España en Londres y, a su vez, ellos ya se pusieron en contacto con los familiares.
—Miró su reloj y continuó hablando—. Esta misma tarde proceden a la repatriación del cuerpo a España.
Lo que nos preocupa no es que se fuera del hospital sin avisar, es que no sabe dónde está su amigo, pero, sobre todo, que hay algo más que no nos está contando.
Hubiera sido más simple haberse quedado en el hospital. ¿No le parece?
Un sudor frío recorrió la espalda de Jerónimo y su corazón latió fuerte contra su pecho.
—Así que por favor —añadió el detective William—, le estaríamos muy agradecidos si nos acompañara hasta la comisaría para tomarle declaración.
El corazón de Jerónimo parecía querer saltar de su pecho.
—¿A mí? ¿Por qué? Les he dicho todo lo que sé.
El detective William se tomó unos segundos en responder. Su rostro mostraba no solo autoridad, sino también frustración.
—Le voy a hacer un resumen de lo que ha dicho mi compañera. Usted y su amigo se escaparon del hospital. Ahora él ha desaparecido y… —el detective William hizo una pausa y sus ojos se estrecharon—. Hay algo que no nos está contando.
Jerónimo se levantó de la silla, apoyó las manos sobre la mesa y parpadeó varias veces.
—¿Se encuentra bien? —preguntó la detective Asha.
—Estoy un poco mareado —respondió Jerónimo.
Se dirigió a la cocina y bebió un vaso de agua mientras los oficiales lo observaban.
—¿Me permiten tomar algo de aire fresco durante cinco minutos? —pidió.
La detective Asha miró su reloj otra vez.
—Dos minutos —ordenó el detective William.
Jerónimo entró en el dormitorio y rodeó la cama hasta llegar a su mochila de viaje, que yacía en el suelo. Abrió la puerta del balcón y tomó una bocanada de aire.
Se apoyó en la barandilla, observando desde el primer piso a un padre y a su hijo que alimentaban a las gaviotas en la calle.
Su mente divagaba. Nadie desaparecía así sin más. La ansiedad le punzaba en el estómago, un nerviosismo que se retorcía y giraba en su interior. Un par de detectives le esperaban en el comedor, aguardando una explicación convincente sobre la huida de su amigo.
El niño levantó la mano y Jerónimo le devolvió el saludo.
Ahora debería estar con Marcos y Silvia paseando por las calles de Londres, en lugar de ser interrogado por dos policías que lo miraban con desconfianza.
Su mano temblaba y podría jurar que escuchó la voz de Marcos en su oído, susurrándole: «Me lo debes».
Tomó una decisión que jamás habría considerado en su sano juicio. Con prisa, recogió su mochila, se puso unas zapatillas deportivas cómodas y su cazadora de cuero. Apagó el móvil y lo dejó en la mesita de noche con una nota en danés para Erik:
« Jeg vil finde Marcos. Du skal ikke lede efter mig. Jeg skal nok passe på mig selv. Jeg elsker dig ».
Le decía que tenía que encontrar a Marcos, que no lo buscara, que cuidaría de sí mismo y que lo quería.
Abrió la puerta del balcón con la mochila a cuestas y la adrenalina fluyendo por sus venas.
Su corazón latía acelerado y respiraba agitadamente.
Se aferró a la barandilla con los ojos fijos en la acera, calculando una distancia de no más de tres metros, suficiente para romperse algo si no tenía cuidado.
Se deslizó por la barandilla, se colgó del balcón durante un segundo que pareció eterno y finalmente se soltó.
Aterrizó amortiguando el impacto. Permaneció agachado un momento, comprobando que no se había hecho daño.
Ignorando las miradas asombradas del padre y su hijo, se puso de pie y comenzó a correr sin mirar atrás hasta llegar a la esquina de la calle principal.
Le pareció oír la voz de Erik llamándolo, pero siguió corriendo. Ahora tenía que tomar el metro y dirigirse al aeropuerto de Gatwick.
Ya habría tiempo para pedir disculpas y dar explicaciones. Jerónimo tenía que encontrar a Marcos. Se lo debía.
Cogió el primer autobús con dirección a la estación de London Bridge y de allí al aeropuerto de Gatwick. Al llegar, se conectó a internet en uno de los ordenadores del aeropuerto y envió un correo electrónico a Christian.
« Min kære Christian …».
« Mi querido Christian:
Cuando recibas este mensaje, estaré de camino a Valencia. No llevo mi móvil. Habla con Erik. Cuéntale lo que quieras, pero que no me busque.
Y que me perdone.
Marcos salvó mi vida. Tengo que encontrarlo.
P.D.: Si no sabes de mí en tres días, ponte en contacto con la policía ».