Capítulo 8
Si Christian hubiera contestado a las numerosas llamadas de Jerónimo, este no habría tenido que interrumpir la misteriosa cita que tenía su amigo en el restaurante Oblix, ubicado en la torre Shard en London Bridge.
Solo había una corta distancia de veinte minutos a pie desde el apartamento en St Katharine Docks.
Jerónimo bordeó el río a un ritmo casi frenético, hasta que un agudo pinchazo en los gemelos le obligó a desacelerar. Abrió la cremallera de la sudadera y cruzó el puente London Bridge.
La torre Shard se alzaba sobre él como un gigante de cristales reflectantes.
Un rascacielos de setenta y tres plantas que emergía de las orillas del Támesis y daba cabida a ricos y curiosos.
Su construcción llevó tres años, lo que la convirtió en la torre más alta del Reino Unido y la séptima más alta de Europa.
Una escultura con forma piramidal que terminaba en punta, como el fragmento de un cristal roto, de ahí su nombre en inglés: shard of glass .
De noche, brillaba como un faro en el corazón de la ciudad.
Jerónimo se quitó la sudadera, secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se dirigió hacia una de las entradas que conducían al restaurante Oblix.
Un guardia lo detuvo en el control de metales, obligándolo a dejar el móvil y las llaves antes de poder pasar.
Una vez superado el control, subió al ascensor detrás de un adinerado matrimonio, el hombre con un traje oscuro a medida y la mujer con un rostro tensado por el exceso de cirugía. Miraron a Jerónimo con cierta distancia.
—Ya lo hago yo —les dijo a la pareja mientras apretaba el único botón posible, el número treinta y dos.
En pocos segundos, el ascensor subió al piso treinta y dos, dejándole con un zumbido en los oídos.
La pareja se alejó sin darle las gracias, mientras Jerónimo se quedaba contemplando la pared frontal con una inmensa vidriera de colores y luces que mostraba el mapa del centro de Londres, dando la bienvenida a los clientes.
Caminó hasta la recepción, situada un nivel más alto del restaurante, una balconada desde la que uno podía observar una sala con mesas estratégicamente colocadas para que los clientes pudieran disfrutar de unas espectaculares vistas de la ciudad mientras saboreaban platos gourmet de cocina británica e internacional.
La recepcionista del restaurante Oblix, una chica de veintipocos años con una sonrisa congelada en su rostro, observó a Jerónimo.
—¿Su nombre, por favor?
—¿Cómo?
—¿Tiene reserva? —El tono era tan frío como su sonrisa.
—Ah, sí. Bueno, no tengo reserva, pero necesito hablar con alguien. Es importante.
La sonrisa congelada de la joven se derritió por momentos.
—Estamos completos esta noche y la cocina la cierran en veinte minutos —dijo mirando el reloj de su pulsera—. ¿Quiere reservar para otro día? —preguntó sosteniendo una pluma negra a juego con su uniforme.
—¿Puedo pasar y buscar a alguien?
El guardia de seguridad, del tamaño de un armario y con los brazos cruzados sobre su amplio pecho, se situó al lado de la recepcionista. No necesitaba hablar, su presencia hablaba por él.
—Está bien —dijo Jerónimo retrocediendo.
Se quedó junto a la gran vidriera con el mapa de Londres, al mismo tiempo que realizaba un barrido con la mirada por todas las mesas que podía abarcar, hasta que sus ojos se detuvieron en una en particular.
Allí estaba Christian, de espaldas a él, hablando con su cita. Demasiado lejos para que lo viera.
Jerónimo intentó llamarlo por teléfono de nuevo, pero Christian no respondió. Tenía el móvil apagado. Cambió a un plan más audaz. Silbó.
No solo Christian se giró, también la mirada de la mayoría de los clientes se clavó en él.
El guardia, con cara de pocos amigos, se acercó a Jerónimo, mientras que él hacía señales con los brazos para llamar la atención de Christian, que se levantó con cara de sorpresa.
La silueta del guardia de seguridad se interpuso como una sombra.
—O te vas o te echo a patadas —le gruñó tan cerca de su cara que podía hacer una lista con lo que el guardia había comido en las últimas horas.
—Está conmigo —interrumpió Christian con voz serena.
El guardia se volvió. Jerónimo exhaló aliviado y aprovechó para ponerse al lado de su amigo.
Los clientes retomaron sus conversaciones.
Christian se limpió los labios con una gruesa servilleta de tela, dejando brillar su Rolex con la luz del techo.
—Es mi asistente.
—No sabíamos que tenía reserva para tres —dijo la recepcionista.
—Yo tampoco —contestó Christian con una sonrisa tranquila—. Estoy seguro de que mi joven asistente tiene una buena razón para interrumpir mi cena. —Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia su mesa.
Jerónimo lo siguió, aliviado e inquieto a la vez.
—Sabes que pronto cumplo los cuarenta. No soy un jovencito.
La sonrisa de Christian era más cálida.
—Para mí siempre serás un jovencito inteligente, pero impulsivo.
Antes de llegar a la mesa, un camarero acercó una silla adicional.
Un hombre de porte esbelto y semblante académico se levantó de la silla para estrecharle la mano a Jerónimo, quien correspondió al gesto.
—Te presento a Philip —anunció Christian cambiando al inglés—. Philip, este es Jerónimo, mi… asistente. Decidió irrumpir en nuestra cena para saludar.
Un rubor fugaz coloreó las mejillas de Jerónimo. Se sentó con una expresión apurada y el camarero empujó su silla.
—¿Qué quieres beber? —le preguntó Christian.
—¿Permites beber a los empleados en horas de trabajo? —comentó Philip con tono de humor, pero nadie se rio de su chiste.
—Soy un asistente especial. Con agua será suficiente—respondió Jerónimo.
—¿Agua? —repitió Christian, sorprendido—. Bueno, nosotros íbamos a pedir el postre.
—No debería. Además, no soy de postres. Soy más de salado —dijo Philip mientras sacaba su billetera y regalaba una sonrisa.
Christian puso la mano sobre la de Philip.
—No, por favor.
Philip se despidió de Christian con un beso en la frente y una reverencia cortés hacia Jerónimo.
—Nos tenemos que ver muy pronto otra vez —le dijo a Christian y luego miró a Jerónimo—. Ha sido un placer conocerte.
Acto seguido, se alejó con paso decidido y seguro.
—¿Te ha dado un beso en la frente? —susurró Jerónimo en danés, perplejo.
—¿Quieres algo más que agua? —Christian esquivó la pregunta.
—Y le gusta lo salado —continuó Jerónimo observando cómo Philip se alejaba.
—Jovencito, ¿alguna vez te he interrumpido en alguna cita?
—¿De verdad te gusta ese tipo?
—¿Me inmiscuyo yo en tus citas?
—Yo no tengo citas.
—Estoy seguro de que lo volveré a ver.
—No lo creo. Lo asustamos. ¿No conoces a los ingleses? Su lenguaje está lleno de eufemismos: «nos tenemos que ver pronto» significa que no lo vas a ver en mucho tiempo. «Ha sido un placer conocerte» significa que no le has caído bien… Y así. ¿Puedo pedir postre? A mí sí que me gusta lo dulce.
—¿Has venido a darme una lección sobre pragmatismo cultural y comerte una tarta de limón glaseado, especialidad de la casa?
El camarero, un tipo de aspecto cansado y aire rutinario, colocó un vaso de agua con una precisión metódica y tomó nota del postre.
Jerónimo tomó el agua y la bebió de un solo trago.
—No estoy aquí para dar ninguna lección. He venido para decirte que no puedes llamar a la policía —dijo con cierta urgencia—. No todavía.
—Llegas tarde. ¿Qué pasa?
Jerónimo resopló.
—¿Qué les has dicho?
—Pasarán mañana por la mañana por tu apartamento. Solo quieren repasar la declaración de Marcos con un intérprete. Pura rutina. Es lo que se hace cuando el idioma del declarante no es el inglés o no lo habla correctamente. —Jerónimo se quedó callado unos segundos—. Jero, ¿y esa cara? ¿Qué pasa?
—Pasa que Marcos no está.
—¿No lo dejamos durmiendo la mona?
—Cuando volví a casa, él se había ido. Chris, ¿entiendes lo que te estoy diciendo? Marcos ha desaparecido.
Christian respiró hondo. Cuando habló, mantuvo un tono de voz sereno.
—Tú solo lo recogiste del hospital.
—Nos escapamos del hospital.
—No os escapasteis. Marcos quería tomar el aire y coincidió que yo estaba por ahí y os recogí. El médico le iba a dar el alta de todas maneras. Así se lo conté a mi amigo de la Policía Metropolitana de Londres.
—¿Y la declaración?
—Ya fue enviada.
—Si la policía no tiene sospechas, ¿cuál es la urgencia de Marcos?
—Querrá volver a Valencia y enterrar a su mujer. ¿Has intentado llamarlo?
—¿Tú qué crees? Se dejó unos folletos de viaje, el móvil roto de Silvia, un cargador, unas postales, llaveros, imanes y poco más. —Llegó el camarero con el postre. Jerónimo suspiró—. No sé qué hacer.
—Es muy fácil. Dile a la policía todo lo que sabes .
—¿Qué es lo que sé? —dijo Jerónimo, más como pregunta retórica.
—Lo que yo les he dicho. Que fuiste al hospital, que Marcos estaba muy afectado y quería irse. Lo llevaste a casa y se fue sin despedirse. Si te preguntan si has hablado con él, les dices que no. Repíteles que estaba muy afectado por la muerte de su mujer y que quería volver a España.
—Eso no lo sé.
—Pero lo supones.
Jerónimo asintió.
—Es lo más lógico. —Hubo un largo silencio—. ¿Sabes lo que estoy pensando? Imagínate que alguien te persigue, aceleras, pierdes el control de la autocaravana y te chocas con un árbol.
Christian se quedó pensando.
—Si fuera así, ¿por qué lo dejaron con vida?
—No lo sé…
—¿Vas a llamar a su familia?
—No los conozco. La embajada ya se ha puesto en contacto con ellos.
—Entonces espera a que Marcos te llame. ¿Quieres que esté contigo mañana cuando llegue la policía?
Jerónimo partió la tarta de limón en dos trozos y se metió uno en la boca.
—No, lo puedo hacer yo —respondió mientras masticaba.
—¿Te he dicho alguna vez que eres terco? —Christian bromeó, pasándole una servilleta para que se limpiara la boca.
—¿Es un eufemismo de «valiente»?
—No, es un eufemismo de «necio». Y límpiate la boca.