Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 7
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Capítulo 7

De camino de vuelta al apartamento en St Katharine Docks, Jerónimo bordeaba el río Támesis, sumido en sus pensamientos que vagaban en silencio como barcos perdidos en una noche sin estrellas.

Sintió un escalofrío y metió las manos dentro de la sudadera. Hablaría con Marcos cuando llegara a casa, aunque tuviera que atarlo a una silla e inyectarle cafeína directamente en las venas. Si Marcos quería su ayuda, debía confiar en él y contarle toda la verdad.

Barcos con turistas curiosos navegaban por el largo río en la noche, ofreciéndoles vistas panorámicas de la noria London Eye, la torre del Big Ben o el puente Tower Bridge.

A pesar de los casi diez años que llevaba viviendo en Londres, Jerónimo seguía fascinado por esa ciudad.

La capital británica, rica en contrastes, era un caleidoscopio que combinaba lo antiguo y lo nuevo, lo ruidoso y lo tranquilo, lo extravagante y lo tradicional, convirtiéndose en una caja de Pandora de secretos urbanos.

La paleta de colores de Londres no se limitaba a un solo tono, era un arcoíris dinámico de culturas, personas, experiencias y sabores.

Cuando el Brexit hizo su ruidosa entrada, Londres, con su característica obstinación, reivindicó su estatus de ciudad internacional, desafiando la visión nostálgica de los votantes de zonas rurales que añoraban en secreto recuperar aquellos días gloriosos del Imperio Victoriano.

Este compromiso con su carácter global se hizo más evidente durante la víspera de Año Nuevo, cuando la BBC retransmitió la ciudad despidiendo al viejo año y saludando al nuevo en varios idiomas europeos, un guiño de desacuerdo con la decisión política de abandonar Europa.

Porque, se mirase por donde se mirase, muchos de los londinenses eran extranjeros, incluyendo a un gran número de europeos.

A pesar de lo que pudieran afirmar las decisiones políticas y geográficas, la realidad demográfica y cultural de Londres la mantenía firmemente arraigada en el corazón de Europa.

Jerónimo giró la llave del apartamento con un suave clic y observó el desorden de cuarenta metros cuadrados con cocina abierta al comedor.

Encendió la lámpara que había al lado del sofá de terciopelo azul marino y se movió con cuidado de no hacer ruido.

Recogió los cojines tirados en el suelo y los puso encima de la mesa de caoba del comedor.

El enorme reloj vintage de plata colgado en la pared color mostaza marcaba casi las nueve de la noche.

Compartía apartamento con su pareja Erik, que volvía al día siguiente de una visita a su hermana en Dinamarca. Hablar con Erik sería otro puente que cruzar en otro momento.

El café le ayudaría a aclarar sus ideas antes de hablar con él.

Arrastró los pies hasta la cocina, pero no encontró las cápsulas de café.

Por extraño que pareciera, a Jerónimo le gustaba tomarse un café americano antes de irse a la cama y los fines de semana se lo tomaba con un trozo de mazapán.

Parte de una tradición danesa. Después de diez años viviendo en ese pequeño país, era inevitable que se le pegaran algunas de sus costumbres. Café y mazapán antes de irse a la cama.

En la pila de la cocina, un plato con un trozo de pizza llamó su atención. Le dio un bocado y tiró el resto a la basura. La noche anterior llegó al supermercado con prisas para comprar algo de cena y se olvidó de su café. Lo más sagrado. Suspiró. Lo dejaría para otro momento.

También olvidó apagar la calefacción y hacía mucho calor en casa. Se quitó la sudadera y se aventuró en el dormitorio para despertar a Marcos.

Veinte años atrás, su amigo se cruzó en su vida cuando más desesperado estaba.

Cada domingo, casi de madrugada, Jerónimo se pasaba por el bar donde trabajaba Marcos para tomarse un café y charlar a solas de sus problemas con la familia y sus aventuras amorosas.

Su amigo acababa de cumplir los dieciocho y él se acercaba a los diecinueve.

Pero lo que realmente dejó una huella imborrable en Jerónimo fue su última noche en Valencia, una noche trágica que lo marcó para siempre.

Si Marcos no hubiera aparecido en ese momento para ayudarle a escapar, Jerónimo podría estar muerto ahora.

Y eso es algo de lo que nunca se olvida.

El edredón formaba una montaña sobre la cama. Era increíble que muchos españoles tuvieran tanto frío, aunque el calor del apartamento era insoportable, casi como estar en el corazón de un desierto.

Entonces el calor asfixiante del apartamento se evaporó repentinamente, reemplazado por un sudor frío. Su mano se cerró sobre el edredón, tiró hacia atrás y sus sospechas se confirmaron.

—¡¿Marcos?! —Su voz retumbó en el silencio del dormitorio.

Se movió por el apartamento llamando a su amigo. No hubo respuesta.

Salió al balcón, haciendo un barrido con la mirada, buscando alguna señal. Nada.

Sus pensamientos vagaron de nuevo en un mar de incertidumbre, como los barcos que había visto antes en el río Támesis.

La verdad sobre Marcos, esa verdad que había estado buscando, ahora parecía más lejana que nunca.

Y con esa conclusión, sintió el mismo escalofrío que había sentido al principio de la noche, pero esta vez, mucho más frío.

Sacó el móvil y marcó el número de su amigo, pero ya sospechaba la respuesta. El móvil de Marcos estaba apagado.