Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 6
31%

Capítulo 6

Después de un par de horas de tráfico, llegaron al apartamento de Jerónimo. Acostaron a Marcos, que aún seguía afectado por las pastillas, y dieron un paseo por el río Támesis en dirección al emblemático puente London Bridge.

El majestuoso río empezaba en las colinas de Cotswold, en la campiña inglesa, y partía Londres por la mitad hasta desembocar en el Mar del Norte.

Así se sentía Jerónimo. Partido en dos.

Christian le subió la cremallera de la sudadera.

—Lo que has hecho es una locura, y lo sabes, jovencito —le dijo con un tono de padre danés irritado.

Criado en Londres, pero de origen danés, Christian pasó su niñez en Copenhague.

Sin embargo, la gran capital lo había acogido durante su adolescencia y hasta su vida adulta.

Tenía el porte de un vikingo, y la elegancia de un caballero inglés vestido con ropa de la tienda Savile Row.

Trabajó como tripulante de cabina para la British Airways, aunque muchas veces lo contrataban para vuelos privados de altos mandatarios y jeques, donde aprendió que lo que sucedía en casa, en casa se quedaba.

Cuando cumplió cincuenta y cinco años, decidió retirarse a vivir en una cabaña moderna en la campiña inglesa cerca de la ciudad de Oxford.

Era todo un hombre de mundo con un cariño paternal hacia Jerónimo.

—¿Y por qué os fuisteis? —le preguntó, pasando una mano por su cabello plateado, aún abundante y dándole un aspecto más joven.

Jerónimo se tocó la barbilla.

—No estoy seguro. Marcos insistió. Me dijo que, si había muerto su mujer, él tenía que irse del hospital.

—¿Irse?

Jerónimo asintió varias veces.

—Lo sé. No tiene mucho sentido.

—¿Qué te dijo la policía?

—Querían revisar la declaración de Marcos conmigo presente.

—No me digas que lo habían detenido.

—No, no era una detención. Según el análisis de sangre, no había rastros ni de alcohol ni drogas. La policía solo quería verificar la declaración de Marcos por si se les había escapado algún matiz idiomático y luego el doctor pasaría para darle el alta.

—Conducir por la izquierda con el volante hacia el lado del arcén… en fin, no fue lo más inteligente.

—Me dijo algo así como que no es lo que parece y tenía que irse del hospital.

Christian sacudió la cabeza con tristeza.

—Pues es justo lo que parece. Un accidente mortal de tráfico. A menos que no te lo haya contado todo. ¿Han informado ya a la familia?

Jerónimo asintió una vez más.

—La policía informó al seguro y contactó a la embajada española para la posterior repatriación del cuerpo de Silvia tras la autorización del forense. Marcos fue incapaz de llamar a la familia de Silvia. Ya lo has visto. Con tantos calmantes, está más allá que acá.

—Pues tiene que volver acá. —La mano de Christian aterrizó en su hombro con un peso reconfortante—. Llama a la policía antes de que lo hagan ellos.

—¿Y qué les cuento?

—Lo que me has contado a mí.

Jerónimo le dio la espalda a Christian y perdió la mirada en las aguas oscuras del río Támesis. Ese río había sido testigo de la invasión romana, la peste negra y los ataques aéreos de la Segunda Guerra Mundial.

—Se lo debo a Marcos —dijo Jerónimo al final.

—Querrán hablar con él. Mira —se acercó más a Jerónimo—, tengo a un viejo amigo en la Policía Metropolitana de Londres. Déjame que hable con él.

—Supongo que tienes razón… Como siempre. ¿Amigo de qué tipo?

—Se conoce a mucha gente en altos vuelos. —Hizo una mueca mirando al cielo—. Nunca cuajó, aunque ese no es el caso.

Jerónimo sabía que la gente importante que conocía Christian no era de vuelos domésticos, sino de jets privados. Se sintió más tranquilo con su amigo caminando a su lado.

—¿A dónde vamos? —preguntó Jerónimo.

—Tengo cena con alguien y no quiero llegar tarde.

—¿Con quién? ¿Dónde?

—En el restaurante Oblix que está en la torre Shard.

—¿Con quién? —insistió Jerónimo.

—Ya me lo has preguntado.

—Y estoy esperando una respuesta.

—Tú no lo conoces… Y creo que yo tampoco.

—¿Una cita?

—Una cena.

—Una cena con una cita.

—Sí, una cena con una cita con un informático.

—Oh… ¿Algún detalle más personal?

—Jovencito, haces muchas preguntas. Voy a llegar tarde. ¿Hay trato?

—Sí, hay trato. Tú llamas a tu amigo poli y yo hablaré con Marcos.

Christian le dio un abrazo de despedida a Jerónimo.

—Siento lo de tu amigo, pero hay algo que no te está contando. Déjalo descansar y que nos lo cuente todo mañana.

Jerónimo observó inmóvil cómo Christian se perdía entre la multitud cruzando el puente London Bridge.

Sabía que tenía razón: Marcos no solo tenía que explicarle por qué huía de la policía, sino también lo que él sabía y Jerónimo desconocía de aquella noche en que huyó de Valencia veinte años atrás.

Además, Marcos mencionó que tenía que darle algo.

¿El qué? Aceleró el paso. En diez minutos estaría de vuelta en el apartamento.