Capítulo 5
La tensión de Jerónimo era palpable. Su corazón latía en el pecho como un tambor de guerra.
Se asomó con cautela y observó a los policías ocupados con la máquina de café al final del pasillo.
Le habían pedido que les avisara tan pronto como Marcos estuviera listo para repasar su declaración, pero le había prometido sacarlo del hospital y Jerónimo cumplía lo que prometía, o por lo menos lo intentaba.
Aunque no estaba seguro de poder cumplir esa promesa o si sería descubierto en el intento.
Médicos y personal de mantenimiento pasaron sin prestarle atención, absortos en sus propias tareas diarias.
Jerónimo desvió la mirada hacia un pequeño cuarto de limpieza al otro lado del pasillo y una idea surgió en su mente.
—Vuelvo enseguida —le susurró a Marcos.
Salió de la habitación con cuidado de no ser visto, aprovechando que los policías estaban distraídos saboreando un café barato de máquina.
El aire estaba impregnado de desinfectante y un débil olor a flores muertas. Cada paso resonaba en su cabeza como un golpe de martillo. Esquivó una silla de ruedas mal colocada en el pasillo y entró con sigilo en el pequeño cuarto.
El cuarto estaba lleno de estantes con productos de limpieza, batas de médico y canastos con ropa sucia. Se puso una de las batas, guardó otra para Marcos y volvió a la habitación.
Cerró y pegó la espalda contra la puerta, respirando hondo varias veces. La bata olía a sudor y llevaba una placa con el nombre del «Dr Wilson». En el bolsillo encontró un par de bolígrafos y un paquete de tabaco.
Aquello era una locura. Sabía que era una locura.
—Vamos a salir de aquí —le dijo a Marcos, lanzándole la otra bata sobre la cama—. ¿Puedes andar?
Marcos asintió, pero su mareo era evidente. Intentó ponerse de pie y tuvo que agarrarse al cabecero de la cama para no caer. No llegaría muy lejos.
Jerónimo sintió el pánico subirle por la garganta. No había tiempo. La policía podía aparecer en cualquier momento. Tenían que actuar rápido. Con la adrenalina a tope, salió al pasillo y cogió la silla de ruedas.
—No te pongas la bata. Siéntate. Eres un paciente —le ordenó a su amigo mientras lo ayudaba a acomodarse.
—Espera —dijo Marcos señalando a la mesita al lado de la cama.
Jerónimo cogió una pequeña bolsa de plástico que contenía lo que Marcos llevaba encima antes del accidente: el pasaporte, la cartera, un móvil roto y unas llaves y la caja de pastillas que el doctor le había dado antes.
—Toma.
Vio por el rabillo del ojo que los policías ya no estaban a la vista.
Eso lo desconcertó, pero no podía cambiar el plan.
Con Marcos en la silla de ruedas y él disfrazado de médico, agarró el mango y empujó a su amigo fuera de la habitación.
Bajó la mirada y siguió avanzando en sentido contrario a la máquina de café.
—¿Y mi ropa? —preguntó Marcos.
—Que le den a la ropa —respondió Jerónimo entre dientes—. Yo no vuelvo.
Marcos no dijo nada más. En su lugar, se limitó a asentir con los ojos cerrados y la cara pálida.
Jerónimo sintió el sabor metálico del miedo en la boca y apretó los dientes mientras avanzaba. Llegaron al final del pasillo sin que nadie les llamara la atención, pero no había ascensor, solo una salida de emergencia.
Mierda.
—Vamos a tener que usar las escaleras —le susurró a su amigo—. Tienes que levantarte y andar. No podemos pasar la silla por la puerta. Solo son dos plantas. Marcos, ¿me estás escuchando? Levántate y camina antes de que alguien se dé cuenta.
Marcos asintió despacio y se incorporó con torpeza.
Jerónimo lo agarró del brazo y empujó la puerta.
—Venga, pasa.
Cerró y se quedaron en las escaleras.
La luz era más tenue y solo se oía el zumbido del sistema de ventilación y el goteo de las tuberías.
Ignoró las cámaras de seguridad en las esquinas y se concentró en ayudar a su amigo a bajar los escalones.
Marcos tuvo un escalofrío. Solo llevaba puesto el pijama del hospital.
Jerónimo se quitó la bata.
—Ponte esto. —Marcos levantó los brazos y frunció el rostro cuando le puso la prenda—. Lo siento. No encontré una limpia.
—Se me quitan las ganas de jugar a los médicos.
Con torpeza y con la ayuda de Jerónimo, Marcos bajó las escaleras vestido con el pijama del hospital y una bata de médico.
Jerónimo, nervioso, sintió un fuerte deseo de mear. No podía permitirse parar ahora. Tenían que llegar al final de las escaleras, y tenían que hacerlo rápido.
En la planta baja, encontraron más sillas de ruedas abandonadas al lado de la puerta.
—Si quieres que te lleve en una, te tienes que quitar la bata. ¿Eres paciente o médico?
—Soy un desgraciado —respondió Marcos, arrastrando las palabras mientras Jerónimo le ayudaba a sentarse, y salieron al pasillo—. Creo que una de las ruedas está rota.
—No me digas —respondió Jerónimo, que tuvo que empujar con más fuerza.
El sudor ya no le molestaba. Se iba a mear pronto. Empujó a su amigo por el pasillo, ignorando alguna mirada curiosa.
Lágrimas resbalaban por las mejillas de Marcos.
—Silvia… te he matado —repetía con la cabeza gacha—. Tengo que irme.
El corazón de Jerónimo se encogió.
—Sí. Eso es justo lo que estamos haciendo. Irnos.
Quería pensar que nadie hablaba español en ese hospital. Ahora era cuestión de marcharse antes de que la policía se diera cuenta, si es que aún no lo había hecho ya. Podría inventar que habían salido un poco a tomar el aire. Aunque era una forma absurda de hacerlo. Y para colmo se estaba meando.
Finalmente, llegaron a la puerta principal. Jerónimo entonces llamó a Christian en su móvil.
—Estamos fuera —le dijo, señalando con la mano a su amigo para que se acercara con el Porsche .
—¿Tan rápido le han dado el alta? —preguntó Christian.
—Luego te lo cuento. —Y colgó antes de que Christian le hiciera más preguntas.
El imponente Porsche Panamera se detuvo frente a ellos y Jerónimo ayudó a Marcos a levantarse. Abrió la puerta, lo sentó y le puso el cinturón.
—No hagas preguntas y arranca —dijo Jerónimo.
Christian observó a Marcos desde el retrovisor.
—Muy mono tu amigo —le dijo en danés—. Hola —se dirigió a Marcos mirando por el retrovisor con tono de humor imitando el acento español.
—Chris, no es el momento —respondió Jerónimo mientras se daba la vuelta desde su asiento y le quitaba a Marcos el paquete de pastillas. Faltaban cuatro—. Déjale que duerma.
—Nada, yo conduzco —dijo Christian—. Suenas a mi ex buscando aventuras en los bosques de Gales. ¿Qué ha pasado?
—Arranca —insistió Jerónimo.
—¿Por qué?
—Porque no le han dado el alta. Quería irse antes.
—Eres peor que mi ex, Jero. ¿Y su mujer?
Jerónimo se tomó unos segundos antes de responder.
—Quería irse antes porque su mujer falleció en el accidente —le explicó, aunque no mencionó el encuentro con la policía.
Christian abrió la boca, pero no dijo nada.
Jerónimo puso la mano sobre la pierna de su amigo.
—Te lo cuento todo cuando lleguemos a casa.
Mientras el Porsche se alejaba del hospital, Jerónimo se recostó en el asiento y cerró los ojos. Habían logrado escapar
—Chris. Para el coche —le dijo de repente, sintiendo un dolor agudo en la parte inferior del abdomen.
—¿Qué pasa?
Pero Jerónimo ya estaba abriendo la puerta.
—O paras o me meo en la tapicería de tu Porsche —respondió, y Christian detuvo el coche en el arcén.
Jerónimo había sacado a Marcos vivo del hospital. Cumplió su promesa. Por ahora.