Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 4
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Capítulo 4

Jerónimo se paró frente a la puerta de la habitación del hospital. Atravesarla parecía un viaje a través de un túnel del tiempo, donde los fantasmas de su pasado esperaban para recibirlo.

Respiró hondo y apoyó la mano en el pomo, pero antes de abrir, levantó el puño, preparado para tocar a la puerta. Era absurdo pensar que Marcos abriría. Estaría despertándose. Despertándose a la cruda realidad de que ya no compartiría su vida con su mujer. Viudo antes de cumplir los cuarenta.

Jerónimo abrió la puerta y asomó la cabeza. El aire se volvió aún más pesado. La habitación era pequeña y aséptica, con un olor penetrante a desinfectante. Su amigo yacía en una cama de metal estéril, su pecho subiendo y bajando con la respiración lenta y rítmica de un sueño profundo.

Jerónimo cerró la puerta detrás de él, recordando la imagen de Marcos a los dieciocho años, una cara pícara llena de entusiasmo y con ganas de emprender su propio negocio en el mundo de la hostelería.

Veinte años después, era un hombre distinto.

De complexión delgada, nariz recta y pelo rizado como el de un romano de la época clásica.

Jerónimo arrimó una silla hasta la cama y dejó encima de la mesita el paquete de pastillas que le había dado el doctor.

Marcos tenía los labios hinchados, varias heridas superficiales causadas por el impacto de los cristales y un chichón como un volcán a un lado de la frente.

Extendió la mano para tocar a su amigo, pero se detuvo.

—Marcos —susurró—, soy Jerónimo. ¿Cómo te encuentras?

Marcos entreabrió los ojos y parpadeó varias veces, adaptándose a la luz fluorescente de la habitación. Miró a Jerónimo con curiosidad y una débil sonrisa se dibujó en su rostro. Tragó con dificultad y su expresión se ensombreció.

—Silvia… —murmuró intentando incorporarse, pero aún estaba debilitado por los sedantes.

—Tenemos que hablar —dijo Jerónimo.

Marcos miró al vacío y una lágrima rodó por la mejilla.

—La maté, la maté —repitió varias veces—. La maté.

—Fue un accidente.

En ese momento, Jerónimo sintió una opresión en el pecho. Sacó un pañuelo del bolsillo y se lo pasó a su amigo. Reinó un silencio tenso mientras Marcos seguía perdido en sus pensamientos.

Jerónimo bajó la voz.

—La policía me ha informado de que ya han comunicado el siniestro a la compañía de seguros, y también a la embajada. ¿Quieres llamar a la familia?

—Sí… —respondió sin apartar la mirada de la pared blanca, como si estuviera contemplando su vida. Una vida con un antes y un después de la tragedia que se llevó a su mujer.

Jerónimo le ofreció su móvil, pero Marcos no hizo ningún movimiento; su rostro reflejaba dolor, tristeza y angustia.

—Está bien. —Jerónimo guardó el móvil mientras se ponía de pie—. Habrá tiempo de llamar a la familia. ¿Puedes caminar? Hay algo que tenemos que hacer antes de que te den el alta. La policía quiere revisar la declaración conmigo presente como intérprete antes de enviarla a la central.

Marcos no dijo nada.

De repente, Jerónimo sintió cómo le apretaba la muñeca con la fuerza de una tenaza, atrayéndolo hacia él con una mirada intensa. El rostro de Marcos era el espejo del miedo.

—Sácame de aquí, por favor —le susurró con voz desesperada—. Necesito salir de aquí.

Jerónimo lo miró con una mezcla de sorpresa y confusión. Intentó tranquilizarlo.

—Marcos, estaré contigo en todo momento. El doctor te dará el alta y nos iremos a mi casa. Allí estarás mejor.

—Jero —la voz de Marcos se volvió más intensa—, Jero, por favor, sácame de aquí. Esto no es lo que parece.

Jerónimo sintió un escalofrío recorriendo su espalda.

—¿Qué… qué es lo que no parece?

—Silvia ha muerto. Yo tengo que salir de aquí. Tengo que volver a Valencia.

Se arrancó la aguja del gotero.

Los ojos de Jerónimo se abrieron como platos.

—¿Qué estás haciendo?

Marcos se levantó, pero tuvo que agarrarse a la cama, aún afectado por los sedantes.

Jerónimo lo sujetó del brazo para evitar que se cayera.

—Esto no es lo que parece. Sácame de aquí, por favor —suplicó Marcos.

Jerónimo lo ayudó a sentarse en la cama y miró hacia la puerta, que seguía cerrada.

—Tengo que saber qué está sucediendo.

Marcos fijó la mirada en Jerónimo mientras le tiraba del brazo.

—Si Silvia está muerta, no hay nada que hacer. Por favor, sácame de aquí. Tengo que irme.

Jerónimo se preguntó si esto era una reacción común del estrés postraumático. Miró el pulsador para llamar a las enfermeras en caso de emergencia, su mano aún apretada por la de Marcos.

—Sácame de aquí —Marcos rogó.

—¿De qué tienes miedo? —preguntó Jerónimo una vez más.

No había lágrimas en los ojos de su amigo. Solo terror y desesperación.

—¿Quién te está buscando?

—Me lo debes —dijo Marcos mirando al suelo. Las manos le temblaban. Cuando volvió a hablar, su voz era un susurro—. Además, hay algo que tienes que saber de aquella noche. Algo que quería darte en persona. Sácame de aquí y te lo contaré todo cuando estemos en tu casa.

La curiosidad y el miedo se mezclaron por partes iguales en la conciencia de Jerónimo, recordando su última noche en Valencia.

Había llegado desesperado de madrugada al bar que Marcos abría los domingos en una de las callejuelas del Barrio del Carmen.

Lo recogió de la calle. Le lavó las manos llenas de sangre y le cambió de ropa.

No le hizo preguntas. Le metió un sobre con un fajo de billetes en el bolsillo del pantalón y le dijo que se fuera pitando, antes de que llegase la policía.

Y Jerónimo lo hizo, incluso antes de que alguien lo viera y le diera caza.

Tomó un taxi, llegó al aeropuerto y se metió en el primer avión con destino a cualquier ciudad europea.

Terminó escondiéndose en un pequeño pueblo de la fría Dinamarca durante años. Si seguía vivo, era gracias a su amigo.

Jerónimo volvió al presente. Cogió las manos de Marcos tratando de calmarlo.

—Está bien. Te saco de aquí sin que se entere la policía, ¿vale? —dijo finalmente, con un ligero temblor en la voz—. Pero tienes que calmarte.

Marcos asintió varias veces, nervioso.

Jerónimo se pasó la mano por la cara para quitarse el sudor repentino que había aparecido en su frente. Sabía que aquello era una locura. Pero tenía que ayudar a Marcos, se lo debía.