Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 3
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Capítulo 3

El hospital Darent Valley, una moderna estructura de acero y vidrio, se alzaba como un monolito en medio del terreno.

La noche empezaba a caer y un ligero viento frío agitaba la bandera británica situada en la entrada.

Médicos, enfermeros, pacientes y visitantes entraban y salían por la puerta principal como autómatas.

Junto a la entrada, un grupo de fumadores formaba un pequeño círculo, incluidos dos pacientes en sillas de ruedas conectados a goteros.

Siguiendo las indicaciones que le proporcionaron en el punto de información, Jerónimo llegó al ascensor y pulsó el botón para la segunda planta.

Cerró los ojos durante unos segundos. Los hospitales siempre le producían dolor de cabeza y mal humor.

Cuando las puertas se abrieron, sintió cómo su corazón golpeaba su pecho con fuerza.

Tomó aire, llenando los pulmones y exhalando poco a poco, y caminó por el pasillo.

A medida que avanzaba, buscó el mostrador de recepción y solicitó información sobre Marcos y Silvia.

Había conocido a su amigo meses antes de abandonar Valencia hacía veinte años.

Por aquel entonces, Marcos trabajaba en un bar de barrio que abría los domingos por la mañana.

Jerónimo solía pasar a tomar un café antes de regresar a casa tras una larga noche de fiesta.

Lo peculiar de esa historia es que Marcos fue la última persona conocida que lo vio antes de escapar de Valencia.

Dos décadas después, se encontraban de nuevo; Marcos tenía algo importante que entregarle, algo vinculado a aquel abrupto adiós.

Jerónimo volvió a la realidad cuando un médico de aspecto serio y barba espesa se acercó y se presentó como el doctor Kowalski.

—Su amigo ha tenido un accidente de tráfico —dijo con esa calma estudiada que solo poseen los doctores—, pero está bien, no es nada grave.

A pesar de las palabras tranquilizadoras del doctor, Jerónimo no conseguía calmarse. Necesitaba ver a Marcos, necesitaba asegurarse de que estaba bien.

—¿Puedo verlo? —preguntó.

—Es posible que su amigo esté un poco somnoliento —continuó el doctor Kowalski—. Le hemos administrado un sedante. Llegó muy agitado.

—¿Agitado? —repitió Jerónimo, perplejo—. ¿Y Silvia? ¿Cómo está Silvia?

La expresión del doctor se tensó y tomó una leve distancia, de forma casi imperceptible.

—Acabamos de informar a la policía de su llegada. Quieren revisar la declaración de su amigo antes de enviarla a la administración central. Su inglés no era claro.

—Sí, sí —lo interrumpió—. Ya nos encargaremos del papeleo, pero quiero verlos —insistió.

El doctor giró la cabeza y Jerónimo siguió su mirada. Dos policías se acercaban por el pasillo, en dirección a ellos.

—¿Qué pasa con Silvia…? —volvió a preguntar Jerónimo, pero el doctor levantó la mano.

—Será mejor que se lo explique la policía.

Tome —dijo, entregándole una caja de pastillas—, para cuando vuelvan a casa.

Es el mismo medicamento que le hemos administrado a su amigo, pero en comprimidos.

Que se tome solo uno al día, o dos si está muy agitado.

Puede causar somnolencia, confusión y disminución del estado de alerta.

—El doctor saludó a los policías y se despidió de Jerónimo—. Pasaré más tarde para darle el alta.

Mientras los dos policías se acercaban, Jerónimo sintió un vacío en el estómago. Miró a los oficiales, luego al doctor, y finalmente a la caja de pastillas en su mano. Su amigo estaba en el hospital, la policía quería hablar con él y nadie le proporcionaba información sobre Silvia.

Un malestar crecía en su interior, una certeza que le decía que lo que había comenzado como un simple accidente de tráfico estaba convirtiéndose en algo mucho más serio.

La pareja de policías se presentó.

—Soy el oficial Matthew Turner —dijo un hombre tan alto como un jugador de baloncesto, de aspecto duro, pelo engominado hacia atrás y una peculiar cicatriz en la nariz. Se dirigió a Jerónimo con voz suave y calmada—. Y esta es mi compañera, la oficial Emily Taylor.

—Hablé con usted por teléfono —dijo la mujer policía, cuyos ojos almendrados hacían juego con su cabello castaño oscuro.

Jerónimo reconoció aquella voz y asintió.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a su amigo? —le preguntó la oficial Emily levantando una ceja, lo que marcó aún más la forma almendrada de sus ojos.

Jerónimo parpadeó, retrocediendo en su mente en el tiempo. La noche en la que huyó de Valencia, hacía veinte años, había sido la última vez que vio a Marcos, pero eso no lo podía contar a la policía. Nunca volvieron a encontrarse. No en el sentido físico de la palabra.

—Él reside en España —explicó Jerónimo—.

Yo vivo aquí en Inglaterra. Bueno, hemos hablado por teléfono.

Nos vimos por Skype, estas Navidades, pero verlo en persona, bueno, ha pasado bastante tiempo.

Marcos y su mujer estaban haciendo una ruta por Europa y querían pasar unos días aquí en Londres.

Quería ver… —Jerónimo se detuvo. Se escuchó a sí mismo dando detalles irrelevantes mientras observaba a la pareja de policías asentir a su explicación—.

Quiero verlos —dijo Jerónimo con voz firme.

—Por supuesto —le dijo aquel policía tan alto—. Nos gustaría revisar la declaración de su amigo Marcos con usted.

—Tenemos ya la declaración hecha y firmada, pero por razones obvias con el idioma, no queremos dejar fuera ningún detalle —añadió la oficial Emily.

—¿Ningún detalle? Sí, claro… ¿Y Silvia?

Los policías se miraron como buscando quién respondería a esa pregunta, y fue la oficial Emily quien continuó hablando:

—Lo que le voy a decir no es fácil. —Tomó un breve respiro y bajó la frente sin apartar los ojos de Jerónimo—. Intentaron reanimar a la mujer, pero llegó ya fallecida al hospital.

—Lo sentimos mucho —dijo el oficial Matthew con voz serena.

La noticia de la muerte de Silvia golpeó a Jerónimo como un puño en el estómago. Carraspeó. Se rascó la barba y sintió la sangre palpitarle en las mejillas.

La oficial Emily le ofreció un vaso de plástico con agua.

—Ahora mismo, preferiría algo más fuerte que agua —dijo Jerónimo—. ¿Qué pasó exactamente?

El oficial Matthew habló despacio y con voz suave y profesional mientras miraba su bloc de notas.

—Su amigo Marcos se salió de la carretera y chocó con un árbol.

Su amigo identificó el cuerpo, le tomamos declaración y firmó el parte.

El seguro ha sido informado del siniestro.

El cuerpo de Silvia está en la morgue del hospital.

El doctor Kowalski le administró un sedante.

Estaba muy nervioso como se puede imaginar.

Las pruebas de drogas y alcohol salieron negativas.

Ahora nos gustaría cotejar la declaración una vez más antes de mandarla a la administración central.

—Cerró el bloc de notas—. No hay mucho más.

Tenemos accidentes de tráfico todos los días y, desgraciadamente, algunos son mortales. Lamentamos su pérdida.

Jerónimo nunca había llegado a conocer a Silvia, pero en ese momento él era el único apoyo que Marcos tenía.

—¿Y quieren que yo haga de intérprete para Marcos?

—No nos tomará mucho tiempo —respondió la oficial Emily—. Ya nos hemos puesto en contacto con la embajada para la repatriación del cuerpo. Ellos se encargarán de notificar a la familia. ¿A menos que prefiera hacerlo usted antes…?

—No… Yo, bueno, no conozco a la familia de Silvia.

—No se preocupe —dijo ella—. Eso es todo por nuestra parte.

La enfermera le indicará la habitación donde descansa su amigo.

Tómese su tiempo. Tenemos otros asuntos que resolver aquí en el hospital.

Cuando estén listos, dígaselo a la enfermera de guardia en la recepción para que nos contacte, y pasaremos antes de que le den el alta a su amigo.

La enfermera se acercó y Jerónimo sintió un pinchazo en el estómago.

—Acompáñeme, por favor. Es ahí. Cuando esté listo vaya a recepción. Mi compañera se encargará de contactar con la policía.

El pinchazo en el estómago creció, pero se obligó a seguir adelante.