Capítulo 2
Su viejo amigo Christian conducía abriéndose paso entre una larga fila de coches y camiones, cambiando de carril con habilidad.
Jerónimo guardó el móvil y se recostó en el asiento tapizado en cuero rojo con cinturones de seguridad plateados, que desprendía un aroma a nuevo en contraste con el olor acre del tráfico que se colaba por la ventanilla.
—¿Sabes cómo acelerar este Porsche ? —preguntó Jerónimo en danés, idioma que habían utilizado para comunicarse desde que se conocieron hacía varios años.
Aquel día, Jerónimo esperaba la llamada de su amigo Marcos para confirmar su llegada a Londres, pero el corazón se le encogió al escuchar al otro lado de la línea la voz de una oficial de policía informándole que su amigo y su mujer Silvia habían sufrido un accidente de tráfico.
Jerónimo era el único contacto local de Inglaterra registrado en el teléfono de Marcos con llamadas recientes. La primera vez que lo llamaron, le comunicaron que el vehículo estaba destrozado. La segunda fue para confirmar a qué hospital habían trasladado a su amigo y a su esposa.
«Por favor, acuda lo antes posible», le dijeron sin darle más detalles. Esa frase se repetía una y otra vez en su cabeza.
—¿Falta mucho?
—Jovencito, hace cinco minutos que me hiciste la misma pregunta —respondió Christian.
—Está bien —dijo Jerónimo sin mucho entusiasmo mientras deslizaba los dedos sobre la guantera hasta encontrar la consola con pantalla integrada—. ¿Este coche es nuevo?
Christian asintió, concentrado en la autopista.
—Compré este Porsche Panamera hace un par de meses. Pero como tienes memoria de pez…
—¿Pana… qué?
—Panamera. Azul noche metalizado —puntualizó Christian—. Estaba en oferta.
—¿Un Porsche en oferta? Ya… —respondió Jerónimo, mientras jugaba nervioso con el panel de control.
—No toques nada. ¿Qué más te contó la policía?
—Ya te lo dije. La ambulancia llevó a Marcos y a su mujer Silvia al hospital Darent Valley.
—¿Habrán contactado con los familiares?
Jerónimo se encogió de hombros.
—No lo sé. La policía me llamó a mí porque yo era el único número de teléfono local de Inglaterra.
—Es increíble... ¿Marcos tenía seguro de viaje? Debería tener uno, ¿no?
—¿Cómo voy a saberlo? Conducían desde Valencia en una autocaravana de alquiler.
Christian hizo una mueca.
—Romántico, pero imprudente. Las carreteras rurales de aquí se construyeron para carromatos, no para autocaravanas modernas. Y con el volante al revés… Tu amigo Marcos buscaba problemas.
—Se lo dices tú cuando lo veas, ¿vale? La grúa estaba recogiendo los restos del vehículo cuando la policía me llamó la primera vez.
—Increíble —repitió Christian, cambiando de carril.
El silencio se extendió entre ellos mientras avanzaban a través de una cola interminable de vehículos. Estaba oscureciendo y la sensación era más claustrofóbica.
Jerónimo se perdió en sus pensamientos, dando vueltas a la noticia, mientras salían de la autopista y se adentraban en el pueblo de Dartford, donde se encontraba el hospital Darent Valley.
El móvil de Jerónimo se convirtió en un péndulo entre sus manos, inquietas e inestables, reflejo del torbellino de preguntas que llenaban su cabeza.
—¿Y Erik? —Christian rompió el silencio, interesado por la pareja de Jerónimo.
—Visitando a su hermana en Dinamarca. Vuelve mañana.
—¿Aún no lo sabe?
—Se lo diré mañana.
Christian desvió la mirada hacia Jerónimo.
—Tienes mala cara.
—Quizás sea porque estoy a punto de cumplir cuarenta. No como a ti, que la jubilación parece haberte rejuvenecido —dijo Jerónimo, señalando el interior del Porsche . Era abril de 2019 y su cumpleaños estaba a la vuelta de la esquina.
Christian, tras soltar una risa, le preguntó:
—¿Has estado trabajando?
—Hasta muy tarde —respondió Jerónimo—. Quería terminar la traducción de unos documentos antes de que Marcos y Silvia llegaran.
—¿Qué es esta vez? ¿El manual de instrucciones de un tinte de pelo para el hombre maduro?
—No, es el manual de instrucciones de un depilador láser para hombres de todas las edades. Lo sé. Poco trabajo y, sobre todo, muy aburrido.
—¿Un hombre necesita depilarse?
—Algunos sí.
—¿En serio? —preguntó Christian con su habitual tono irónico—. El único pelo que se me ocurre que un hombre debería depilarse es el de la espalda, y no tengo idea de cómo podrías llegar a esa zona, tú solo.
—Existen unas maquinillas de afeitar para la espalda con mango ergonómico que... —Christian se giró hacia él con sorpresa y Jerónimo se ruborizó—. Olvídalo.
—Podrías buscar otro trabajo —dijo su amigo.
—¿En qué? No sé hacer otra cosa. ¿Falta mucho?
—Estamos a punto de llegar.
Jerónimo tragó saliva, pero tenía la garganta seca.
—No tenían que haber venido.
—No sabías que iban a sufrir un accidente.
—No, no lo sabía, pero a veces siento que atraigo los desastres…
—No digas tonterías —replicó Christian, aparcando el Porsche en el aparcamiento del hospital—. Voy contigo.
Jerónimo desabrochó despacio el cinturón de seguridad y respiró hondo.
—Iré solo —le dijo a Christian negando con la cabeza.
—No seas terco. Te acompaño.
—No necesito que me acompañes.
—Eres terco...
—Tú te quedas aquí jugando con el panel de tu Porsche .
Christian puso la mano en su hombro antes de que saliera.
—Llámame si me necesitas.
Jerónimo asintió, cerró la puerta y se dirigió hacia la entrada principal del hospital, preparándose para lo que sabía que iba a ser un encuentro difícil.