Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 1
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Capítulo 1

Después de pasar la noche en un camping en el norte de Francia, Marcos y Silvia partieron al alba, con rumbo al Reino Unido, en una autocaravana de alquiler.

Planeaban visitar varias ciudades europeas e incluir una visita especial a Londres para reencontrarse con su viejo amigo Jerónimo.

Habían pasado veinte años desde aquella última noche en Valencia, cuando Marcos ayudó a Jerónimo a escapar.

Marcos quería entregar algo a Jerónimo. Algo que encontró por casualidad cuando se mudó a vivir con Silvia y que pertenecía a su amigo. Algo que tal vez ayudaría a Jerónimo a entender mejor las circunstancias de aquella fatídica noche.

A pesar de repetirse a sí mismo que nada podría salir mal en esas vacaciones, Marcos no conseguía quitarse esa extraña sensación de que alguien lo vigilaba, incluso antes de dejar Valencia la semana anterior.

Decidió reducir la velocidad por dos razones.

La primera, para que Silvia contemplara los paisajes campestres que les rodeaban.

La segunda, para tener mejor control de la autocaravana mientras conducía por el carril contrario con el volante a la izquierda, en el lado del arcén.

Aunque, en realidad, daba igual. Silvia estaba más interesada en su móvil que en los paisajes bucólicos.

Además, las carreteras eran tan estrechas que apenas había espacio suficiente para mantenerse en el carril izquierdo, y mucho menos con esa pesada autocaravana.

A su mujer le entraba la risa sin dejar de mirar la pantalla del móvil, lo que irritaba aún más a Marcos. El viaje prometía ser tranquilo, pero todo cambió en un instante cuando Silvia soltó un grito como si hubiera visto un fantasma.

Marcos se sobresaltó, miró la carretera a través del retrovisor y luego a Silvia, sentada a su lado.

Una opresión en el estómago lo invadió al ver la confusión en los ojos de su mujer.

La sorpresa se transformó en desprecio, y notó como si le hubieran arrancado el suelo bajo sus pies.

Las acusaciones de Silvia resonaban en el vehículo, haciéndole sentir como el ser más despreciable del mundo, mientras él se mantenía en silencio.

Alguien le había tendido una trampa.

Se preguntó quién estaba detrás de todo eso.

Siempre había sido cauteloso, tomando todas las precauciones necesarias y cambiando de lugar en cada encuentro, pero alguien lo había estado vigilando de cerca, observando cada uno de sus movimientos.

Lo tenían pillado por los huevos. Alguien con muchas ganas de hacerle daño a él y a su mujer.

Silvia miraba nerviosa a su alrededor con el móvil en la mano. Marcos se preguntó a quién pretendía llamar en ese momento de crisis. Nadie podría ayudarla. Estaban solos. Solos en Inglaterra, de vacaciones, lejos de todo y de todos. Tenían que volver a Valencia lo antes posible.

Marcos pisó el acelerador, arriesgando su vida y la de su mujer.

El sonido del motor retumbó en sus oídos y los neumáticos chirriaron en protesta.

Alcanzó la máxima velocidad y el volante empezó a vibrar mientras la autocaravana se zarandeaba violentamente.

Cada curva, cada subida y bajada, intensificaban la tensión.

Silvia gritaba, aferrada al asiento, suplicando que frenara, que se iban a matar. Sus gritos ya no eran de enfado, sino gritos desesperados, ahogados por el rugido del motor.

Conocía a su mujer demasiado bien para saber que nada cambiaría entre ellos. Que siempre claudicaría a los planes de Silvia, a sus ideas. A veces, se odiaba a sí mismo por decirle que sí a todo.

Su mujer estaba ahora chillando a su lado, pero su voz se desvanecía en el bramido del motor y el zumbido del viento que se colaba por las ventanas.

Esta vez, hizo caso omiso de las súplicas de su mujer.

Ahora o nunca.

Marcos liberó la mano derecha del volante y buscó a tientas el asiento de Silvia sin soltar el acelerador. No podía detenerse. Tenía que escapar de su pasado. Arriesgarlo todo, incluso su vida. Cuando tuvo la oportunidad, dio un volantazo y la autocaravana se estrelló contra un árbol.

El mundo pareció moverse en cámara lenta mientras el impacto arrastraba a Marcos hacia adelante.

Sintió como si se separara de su propio cuerpo, flotando en el espacio.

No experimentó dolor, solo una sensación de un vacío inmenso y un olor a goma quemada.

Y mientras la oscuridad lo envolvía, el último sonido que escuchó antes de perder la conciencia fue el pitido insistente del panel de control, recordándole que el cinturón de seguridad seguía desabrochado.