Capítulo 38
Meses más tarde…
El otoño se despedía de Londres y el invierno tocaba a la puerta.
Jerónimo se encontró con su amigo Christian en la estación de Great Portland Street, un poco antes de las once de la mañana, para asistir a la misa danesa de los domingos.
La iglesia estaba situada en St Katharine’s Precinct, entre el barrio de Camden y el parque Regent’s Park.
Para Jerónimo, asistir a una misa luterana era más una excusa social que un evento puramente religioso.
Tenía la oportunidad de relacionarse con la comunidad danesa en Londres y mantener sus lazos con el país que lo adoptó durante diez años.
Después de la misa, su amigo Christian y él solían comer el brunch en la terraza de un jardín interior cerca del concurrido parque, pero alejado del enjambre de los turistas.
El brunch consistía en huevos, beicon y pan de centeno, acompañados de tortitas con sirope de arce y zumo de naranja natural, con un café con leche largo de café.
Jerónimo le mostró a Christian una copia de la llave del apartamento de Erik y Christian abrió más los ojos y esbozó una sonrisa pícara.
—Vaya, vaya, marinero —dijo guiñándole un ojo—, el comienzo de una nueva aventura.
Jerónimo le devolvió el guiño y dio un gran sorbo al café. Sobraban las palabras. Dejó la taza encima de la mesa y cogió el periódico.
Su amigo Christian solía comprar el suplemento de fin de semana de un periódico danés y traía otro suplemento español para Jerónimo.
Los dos suplementos llegaban al quiosco local por correo aéreo de madrugada.
Era el ritual de los domingos por la mañana: misa danesa, almuerzo extra calórico y lectura del suplemento de fin de semana.
Jerónimo ojeó el periódico y le llamó la atención un artículo en particular. Contaba la macabra historia del hallazgo del cuerpo sin vida de un empresario valenciano, cerca de un conocido prostíbulo en las afueras de Madrid. La policía sospechaba que era un ajuste de cuentas entre bandas.
Las hojas caían de los árboles creando un manto naranja oscuro.
Pequeñas nubes en un cielo raso se movían inquietas.
La camarera retiró los platos. Jerónimo dio un sorbo de café y continuó leyendo.
Una ligera brisa despeinó su pelo y tuvo un escalofrío.
El cuerpo del empresario había sido decapitado.
Se quedó pensando. Sacó su móvil y contempló la foto con el dibujo de Laura: un dragón decapitado por un caballero con el nombre de «papá».
Respiró hondo y soltó el aire despacio. Se inclinó desde la silla y arrancó un manojo de hierba seca del jardín.
Se deshizo entre sus dedos como polvo y pensó que la mala hierba, a veces, sí que muere.