Capítulo 37
Gabriel había insistido en llevar a Jerónimo al aeropuerto, después de recoger el coche del taller. Llegaron demasiado pronto. Los dos hermanos estaban sentados uno al lado del otro, observando los aviones que despegaban o aterrizaban.
—¿Cómo está el niño? —preguntó Jerónimo.
—Bien, aunque llora demasiado.
—¿Y Eva?
—En casa.
—¿Y tú?
Gabriel no respondió. Jerónimo observó de reojo a su hermano. Parecía una estatua con la mirada perdida. Buscó ese punto en el cielo donde su hermano estaba concentrado.
—¿Estás bien? —preguntó otra vez.
Gabriel parpadeó un par de veces, pero no respondió. Bajó la mirada y Jerónimo vio de perfil la nuez que se movía despacio. Entonces pasó algo extraño. Sintió la mano de Gabriel encima de la suya. Apretaba.
—Jerónimo. —La voz de su hermano parecía un susurro—. ¿Por qué te fuiste?
Tampoco se atrevió a mirarlo a los ojos. Se quedó quieto y recordó la primera vez que se montó en un avión.
Durante todos estos años, Jerónimo había conocido a otros españoles viviendo en el extranjero. Todos tenían en común una motivación personal: la de mejorar en la vida. En el caso de Jerónimo, su motivación era diferente: la de salvar su vida.
Los recuerdos le atizaron la espina dorsal con un escalofrío.
¿Se perdonaría alguna vez por lo que hizo hace veinte años?
Su reflejo sobre el cristal de la ventana parecía rejuvenecer por momentos.
Era tan joven y estaba tan desesperado… No podía esconderse en Valencia.
Lo encontrarían. Además, hubiera puesto a su familia en peligro.
Tuvo que escapar sí o sí. Y bueno, escapó.
Una desaparición a tiempo fue su mejor victoria. Para él y para todos.
—No quiero hablar de ello —respondió Jerónimo.
Gabriel apretó más su mano. Era el único músculo de su cuerpo que movió. No necesitaba más palabras para expresar cómo se sentía.
—Nunca quieres hablar de ello. —La voz de Gabriel parecía la de un niño.
Es curioso cómo la memoria juega con los recuerdos. Apareció en su mente la imagen del azulejo roto que hay en uno de los baños del aeropuerto. Él lo rompió cuando escapaba de Valencia hacía veinte años.
—Es que no hay nada de lo que hablar. —Jerónimo no supo muy bien por qué respondió de esa manera.
—Ya…
Gabriel soltó la mano y Jerónimo se levantó.
—Tengo que embarcar.
Su hermano asintió ligeramente sin levantar la vista.
—Te vas pronto, pero siempre llegas tarde.
Jerónimo forzó una sonrisa.
—Como en una buena película de acción.
—La vida no es una película.
—No, la realidad supera muchas veces la ficción.
Gabriel lo miró unos segundos.
—Y la realidad es que no te conozco, Jero, y no sé si alguna vez te conocí. —Bajó la mirada otra vez—. Te fuiste demasiado pronto para conocerte.
A Jerónimo se le formó un nudo en la garganta. No supo qué decir. Era tan extraño escuchar a Gabriel hablar de sentimientos. Tener un hijo lo había conectado con sus emociones, pero él no quería ver a su hermano triste.
—Eva quiere ir a Dinamarca. Dile que sí. Iros una semana. Allí nos encontramos. ¿Te parece?
—Eva no está para viajar.
—Ella misma lo propuso. Eres tú el que no quiere volar. Podéis ir en caravana.
Gabriel puso cara de querer decir algo, algo importante. Abrió la boca, pero no salieron las palabras. Sus labios formaron una sonrisa, demasiado recta, más bien amarga y terminó diciendo:
—Es más complicado de lo que parece.
—Es tan complicado como tú lo quieras hacer.
Gabriel no respondió. Se levantó y le dio un abrazo fuerte a Jerónimo, que se dirigió a la cola de salidas. Se dio la vuelta para decir adiós con la mano, pero Gabriel ya no estaba.
Jerónimo pasó el control de seguridad ante la mirada indiferente del policía de turno y se fue directo hasta los baños.
Entró en el último. Cerró la puerta, se agachó y pasó el dedo índice por el azulejo que rompió hace muchos años.
Presionó y una pequeña gota de sangre resbaló.
Se chupó el dedo. Los recuerdos eran demasiado dolorosos.
Veinte años después de escapar de Valencia y nadie había cambiado ese maldito azulejo… Seguía roto.