Capítulo 36
Llegó a la prisión de Picassent justo a la hora prevista para despedirse de Alberto. Tenía algo importante que darle. Luis había hecho un par de llamadas y había movido unos cuantos hilos. A veces se preguntaba con quién tomaba café su hermano, otras veces prefería no saberlo.
Dio sus datos, rellenó un formulario y pasó el control de seguridad.
—¿Es la primera vez que visita la prisión de Picassent? —le preguntó el agente, sin levantar la mirada del ordenador.
—Es la primera vez que visito una prisión.
Jerónimo acompañó a otro agente barrigudo por un pasillo largo de paredes blancas y rodapié verde esperanza. Olía a comida de cafetería y a lejía.
—¿Qué relación tiene con Alberto Martí?
—Compañeros de colegio en primaria.
Subieron unas escaleras y llegaron a un comedor grande. El agente abrió la puerta y dejó pasar a Jerónimo, que se sentó en la pequeña mesa delante de Alberto. Se quedaron solos.
—Mi hermano dice que habrá juicio, pero se encargará de que salgas de esta.
—Carles mató a Connie. Cuando llegué, ella estaba muerta. Sabía que me echarían las culpas a mí. Es un hijo de puta.
—Quería vengarse de su mujer, de ti, de mí, del mundo…
—«Mala hierba nunca muere». —Se quedó pensando—.
Cuando llegué a la caseta, vi a Connie muerta encima de la cama y Carles sentado al lado, mirando la pared.
Lo apunté con el arma, lo até y lo tumbé al lado.
No dijo nada y yo tampoco le dije nada a él.
Creo que mi mirada de asco lo decía todo.
Sabía que me pillarían, pero me daba todo igual.
Quería conocer a mi hija. Estar un rato con ella.
Vi a Laura y algo dentro de mí se movió.
Como un músculo que nunca supiste que existía, hasta que te pones a ejercitarlo.
—Alberto miró a través de sus gafas sin montura—. ¿Lo entiendes?
Jerónimo se ajustó la camiseta.
—Sí —afirmó con cierta duda—. Supongo.
—¿Y sabes lo que pasó? Laura no estaba asustada. Se acercó a mí y me enseñó un cubo y unas palas para jugar en la arena. No estaba asustada —repitió con un tono más alto—. Le di la mano y nos fuimos a la playa. ¿No te parece extraño? Estaba nervioso. Una niña de cuatro años me ponía nervioso.
—¿Nunca te imaginaste que…?
—No. ¿Yo, una hija? Nunca. Fue el polvo de una noche y estaba medio borracho.
«El romanticismo ha muerto», pensó Jerónimo.
—Cuando cogí la manita de Laura, me dio todo igual. Luego llegaste tú y la policía. —Alberto sacudió la cabeza como si quisiera borrar esa parte del cuento de hadas—. Sabía que me iban a encontrar y ya me daba todo igual. Quería conocerla, aunque solo fuera una vez.
Jerónimo apoyó los codos en la mesa y se acercó más a Alberto.
—Tengo que preguntarte algo y quiero que me digas la verdad. Necesito saberlo para seguir adelante. —Tomó aire—. ¿Por qué nunca dijiste nada?
Se dio un tiempo para responder sin apartar la mirada.
—Josep planeó la apuesta, si te sirve de consuelo. No le caías bien. Insistió. Quiso que te presionara para llevarte a las vías y a mí la idea me pareció divertida.
—¿No fuiste tú? —volvió a preguntar Jerónimo como si necesitase confirmar lo que estaba escuchando.
—No.
Jerónimo abrió los ojos.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué no le caía bien?
Alberto se encogió de hombros.
—Ni siquiera sé por qué hacía lo que hacía de niño. ¿Cómo voy a saber los motivos de Josep? A mí, simplemente me parecía divertido. Se puso como un demonio por lo que le dijiste.
—No debí haberle provocado así.
—Las verdades duelen.
Jerónimo levantó una ceja.
—¿Insinúas que Josep era gay?
—Había algo que le molestaba de ti. Presionaste un botón y explotó.
Jerónimo nunca sabría qué le pasó por la cabeza a Josep para actuar así.
—Provoqué su muerte… —Bajó la mirada.
—Y yo te provoqué a ti. —Alberto se acercó más a Jerónimo—. Y te equivocas. Fue él quien decidió saltar.
Jerónimo pensó en las palabras de Alberto.
—¿Te sientes culpable? —le preguntó.
—¿Qué importancia tiene esto ahora?
—Quizás no la tenga.
—Ya no la tiene para mí. ¿Y para ti?
Jerónimo no respondió.
La mirada de Alberto era seria.
—Si no me has perdonado, ¿por qué has hecho lo que has hecho?
Jerónimo se tomó una pausa.
—Quizás porque no me he perdonado a mí.
—Sentirte culpable no va a hacer que Josep vuelva. En la prisión aprendí que es justo que paguemos condena por las acciones que cometemos, pero no por las acciones que otros cometen. Y tú te sientes culpable.
Jerónimo levantó la vista y resopló.
—Creo que la cuestión es que nunca me he sentido inocente.
Reflexionaron durante unos instantes sobre lo que se había dicho.
—He venido también porque quiero darte algo. —Abrió la mochila y puso un sobre encima de la mesa—. Es para ti.
Alberto sacó un dibujo y una foto de Laura. Sus ojos brillaron.
—¿Lo ha dibujado ella?
—Sí, un dragón decapitado por un caballero. Para mí fue como un amuleto.
Alberto pasó los dedos con suavidad sobre el dibujo, como si tocara una obra de arte. Jerónimo vio por primera vez una gran sonrisa en la cara de Alberto. La sonrisa de un padre orgulloso.
—Aquí pone «papá».
Jerónimo asintió.
—Creo que tú tienes el derecho de quedártelo. Después de lo que ha hecho Carles con su madre, no se merece el cariño de una hija.
—Esos hermanos siempre fueron mala hierba. Carles es una persona peligrosa. Y aún más cuando la gente piensa lo contrario.
—Espero que Carles sufra durante mucho tiempo por lo que ha hecho, como lo he hecho yo estos años. —Se pasó las manos por la cara, cansado—. «Unos cardan la lana y otros se llevan la fama».
—Sí, pequeño Jerónimo. —Alberto sonrió otra vez—. La he cagado muchas veces en mi vida, y otras muchas, me han colgado un cartel.
Ahora dudaba si Alberto fue realmente su enemigo o fue otro niño víctima del maltrato en casa. Miró el dibujo de Laura.
—Ya te he dicho que mi hermano Luis se ha comprometido a darte representación legal durante todo este proceso. Es muy bueno y tiene contactos. Conseguirás volver a ver a tu hija. No la cagues esta vez. —Se levantó—. Ahora, tengo que irme, o perderé el avión de vuelta a Londres.
Alberto guardó el dibujo y la foto.
—Gracias.