Capítulo 34
El despacho del inspector de la Policía Nacional de la Comunidad Valenciana no tenía ventanas. Se oía el zumbido de un ventilador portátil que solo daba aire en una dirección, hacia el inspector de policía. Un hombre con cara de campesino valenciano y autoridad local.
Jerónimo estaba sentado enfrente de la mesa del despacho, al lado de Luis.
—Tenías que haber hablado conmigo primero. ¿Qué coño vas a confesar? —le susurró su hermano, enfadado, y luego se acomodó en la silla con una postura demasiado relajada para estar enfrente de una autoridad local.
Jerónimo acarició el anillo que llevaba colgado al cuello y escribió un mensaje a Erik: «Pienso en ti».
Tocaron a la puerta y entró otro policía más joven, que se sentó en una silla plegable, con un bolígrafo y un bloc de notas, detrás de Jerónimo y Luis.
El móvil vibró con un mensaje.
«Yo pienso en nosotros».
Lo apagó. Tenía tantas posibilidades de volver a Londres como de quedarse en Valencia. Y si se quedaba, sería por la imposición de un juez.
Habló el inspector de policía:
—Jerónimo, ¿qué tienes que contarnos?
Luis intervino negando con el dedo índice.
—No, no, no. Así no se juega.
—Queremos que colabore —explicó el inspector de policía abriendo las palmas de las manos.
—Solo los detenidos y los gilipollas colaboran. Los primeros porque no les queda más remedio y los segundos, como dice la propia palabra, son gi-li-po-llas. ¿Acusáis a Jerónimo de algo?
—Hace unos minutos, tu hermano nos ha contado que Alberto no mató a Connie.
—¿Matar a Connie? —dijo con tono sarcástico—. Como si la mata el Papa.
El policía ignoró el comentario de Luis y se dirigió a Jerónimo, que tenía la mirada puesta en el suelo.
—¿Puedes explicarnos por qué dices que Alberto no mató a Connie?
—No contestes —intervino Luis.
El inspector de policía respiró hondo.
—Queremos hablar.
—¿Hablar? —repitió Luis—. Y yo quiero un yate y dos putas que me la mamen.
Vamos a hacer una cosa. —Se acercó más al inspector de policía, deslizando por la mesa su agenda y un bolígrafo—.
Ya que estamos «hablando» me vas a poner aquí el nombre de tu superior y del superior de su superior y el de la madre que lo parió, y cualquier nombre de utilidad que me sirva para poner una denuncia por detención ilegal.
—Aquí no hay nadie detenido —dijo el inspector de policía apretando los dientes.
—Ah, ¿no? ¿Y qué es esto? ¿Una reunión de amigos? Venga Jerónimo, saca el karaoke y las patatas fritas y nos ponemos a cantar. —Se levantó y se ajustó el nudo de la corbata—. Nos vamos.
Jerónimo le puso una mano encima para que volviera a sentarse. La mirada de Luis lo podría haber matado.
El inspector de policía observó a Jerónimo, que evitaba mirarlo. Entonces le pidió al policía más joven que cerrase la puerta del despacho.
—Te lo repito. Aquí no estamos deteniendo a nadie. Solo le queremos hacer unas preguntas a Jerónimo.
—¿Esto es una cita a ciegas entonces? —continuó Luis con tono provocador.
El policía puso la espalda recta.
—Mira, tío listo. —Carraspeó—. Vamos a hablar claro. Tu hermano estuvo en el lugar de un delito y quiere contarnos algo, pero tú nos lo estás poniendo difícil.
Luis se hundió más en la silla fingiendo indiferencia.
—«Tío listo». ¿Qué crees que quiere? ¿Confesar?
Jerónimo sabía que su hermano estaba nervioso.
—Vamos a hacer las cosas bien —dijo el inspector de policía forzando un tono amable.
—Las estás haciendo cojonudo. Sigue así y te adelantan la edad de jubilación. A ver, ¿tiene el cadáver algún tipo de agresión?
El inspector de policía negó con la cabeza.
—Muerte por envenenamiento… y queremos saber cómo sucedió.
—Y mi hermano se pasó casi una semana buscando a Connie y a su hija en Dinamarca y se dijo a sí mismo: ¿qué mejor manera de pasar el rato, que envenenando a la mujer de su amigo?
Que, por cierto, todo el mundo la daba por desaparecida, para luego descubrir que la señora Connie Nielsen decidió pasar unos días escondida por las playas de Valencia, porque no se atrevía a contarle a su marido que su hija era bastarda.
Se da en las mejores familias, o que le pregunten a la realeza.
¿Me he dejado algo? —Miró a Jerónimo levantando una ceja.
El rostro de Jerónimo no había cambiado. Seguía serio y preocupado.
—La policía tiene que saber toda la verdad.
Luis parpadeó varias veces. Una gota de sudor le corría por la sien.
—Adelante, Jerónimo —dijo el inspector de policía—. ¿Cómo llegaste hasta la caseta de campo de Carles?
Luis bajó la mirada y se mordió el labio inferior.
Jerónimo se fijó en el policía más joven, que sostenía un bolígrafo con el que jugaba nervioso. Luego se dirigió al inspector y dijo despacio:
—Alberto me llevó.
Luis juntó las manos y puso los ojos en blanco. El inspector de policía se acercó más a Jerónimo.
—No mencionaste nada cuando llegaron mis compañeros.
—Tampoco me preguntaron. Yo solo pensaba en Laura… y en que Alberto no se pegara un tiro.
El inspector de policía asintió.
—¿Cómo explicas que tu hermano Gabriel nos pusiera en aviso de que dos gorilas de discoteca y un taxista te llevaron a la fuerza?
Jerónimo era incapaz de mover un solo músculo de su cuerpo.
—¿A la fuerza? —fingió incredulidad—. Mi hermano Gabriel es un poco exagerado. Después de ser padre se ha vuelto súper protector y un poco posesivo. Pregúntele a Luis.
Su hermano no habló esta vez, solo respiraba ruidosamente.
—No me convence —dijo el inspector de policía—. ¿Y los gorilas y el taxista?
—Pin y Pon.
—¿Cómo?
—Los muñecos Pin y Pon de los años ochenta. ¿Se acuerda?
—¿Y ahora a dónde vamos?
—Son hermanos. Me recogieron del aeropuerto. Alberto quería hablar conmigo.
—¿Hablar contigo de qué?
—Ya me había llamado cuando estaba en Dinamarca. —Paró unos segundos—. Un asunto delicado.
—¿Qué asunto delicado? —dijo el policía levantando las cejas.
Luis apretó el muslo de Jerónimo.
—¿Quieres hablar conmigo primero?
—Luis, no tengo nada que ocultar. La policía tiene que saber lo que sucedió.
Su hermano suspiró y se pasó la mano por la cara.
—Nuestro Jerónimo no solo nació gilipollas, sino que es un cúmulo de sinceridad y transparencia.
El policía hizo una señal discreta al policía más joven para que empezara a tomar notas, mientras se acercaba más a Jerónimo.
—Cuéntanos qué pasó.
Hacía un calor inusual dentro de la oficina. Se tomó unos segundos antes de responder.
—Alberto quería ver a su hija.
El inspector de policía abrió la boca, pero tardó unos segundos en hablar.
—¿Laura? ¿Laura es su hija? —preguntó con sorpresa.
Jerónimo asintió.
—Carles me mandó la dirección donde estaba.
—¿Lo puedes demostrar?
Le enseñó la llamada de Alberto y el mensaje de Carles.
—Eso es una prueba, ¿no? —preguntó mirando a Luis y al inspector de policía.
Su hermano asintió despacio sin levantar la vista de ese punto en la nada, que solo él veía.
—Hasta ahora todo bien —confirmó el policía—, pero hay una contradicción. Una gran contradicción.
Jerónimo sintió calor.
—Carles dice que Alberto lo ató y mató a su mujer.
—No —su voz tembló ligeramente—. No ocurrió así —Guardó un momento de silencio.
Cuando habló, sabía que se jugaba todas las cartas—: Nadie lo ató.
Al llegar, le dije a Alberto que esperase en el coche.
Yo hablaría con Carles y Connie, primero.
Laura jugaba en el porche. Ellos estaban dentro de la caseta.
Discutían. Todo pasó muy rápido. Connie quería quedarse sola en la habitación y descansar.
Bueno, ahora sabemos por qué. Se envenenó.
—Paró unos segundos. Respiró y continuó—: Carles y yo fuimos al pequeño cobertizo al lado de la caseta para hablar, pero Laura y Alberto habían desaparecido.
El coche seguía aparcado. Pensé que no se habían ido muy lejos.
Entonces le dije a Carles que iba a bajar a la playa solo.
Luis interrumpió a Jerónimo.
—Mejor me deja que haga unas llamadas y traiga a un amigo abogado criminalista…
—¿No podría decirnos…? —persuadió el inspector de policía.
—Ya conoce el procedimiento en estos casos. Se deja al cliente con su abogado, antes de hacer la declaración oficial —le cortó Luis.
—No, Luis. No necesito a ningún abogado.
—Y continuó con la historia—. Todos estaban muy alterados.
Sabía cómo hablar con Alberto. Todo iba a ir bien.
Si no volvía con Laura en veinte minutos, tenía que llamar a la policía.
Cuando llegó la policía, Connie estaba muerta.
Carles acusó a Alberto como podía haber acusado a cualquiera.
Sufría una conmoción. Escapó del hospital.
Insultó a la policía. Lloró. Alberto nunca entró en esa casa.
Eso es. Le dije a Carles que llamase a la policía si no aparecía con Laura en veinte minutos.
—Eso es lo que nos confirmó Carles —dijo el inspector de policía.
—Sus compañeros también pueden confirmar que cuando llegaron, él estaba en un estado absoluto de shock . Su mujer se había quitado la vida.
El policía juntó las palmas de sus manos y tamborileaba con los dedos, mientras ordenaba sus ideas.
—¿Te acuerdas de lo que discutían?
Jerónimo miró fijamente al policía y asintió varias veces.
—Me acuerdo muy bien. Discutían sobre la paternidad de Laura. Carles acusaba a su mujer de no haber sido sincera con él. Connie lloraba. La dejamos sola y fuimos al pequeño cobertizo al lado de la caseta.
El policía se dio un masaje en la sien.
—Déjame que todo me quede claro. Laura es la hija biológica de Alberto.
—Correcto.
—Connie se va unos días para pensar cómo decírselo a su marido.
—Correcto.
—Lo llama y se lo cuenta.
—Correcto.
—Mientras Connie está sola descansando y Carles y tú habláis, Alberto está con Laura en la playa haciendo castillos de arena.
—Quería conocer a su hija —continuó Jerónimo—, con todas las consecuencias.
—Hasta me da pena ese pobre muchacho —dijo el inspector de policía moviendo la cabeza a los lados.
Jerónimo mantuvo la calma—. Corrígeme si me equivoco: Connie se envenenó bebiendo un cuarto de litro de líquido de gotas para los ojos, mezclado en un zumo de naranja.
No pidió auxilio y al poco tiempo perdió la conciencia y murió.
Jerónimo apretó los labios y asintió despacio.
—¿Nos vamos, Jerónimo? —preguntó Luis resignado.
—No tan rápido —dijo el inspector de policía levantando un dedo—. La autopsia no miente. ¿Mientes tú, Jerónimo?
—No, señor.
Jerónimo no había movido un solo músculo.
—¿Sabes que se está tomando nota de lo que dices y voy a pedir que se redacte una declaración y la firmes? ¿Estás de acuerdo?
—Sí. —Asintió Jerónimo.
El inspector de policía se reclinó imitando la posición de Luis y miró a los dos hermanos.
—El problema es que no puedes demostrar lo que cuentas.
Luis jugaba nervioso con el paquete de cigarrillos. Se lo pasaba de una mano a la otra con la mirada baja, mientras decía entre labios y en un susurro apenas audible.
—Eres un gilipollas.
Jerónimo sintió ahora gotas de sudor correr por su frente. Tragó. Tenía la garganta seca. Metió la mano dentro de la mochila y puso unos documentos encima de la mesa.
—Sí que puedo demostrarlo. Esta es una copia del historial médico de Connie. Aquí dice que sufría cuadros de depresión desde que era muy joven. Trastorno bipolar. O cambios de ánimo intensos e incontrolables.
Luis miró a su hermano con la boca abierta.
—¿Cómo? —exclamó el inspector de policía. Se llevó las manos a la cabeza—. Joder…
—Alberto será acusado de muchas cosas —continuó Jerónimo—, pero no mató a Connie.
Hubo un largo silencio dentro de esas cuatro paredes. Luis se levantó con cierta arrogancia y miró al policía.
—Le mandan este paquetito a la jueza para que lo revise mientras se toma la leche y la magdalena de la mañana. Jerónimo y yo tenemos mucha prisa.
—No tan rápido. ¿Un informe médico? —El inspector de policía levantó la mano mientras ojeaba los documentos—. ¿De dónde has obtenido…? Están en alemán.
—Danés —respondió Jerónimo.
El policía puso el dedo índice en el documento, antes de dirigirse a él.
—¿Y dices que aquí pone que Connie sufría de trastorno bipolar?
—Fue ingresada en un centro mental cerca de Roskilde en Dinamarca, del que escapó. Intentó quitarse la vida varias veces. No estaba estable. Nunca lo estuvo.
—Eso es prueba suficiente para no culpar de nada a mi hermano.
—Ni a Alberto —añadió Jerónimo—. A nadie.
El policía se quedó largo rato meditando, mientras su mirada se movía del historial médico de Connie a los ojos de Jerónimo.
Se rascó la barbilla y le dijo al policía más joven que dejase el bloc de notas encima de la mesa y saliera del despacho.
Una vez que estuvieron solo ellos tres, arrancó la hoja y la tiró a la papelera.
—¿Tu hermano el fanfarrón es el que te da consejo legal?
—Sí a la primera parte de la pregunta… y también sí a la segunda.
—Entonces, déjanos solos.
Jerónimo salió de la comisaría y cuando estuvo en la calle, respiró hondo.
Ahora Carles viviría sabiendo que Alberto no iba a ser condenado por un crimen que no cometió; en cambio, él viviría sin poder redimir sus pecados y arrastrando el peso de la culpa.