Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 33
23%

Capítulo 33

Veintiocho años después…

Jerónimo corrió hasta que sus piernas no le obedecieron y tuvo que parar. Miró al suelo, con las manos agarradas a las rodillas y jadeó intentando controlar la respiración. La sangre le golpeaba las sienes.

Continuó andando hasta la casa de su abuelo. Entró cojeando y se quitó la ropa mojada de sudor. Se dio una ducha rápida y se tumbó en la cama. Cerró los ojos. Respiró hondo y aguantó el aire.

Sintió su corazón relajando poco a poco el pulso, mientras caía en un interminable agujero negro. Se sentía tan pequeño como la cabeza de un alfiler en un océano. Se quedó dormido.

A la mañana siguiente, se preparó un café y se sentó en la silla de la cocina a esperar el taxi. Llegaría en media hora. Estaba solo. Sus hermanos trabajaban. Se había despedido de ellos y de Eva el día anterior.

No había nada ya que hacer. La historia había terminado como tenía que terminar. Alberto seguiría en prisión y Laura, ahora huérfana de madre, seguiría con Carles, fuera o no el padre biológico.

¿Llegaría alguna vez a sentirse culpable de la muerte de su mujer, como se sentía Jerónimo por la muerte de Josep? Se rascó la barba. Eso tenía que importarle poco ahora. Connie no volvería, como tampoco Josep.

Valencia le había dejado agotado. Suspiró. Regresaría a Londres a organizar su vida, su presente, no su pasado. El pasado no podía cambiarlo.

El taxi lo llevó al aeropuerto de Manises. Christian lo recogería en Gatwick esa tarde y se quedaría en su casa de campo unos días más, hasta tener las cosas claras y hablar con Erik. Ese sería otro capítulo en su vida.

Por inercia, se puso en la cola de salidas. Las agujetas le perforaban hasta el alma. Observó las cámaras de circuito cerrado de seguridad. Hacía un par de semanas que Connie y su hija Laura habían estado en la misma cola esperando a pasar el control de seguridad.

Sacó del bolsillo de la mochila de viaje el sobre con el dibujo y la foto de Laura, como si fuera un regalo que ella le hizo.

Un dragón decapitado por un caballero con el nombre de «papá».

Sacó su móvil y le hizo una foto al dibujo para tenerlo de recuerdo.

Luego observó el retrato de Laura. Pasó el dedo por las facciones: rizos de oro, un parche de pirata y expresión inocente.

¿Cómo le explicaría Carles que su madre no volvería a casa? ¿Pueden los sentimientos de un padre cambiar así, cuando descubre que no es su hija biológica? Cerró los ojos y apretó los labios.

Tenía pocas esperanzas de que Laura recibiera el cariño que cualquier hija se mereciese. Además, los abuelos paternos no estaban y los maternos vivían demasiado lejos. Esa niña siempre le recordaría a Alberto y Connie.

Ahora veía claro que alguien como Carles, tan preocupado por su aspecto físico y éxito profesional, nunca tuvo la empatía de ser padre ni antes ni después. Todo eran apariencias. Carles consideraba a su familia como objetos. Una extensión de su propia vida. Un éxito personal.

Descubrir que Connie tenía un pasado y que había criado a la hija de su enemigo fue la peor provocación a su frágil ego y la muerte de su mujer, un estallido de furia.

Culpar a otros de sus desgracias era la mejor arma de ataque que tenía Carles.

Jerónimo les había fallado a Connie y Laura. Se había fallado a sí mismo.

Alguien le hizo señas de que había taponado la cola. Se apartó y dejó pasar a la gente. Guardó el dibujo y la foto con mucho cuidado.

Entendió que la peor condena no era necesariamente la de pagar por tus errores, porque de esta manera, de alguna forma había redención. La peor condena era no poder redimir tus errores y arrastrar el peso de la culpa toda tu vida.

Paró. Respiró tan hondo que notó un pinchazo en los pulmones. Ahora lo veía claro. Ahora todo tenía sentido. Jerónimo nunca redimió sus errores y arrastró el peso de la culpa todos estos años y entonces, justo entonces, supo lo que tenía que hacer y no había tiempo que perder.

Se puso en contacto con el Departamento M de Psiquiatría en Roskilde. Pidió hablar con el doctor Knudsen. Acto seguido tomó un taxi y llamó a su hermano Luis.

—Necesito que nos encontremos.

—Hasta el verano, no puedo ir a Londres.

—Sigo en Valencia.

—¿Y ahora qué pasa?

—Tengo que verte.

—¿Dónde?

—En la comisaría.

—¿Para qué?

—Voy a confesar una muerte y me tienes que ayudar.

—¿Qué vas a hacer qué? ¿Estás loco?

Jerónimo sostenía en la mano el dibujo de Laura. Presionó como si su cuerpo absorbiera una energía mística.

Se dijo que la vida estaba llena de baches y giros impredecibles.

De coincidencias y errores, de claroscuros…

A veces, la verdad y la mentira se parecen demasiado para que puedan ser diferenciadas.

Qué más da quién dice la verdad o quién miente, o incluso quién oculta la verdad.

Lo importante para él en esos momentos era hacer lo correcto, de acuerdo con sus principios.

Porque Jerónimo era un hombre de palabra y cumplía lo que prometía, o por lo menos lo intentaba. Y ahora lo intentaría por última vez.

—¿Loco? —dijo Jerónimo—. Nunca he estado más cuerdo.