Capítulo 32
Veintiocho años antes…
Jerónimo contó los segundos que faltaban para que pasara el tren y habló rápido.
—¿No me llamaréis marica?
—Ya te he dicho que no. Pasa ya —dijo nervioso Josep mientras miraba el tren que se acercaba.
—¿No? —preguntó inocente.
—¡Que no! —gritó Josep nervioso.
Jerónimo lo miró desafiante.
—Pues yo quiero que lo sepa todo el colegio. Que lo sepan todos. Quiero que sepan que me agaché, te bajé la cremallera y te la chupé. Y también quiero que sepan que me dijiste que siguiera. Que lo hacía mejor que tu novia.
Los ojos de Josep saltaban del tren a Jerónimo.
—¿Qué coño estás diciendo?
La cara de Alberto estaba llena de sorpresa.
—¿De verdad? —dijo con una sonrisa pícara y se acercó al oído de Jerónimo y le insistió que le siguiera provocando. Que era muy divertido.
A Jerónimo le hubiera gustado salir corriendo. Escaparse de esos dos matones. Si conseguía que Josep saltara antes que él, ganaría la apuesta y así tendría un poco más de respeto de sus enemigos. Giró la cabeza y miró a Alberto.
—Hay más. Me tocó la polla. Quería probar.
—¡Eres un marica mentiroso! —dijo Josep escupiendo las palabras.
Jerónimo sintió otro golpe de adrenalina. Ahora era él quien movía los hilos del juego. Jugaba con la misma baraja de cartas y estaba seguro de que iba a ganar la apuesta.
—Te gustó.
Alberto tuvo una risa nerviosa. El sonido del tren hacía difícil escucharse.
—Si paso yo antes, te parto la cara, maricón de mierda.
«Eso era lo que quería», pensó Jerónimo.
—Me lo ha pedido varias veces ya.
—¡Hostia! —dijo Alberto.
Josep apretó los puños.
—¡Te voy a matar!… —El grito se cortó cuando se resbaló sorteando las piedras de la vía y se golpeó la cabeza con uno de los pedruscos. De la frente brotó un hilo de sangre.
La respiración de Jerónimo también se cortó. Parpadeó confundido. Calculó la distancia del tren en segundos. Diez o doce a lo más.
—¡Mierda! —gritó Alberto.
El corazón de Jerónimo palpitó fuerte. Se agachó e intentó reanimar a Josep. Lo agarró del antebrazo y tiró de él.
—Venga, muévete —le suplicó.
Josep balbuceó algo.
El sonido del tren aumentó.
Jerónimo tiró desesperado de la camiseta de Josep con una mano y con la otra arañaba fuerte su brazo, pero era demasiado pesado.
El corazón bombeaba fuerte. Le agarró los brazos con fuerza hasta que sintió clavar las uñas en la carne y sangrar.
Hizo un último esfuerzo, que le hizo perder el equilibrio.
—¡Muévete!
Apenas quedaban unos segundos.
Oyó en su cabeza la cuenta atrás. Tres, dos y ahora todo habría terminado.
Alguien lo agarró del cinturón del pantalón y lo sacó de la vía. Era Alberto. Cayeron rodando.
Y ahí llegó el desastre.
El polvo del tren pasando creó una imagen surrealista. Jerónimo se tapó los ojos con el brazo y dejó de respirar. Miró al suelo. Tierra seca, blanca y polvorienta y un sol de justicia.
El sonido del tren disminuyó hasta que desapareció. ¿Había muerto? Tuvo un golpe de tos y reaccionó. Estaba lleno de polvo y en las uñas de una mano tenía sangre. La sangre de Josep. Lo iban a castigar.
Alguien lo cogió del brazo.
—Tenemos que largarnos —dijo Alberto.
Jerónimo se levantó despacio, pero la mano de Alberto lo arrastraba.
—Date prisa.
Jerónimo sorteó las piedras blancas, con la mirada fija en la mano que apretaba su brazo y tiraba de él con fuerza. Se imaginó mil pedazos de Josep esparcidos por las vías y quiso vomitar.
—Sigue caminando —dijo Alberto—. No se te ocurra mirar a la vía.
Llegaron hasta el muro de más de dos metros que separaba el solar de la estación del pueblo.
—Ayúdame a subir —dijo Alberto.
Jerónimo estaba conmocionado. Hizo como le ordenó y cruzó los dedos. Sus manos temblaban. Creyó por un momento escuchar los balbuceos de Josep y entendió ahora lo que decía. Le estaba pidiendo ayuda.
—¡Te he dicho que no mires a la vía! —le gritó Alberto—. Tenemos que escapar. Ayúdame.
Jerónimo reaccionó. Tensó las manos. Alberto apoyó el pie, se impulsó y subió con agilidad. Una vez que estuvo encima del muro, extendió las manos para subirlo.
Jerónimo estaba demasiado nervioso para coordinar. Alberto le dio más instrucciones.
—Agárrate a mis manos. Date prisa antes de que alguien venga.
Se agarró fuerte e intentó escalar la tapia rascando la pared con los pies. El pantalón se le bajaba, pero eso era lo menos importante en ese momento. Tenía que escapar.
Alguien gritó desde el otro lado de la tapia. Era la voz de un hombre, que llamaba la atención a Alberto. A Jerónimo no lo habían visto todavía. La voz se hacía más fuerte y le preguntaba qué estaba pasando.
Las manos de Jerónimo perdieron fuerza. Se soltó y cayó al suelo, de cuclillas.
¿Qué hacía ahora? Miró la vía y sintió la bilis quemarle el esófago como la gasolina.
Empezó a hiperventilar y comenzó a correr a través del solar, pero se tropezó, cayó y se llenó de más polvo.
Tenía un agujero en la rodilla del pantalón.
Su madre le iba a matar cuando llegara a casa.
Se levantó y siguió corriendo sin mirar atrás. Y no paró hasta llegar al otro pueblo.
Cuando llegó a casa, de noche, su madre vio el pantalón, pero antes de que insistiera en saber qué había pasado, celebraban en casa que Jerónimo iba a estudiar en un internado de renombre. Ese fue el castigo por la muerte de Josep.