Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 31
22%

Capítulo 31

Cerca de las vías del tren, los edificios se habían encogido con los años.

Estaban viejos. Jerónimo pasó la esquina y se encontró con la calle que daba a la estación de trenes y terminaba en el campo de naranjos.

A esas horas de la noche, parecía una calle olvidada y la tenue luz de las farolas era su acompañante.

Caminar por esa acera otra vez le hacía sentirse un extranjero.

Nunca había vuelto desde la muerte de Josep.

Llegó al final de la calle. Seguía en pie un viejo garaje que hacía las veces de portería. La pintura se había desgajado como la cáscara de un huevo cocido, dejando a la vista manchas de óxido. Enfrente del garaje se alzaba una tapia pintada de cal, que separaba la calle de las vías del tren.

Parecía verse a sí mismo de niño contra el muro rodeado de otros niños.

Alberto quería que escalase la tapia para recoger un balón de las vías del tren.

Tenía que hacerlo si quería ser parte del grupo.

El recuerdo era tan vivo que podía escuchar los vítores de los otros niños, que lo encerraban y lo animaban a subir.

Una vez arriba, tuvo miedo de bajar él solo.

La pandilla había desaparecido. Lo intentó y cayó al suelo.

Sus manos estaban llenas de rasguños, y pequeñas gotas de sangre resbalaban de los antebrazos.

El dolor fue intenso, como el chirrido de los raíles del tren de cercanías, que lo devolvió al presente.

Se miró los brazos, pero no había rastro de ninguna herida. La herida la llevaba por dentro.

Levantó la mano, pero no llegó hasta el final de la tapia.

Se fijó en que ahora tenía un alambrado en la parte superior.

Pasó las yemas de los dedos por la pared áspera, buscando aquellas ranuras entre los ladrillos, que los niños habían limado para hacer espacio a sus pequeños pies.

No encontró los agujeros. Dudó por un momento si se estaba imaginando su pasado.

Rodeó la tapia y llegó a una rendija vallada de metal, en apariencia rota. La empujó y entró. Encontró restos de cigarrillos y latas de cerveza.

Había alguien sentado en el suelo, con los brazos sobre las rodillas, mirando las vías. La luna de Valencia brillaba como cristales rotos y la luz hacía esa figura más grotesca.

La última vez que Jerónimo se sentó delante de las vías, tenía solamente once años.

Se acercó.

La figura movió ligeramente la cabeza, notando la presencia de Jerónimo, pero no mostró sorpresa.

—Lo sé todo —dijo Jerónimo.

—Sabía que vendrías —respondió sin levantar la vista de las vías.

—Quiero saber por qué lo hiciste.

Carles estiró los labios y su barba de juguete parecía aún más infantil.

—Me llamó desde una cabina del pueblo. Cuando se le acabó el dinero, se quedaron en la caseta de la playa.

Me lo contó todo. Que estuvo enredada en el juicio de Alberto.

Que estuvo liada con esa escoria. Que Laura…

—Se quedó unos segundos callado y luego continuó—: ¿Era esa Connie, la mujer de la que me enamoré en un viaje a la India?

—Negó con la cabeza—. Robó por dinero antes de conocerme…

y estoy seguro de que se enamoró de mí por la misma razón.

Me traicionó. A mí. —Se golpeó con fuerza el pecho—.

¡Con todo lo que le di! —Respiró varias veces—.

Me suplicó que la perdonara. ¿Perdón? —escupió la palabra como si fuera veneno—.

Como si el perdón borrase todos estos años de mentiras.

—Clavó la mirada en Jerónimo—. Se lo di todo y ella solo me dio mentiras. Mentiras y una hija bastarda.

—Y como no la perdonaste, tu opción fue matarla.

Carles relajó los músculos de la mandíbula. Cuando habló, parecía más calmado. Tan calmado que a Jerónimo se le congeló la sangre.

—Estaba tan nerviosa, que se le cayó al suelo el bote de visine , las gotas hidratantes para los ojos de Laura.

¿Necesitaba escapar con un bote tan grande?

A veces parecía tonta. Le dije que se quedara fuera con la niña, que yo lo recogería todo.

Obedeció. Estaba tan tranquilo que yo mismo tenía miedo de mí.

Pasé la bayeta por el suelo y el olor fue una señal.

Fue el momento más lúcido de mi vida. Sabía lo que tenía que hacer.

Ingerido, visine era una droga mortal. Nos lo había advertido el médico cuando vio a Laura.

Les preparé un vaso de zumo y me senté fuera con ellas.

Hice que se bebiera su propio veneno. Le mentí y la dije que le perdonaba.

No hacía falta hablar más. Hubo un largo silencio.

Connie me cogió del brazo, pero su mano tembló.

Le dije que no se asustara, que parecía cansada…

y la llevé a la cama. La abracé y le tapé la boca para que no hiciera ruido y no vomitara.

Cuanto más temblaba, más fuerte la abrazaba.

Todo eso tenía que terminar. La vida es muy cruel a veces.

El motor de un coche me devolvió a la realidad y vi mis propios brazos sujetando a Connie.

Ya no se movía. Quité mi mano de su boca y la tenía manchada con sus lágrimas.

Me di cuenta entonces de que la había matado.

A mi mujer. La tumbé en la cama y le cerré los ojos.

Luego llegó Alberto y vio a Connie muerta.

Me apuntó con un arma, me juzgó con la mirada y me ató.

¿Quién coño era él para juzgarme? Hipócrita.

Cuando tú me desataste, entendí lo que había hecho y me vine abajo.

Duró poco. Lo hecho, hecho está, me dije.

Jerónimo se levantó y puso las manos en la cara como si así pudiera borrar un mal sueño.

—Alberto será acusado de la muerte de Connie.

Carles asintió.

—El mundo está lleno de oportunidades. Los ganadores no las dejan pasar.

Esa fue mi oportunidad. Se quedó grabado en la llamada que hice a la policía.

Le repetí varias veces al policía gilipollas de turno, que Alberto había matado a mi mujer.

Sabía que, aunque Alberto lo desmintiera, siempre me creerían a mí.

—Sonrió con malicia—. Y supongo que él eso también lo sabía.

«Unos cardan la lana y otros se llevan la fama».

—¿Y Laura?

Carles se encogió de hombros de una forma casi grotesca.

—Ni en su familia, ni en la mía había casos de estrabismo. —Lanzó una piedra contra las vías y se oyó un golpe metálico—. Tenía que haberlo imaginado.

—¿Qué va a pasar con Laura? —insistió Jerónimo.

—Se quedará conmigo —dijo con tono tan obvio que rozaba el cinismo.

—Vas a utilizarla como objeto de venganza.

—No vengas a darme lecciones de moral. Laura se quedará a mi lado.

—No es tu hija.

—Yo la crie.

—Pero no es tuya.

—La he querido como a una hija.

Jerónimo tenía la imagen de Laura agarrándose a la pierna de su padre, buscando su atención.

—Ahora la ves con otros ojos, ¿verdad? Te estás engañando.

Laura siempre te recordará a ellos… y eso te comerá por dentro.

Vi cómo la ignorabas la otra noche, cuando arrestaron a Alberto.

Más tarde entendí tu reacción. Un padre que quiere a su hija nunca la dejaría a un lado.

Le harás pagar por ser la hija de quien es.

Carles aplaudió con sarcasmo.

—Bravo. Tú dando clases de moral.

—Sentir que tu vida ha sido una mentira desde el día que conociste a Connie, no te da derecho a matar a nadie.

Carles sonrió. Más que una sonrisa, parecía un movimiento de músculos faciales. Y entonces lo dijo:

—Mi vida ha sido una mentira desde el día que mataste a mi hermano. —Su mirada era una daga que atravesaba las entrañas de Jerónimo. No consiguió mover un solo músculo. La luz de la luna difuminaba la cara de Carles y en ella veía reflejos de Josep.

«Tenía que haberme dado cuenta antes», pensó Jerónimo. Estaba en el lugar del accidente, por primera vez después de todos estos años… y no era coincidencia. Apenas pudo juntar las palabras.

—¿Cómo…?

—Siempre lo supe. —Un tren regional pasó con la velocidad de un rayo y levantó un polvo seco.

Jerónimo carraspeó, pero Carles no se inmutó—.

Alberto vino a casa y recogió a mi hermano, pero mamá no me dejó irme con ellos.

Era demasiado pequeño. Me quedé sentado en el balcón.

Tú también estabas allí. Fuera, en la calle, esperándolos.

Erais tres. Esa fue la última vez que vi a mi hermano con vida.

—Movió la cabeza a un lado—. ¿Cómo lo matasteis?

Jerónimo sintió un puño apretándole el cuello.

—Se resbaló y se golpeó con una de las piedras.

—No me lo creo. ¿Por qué no dijiste nunca nada?

Jerónimo deslizó la mirada hasta las vías.

—No lo sé. Miedo, quizás.

—Mentira. La mayor crueldad en esta vida es perder a un hijo. Eso es lo que Alberto y tú hicisteis con mis padres. He vivido rodeado de mentirosos toda mi vida —dijo levantando la voz—. Alberto y tú me quitasteis a mi hermano; Connie me quitó la ilusión de tener una familia.

—Y ahora tú le vas a quitar la hija a Alberto. Ojo por ojo…

—Y diente por diente. Me pasé mi infancia escuchando llorar a mi madre y aplacando los comentarios absurdos de un padre borracho. Mato dos pájaros de un tiro.

Jerónimo apretó los puños.

—Te voy a denunciar. Tu negocio se irá a la mierda. Acabarás en prisión, te quitarán a Laura y… —Paró. Le dolía la mandíbula y tenía la garganta seca, como la arena de las vías. Ahora entendió el juego de Carles y sintió el estómago revolverse.

Carles empezó a reír. Fuerte, con desprecio. Sus ojos negros brillaron con maldad. Esa mirada le recordaba a Josep, burlón y malicioso. Se puso de pie y se alisó el pantalón.

—Te voy a decir yo lo que vas a hacer. Nada. Porque nada puedes hacer. Connie no volverá. Alberto se pudrirá en la cárcel, de donde no tenía que haber salido. Y tú, tú volverás a Londres y callarás como callaste hace veintiocho años.

—¿Y si no me callo? —Pero antes de terminar la pregunta, ya sabía la respuesta.

—No lo podrás demostrar. —Cruzó los brazos e hinchó el pecho. Jerónimo sabía que era cierto—. Yo sí que podré demostrar tu implicación en la muerte de mi hermano.

—Tú tampoco podrás.

Carles levantó una ceja.

—La gente no es tonta, Jerónimo. Necesitan que alguien les confirme sus sospechas.

Rumores. —Movió los dedos como si fuera un mago esparciendo purpurina—.

Valencia es un pueblo a veces. Tu familia.

Tu hermano Gabriel atará cabos. Todo el mundo sabrá que Alberto y tú fuisteis testigos de la muerte de mi hermano. Fuisteis cómplices. Lo matasteis.

Jerónimo agachó la cabeza y bajó los hombros, derrotado.

—Además —añadió Carles—, ¿qué más te da? Alberto es quien es.

—Quieres que sea testigo de una venganza, porque sabes que no diré nada. —Las palabras se evaporaban de la boca de Jerónimo mientras miraba al suelo—. Eres un hijo de puta. Un hijo de puta, doble.

—¿Doble?

—Porque lo sabes disimular muy bien. Ahora entiendo a qué se refería Alberto con el refrán de «Unos cardan la lana y otros se llevan la fama»: Carles carda la lana y Alberto se lleva la fama.

—Lo miró e intentó no parpadear, pero no pudo.

Tenía lágrimas de rabia a punto de explotar y la vista se le difuminó.

Dio la espalda a Carles. No quería que lo viera así.

Sintió un tic nervioso en la pierna derecha.

Miró las vías y levantó la vista al horizonte.

Parecía un túnel negro sin luz al fondo.

Tuvo unas ganas tremendas de correr. Y corrió en la misma dirección en la que corrió hace casi treinta años.