Serie Crímenes imperceptibles: libros 1-3 Capítulo 30
21%

Capítulo 30

Al día siguiente, Jerónimo despertó temprano.

Había dormido poco y mal, pero tenía una energía inquieta, que no lo dejaba quedarse en la cama.

Los policías tomaron nota y Luis se encargó del resto.

Su hermano también quiso aclarar la grabación del video.

No podía borrar de su mente la imagen de Alberto de rodillas en la arena y el continuo sonido de las sirenas martilleaba su cerebro como un disco rayado.

Se sentó en la cama y observó su barriga.

Tenía la sensación de tener una resaca de elefante.

Fue al baño por inercia y sacó de su bolsa de viaje un par de tabletas efervescentes.

Se sentó a la mesa de la cocina y apoyó la barbilla delante del vaso, cautivado por el poder hipnótico de las tabletas burbujeando al disolverse en el agua.

Dio un trago y se quedó sentado mientras giraba el móvil sobre la mesa como un trompo.

Escribió a Christian y a Erik que volvía a Londres.

A los pocos minutos, Erik lo llamó, pero Jerónimo no cogió el móvil.

No estaba preparado para una conversación en la distancia.

Se lo contaría todo cuando volviera a casa.

También mandó un mensaje a Carles. No se atrevía a llamarlo.

Le dijo que volvería a Londres al día siguiente, por si necesitaba cualquier cosa.

Carles le respondió que quería estar solo y recordar a sus seres queridos allá donde los perdió.

Jerónimo no entendió qué quiso decir. Se preguntó cómo le explicaría Carles a su hija Laura que su madre no iba a despertar más.

Estaba completamente conmocionado. No registraba lo que estaba pasando a su alrededor.

Giró el móvil con más fuerza, hasta que lentamente fue perdiendo velocidad y paró con el frontal de la pantalla señalando un punto en los quemadores.

Curioseó por la cocina. Abrió los armarios y los cajones.

Probó el gas. Todo estaba como lo recordaba de cuando era niño.

Sacó una cazuela y un molde para bizcochos.

Hizo memoria y se dijo que sí, que podía hacerlo.

Mandó un mensaje a Luis, Gabriel y Eva. Minutos más tarde, Eva respondió que sí y él llamó a Luis para preguntarle si iba o no a confirmarle el mensaje que le había enviado, lo cual hizo entre palabrotas relacionadas con la hora temprana de llamar, en un fin de semana.

Había invitado a sus hermanos a comer y no hacía falta encontrarse en ningún restaurante. Ahora tenía una razón para darse una ducha. Salió temprano y tomó el autobús dirección al Mercado Central de Valencia.

Unas horas más tarde, tenía la coca en el horno, la verdura sofrita en la cazuela y la mochila lista para volar de vuelta a casa.

Unas horas más tarde, tocaron a la puerta.

Eran sus hermanos y Eva, con bolsas de bebida y aperitivos.

Gabriel preparó la mesa, Luis se tumbó en una hamaca en el patio, tomando una cerveza y Eva se quedó en la cocina, sentada en una silla, observando las habilidades culinarias de Jerónimo, mientras comía patatas fritas de una bolsa.

—¿Qué tienes en el horno, que huele tan bien? —preguntó Eva.

—Bizcocho de yogur con limón y canela por encima, para el café —dijo Jerónimo, mientras le daba un beso en la frente a su sobrino, que dormía en la cuna portátil. Después le quitó a Eva la bolsa de patatas fritas—. No vas a comer.

Gabriel entró en la cocina, sacó unas cervezas de la nevera y olfateó el aire antes de salir por la puerta.

—Cuando cocinas, me acuerdo del restaurante Don Pepe.

Lo que Gabriel quería decir es que se acordaba de su madre, que trabajó como cocinera muchos años en un restaurante en la playa de las Arenas. Allí pasaban las tardes los hermanos, haciendo los deberes y jugando a la pelota, antes de mudarse de la casa del abuelo.

Jerónimo sonrió con nostalgia.

—Yo cuando cocino me acuerdo de mamá.

Eva prestó más atención a la expresión de Jerónimo.

—¿Cómo estás? —le preguntó.

Jerónimo sabía cómo estaba, pero se tragó su tristeza.

—No suelo cocinar para tanta gente —respondió dándole la espalda a Eva.

—¿Te ayudo? —Se levantó ella—. No tenías que haberte molestado, después de todo lo que ha sucedido.

—Cocinar me relaja.

—¿Qué estás preparando?

—Arroz meloso con anguilas.

Como su madre le enseñó.

—¿Anguilas de verdad?

—¿Es que hay anguilas de mentira en el Parque de la Albufera?

Eva miró la cazuela con las verduras.

—¿Y las anguilas?

—Las anguilas y el arroz son lo último.

Jerónimo se dio cuenta de que Eva observaba sus movimientos nerviosos y notó cómo ella ponía la mano sobre su brazo y le secaba los ojos con una servilleta.

—El verde de tus ojos es más bonito cuando lloras.

Jerónimo evadió la mirada de Eva.

—No lloro —dijo y carraspeó—. El humo me irrita los ojos. No hay extractor en esta vieja cocina.

Eva cogió suavemente las manos de Jerónimo y miró sus palmas. Tenía un pequeño vendaje en el dedo índice y ampollas rotas en las muñecas.

—¿Te duelen? —le preguntó Eva.

Jerónimo se quedó pensando una respuesta que no encontró. Miró al suelo y simplemente dijo:

—Todo duele.

Eva no insistió. Como si esas dos palabras fueran suficientes para entender su estado mental y físico. Acarició las palmas de las manos de Jerónimo, que agachó más la cabeza.

—Eva, ¿puedo pedirte algo?

—Claro.

Jerónimo tragó.

—Necesito irme —susurró—. ¿Te enfadarías si vuelvo a Londres?

Eva se tomó unos segundos antes de responder.

—Tú debes hacer lo que tienes que hacer.

—¿Y Gabriel?

—Yo se lo diré a Gabriel.

Jerónimo suspiró como si hubiera aguantado el aire bajo el agua durante un largo tiempo.

—Me quitas un peso de encima.

Eva lo buscó con la mirada.

—¿Hay algo más que pueda hacer por ti?

Jerónimo miró al bebé y luego la miró a ella, pero antes de decir algo, Gabriel entró en la cocina y abrió el frigorífico.

—¿Hay más cervezas?

Jerónimo se puso de espaldas y siguió cocinando. Echó el arroz y las anguilas. Comerían en veinte minutos.

—Oye, ¿quién conduce hoy? —preguntó Eva a Gabriel.

—¿Hay que hablarlo?

—No. Creo que ya sé la respuesta.

Jerónimo acompañó a Eva al cuarto y dejaron al bebé en su cuna portátil, encima de la cama. Al lado estaba su mochila de viaje, preparada. Eva apretó los labios. Jerónimo apretó el estómago al verla.

—La hermana de Erik me ha invitado a mí y a vosotros muchas veces a pasar unos días con ellos.

—¿En la granja, en Dinamarca? —preguntó Eva

—Viven en Jutlandia, cerca de la ciudad de Århus.

—¿Y nos reuniríamos todos allí?

Jerónimo asintió.

—Te lo prometo.

Durante la comida en el patio, Jerónimo les contó sobre su viaje a Dinamarca y los acontecimientos que desencadenaron el encuentro en la playa con Alberto y su posterior arresto.

—A Connie se le dio asistencia jurídica en el momento en que estalló el caso de los concursos, hace años. Cuando desapareció, tras la condicional de Alberto, el bufete me pidió que la encontrara y que no dijera nada.

Se enteraron de que a Alberto le habían chivado quién fue la persona que robó los documentos y quisieron ponerse en contacto con Connie.

Había demasiados intereses en juego. Pero Connie no quiso aceptar la ayuda del bufete.

Guardaba un secreto más grande que el robo, tan grande que no podía compartirlo con su marido, así que quiso volver a Dinamarca y aclarar su relación con sus padres y tomar una decisión.

Pero se asustó y se escondió con su hija en un albergue en Valencia.

Cuando el dinero se le acabó, se quedaron en la caseta de campo.

No había ni luz, ni agua. Carles ya había buscado en la caseta, así que no se le ocurrió volver a buscar allí.

—Y no dijiste nada —reiteró Jerónimo.

Luis conocía esa mirada de reproche.

—Yo no sabía la relación que tú tenías con Alberto. Tú mismo lo viste en el video. No tenía ni puta idea de lo que se le pasaba a Connie por la cabeza. —Se acercó más a su hermano—. Si hubiera sabido la relación que tenías con Alberto, te hubiese dicho algo.

—Alberto y yo no hemos tenido ni tenemos ninguna relación.

Gabriel dejó de masticar. Miró a Jerónimo y luego a Luis.

—Alberto les hizo la vida imposible a muchos críos en el colegio. No solamente a Jero.

—Está bien. —Luis levantó las manos.

No podía saber algo que Jerónimo no se atrevía a contar: el vínculo que tenía con Alberto por la muerte de Josep.

—Está bien —repitió Jerónimo, asintiendo varias veces, y se levantó—. Voy a por el bizcocho y el café.

—Carles llamó a la policía —explicó Gabriel.

—¿Qué os dijo? —preguntó Eva.

—Mis compañeros me contaron que repetía que Alberto había matado a su mujer y luego insultó a la policía.

—¿Qué hizo qué? ¿Por qué os insultó? —preguntó Jerónimo.

Gabriel se encogió de hombros.

—¿Y Alberto bajó a la playa con esa niña después de lo que le hizo a su pobre madre? —dijo Eva, con voz incrédula.

Jerónimo recordaría esa noche por mucho tiempo, aunque no quisiera, sobre todo la mirada de Alberto, unos ojos atormentados, de animal acorralado, que le decían que no le quedaba nada en esta vida.

—Quería ver a su hija. Todo lo demás le daba igual.

Eva se tapó la boca.

—¡Pobre hombre!

Luis puso el paquete de cigarrillos en la mesa.

—Ese pobre hombre pasará unos años más en prisión. —Contó con los dedos—. Homicidio premeditado, coacción, acoso, amenaza, detención ilegal…

—Nos hacemos una idea —dijo Jerónimo.

Eva negaba incrédula con la cabeza.

—Y más —continuó Luis—. Le echarán la culpa de todo lo que ha hecho y de lo que no. Ese no sale de prisión en años.

Jerónimo se quedó pensando unos segundos.

—¿También de lo que no hizo?

Luis echó azúcar al café.

—Ya me entiendes, Jero.

Jerónimo no tenía hambre. Eva miró a Luis.

—Luis, por favor, no fumes con la criatura aquí al lado.

Luis miró a Gabriel con una sonrisa burlona y le respondió a Eva:

—Mi hermano tiene los huevos negros.

—No tiene gracia —dijo ella.

—Está bien. Lo hago por mi sobrino. —Cogió el café, se sentó en el portal y se encendió un cigarrillo—. Ahora pasamos a la pregunta del millón. ¿Cómo mató Alberto a Connie?

Todos miraron a Gabriel, que puso los ojos en blanco.

—Lo están investigando.

—¿Y? —insistió Luis desde el portal con un cigarrillo en la mano.

—No puedo decir nada.

—No puedes decirnos el contenido del informe, porque en teoría, tú no estás involucrado —matizó Luis.

—Exacto —dijo Gabriel mientras se echaba otra porción en el plato—. Este arroz está cojonudo.

Luis se terminó el café.

—Pero si no lo sabes oficialmente, no hay nada que estés incumpliendo. Nos cuentas lo que oyes en la cafetería de la comisaría.

Gabriel dejó suspensa la cuchara en el aire. Eva se acercó más a su marido, con interés. Jerónimo reconoció la mirada insistente de Eva. Gabriel bufó.

—Envenenada. Eso es lo que se habla en comisaría. Connie murió envenenada. Tenía el estómago lleno de veneno.

—¿Marcas de agresión? —preguntó Luis.

—No. Es difícil mostrar marcas si te apuntan con una pistola.

—¿Veneno de qué? —dijo Eva.

Gabriel retiró su plato.

—No sé más.

—¿Te dijo algo a ti? —preguntó Eva a Jerónimo.

Se rascó la barba.

—Cuando lo arrestaron, dijo algo así como que unos cargan las culpas de los otros.

Todos miraron a Jerónimo.

—«Unos cardan la lana y otros se llevan la fama» —recitó en voz alta mientras miraba a su pasado y pensó que ahora tenía la oportunidad de contar qué relación tenía con Alberto.

Ahora era el momento. Miró a sus hermanos y echó la cabeza hacia atrás.

Dudó. ¿Para qué? ¿Qué iba a ganar? Era ya tarde.

Estaba de acuerdo con él en una cosa: Josep no iba a resucitar—.

Alberto estaba delirando y Carles estaba en estado de choque. —Y no se atrevió a decir más.

—Vaya fama que está cogiendo tu pueblo —dijo Luis.

«¿Fama?», pensó Jerónimo. Entendía a qué se refería Alberto. La madre de Carles lo acusó de matar a su hijo. Esa culpa la llevó toda su vida. Jerónimo sabía que no fue así. No del todo.

Y en ese momento, sintió que se caía de la silla y se daba de bruces con la realidad.

Entendió las palabras de Alberto. Entendió a lo que se refería.

Todo estaba más claro. Todo cobró sentido.

Como si de una imagen se tratara, contempló el cuadro completo y lo que vio no le gustó. Una imagen muy macabra.

Más tarde, se despidieron de Jerónimo.

—¿Seguro que no te quieres quedar unos días más? —le preguntó Gabriel.

Negó mientras miraba al suelo y acariciaba la mejilla de su sobrino, que dormía plácidamente.

—Ya lo hemos hablado, Jerónimo y yo —intervino Eva—. Es lo mejor. Necesita descansar y desconectar.

—Está bien —dijo Gabriel, desanimado.

—La próxima, en Londres —añadió Luis dándole un abrazo de despedida.

—Bueno, pues aquí termina todo —se despidió Eva.

O casi, pensó Jerónimo.

Cuando sus hermanos se fueron, tomó un taxi y se dirigió a las vías del tren. Allí, donde la pesadilla comenzó cuando era un niño. Allí estaba la respuesta que buscaba.